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Políticos en campaña

lunes 16 de mayo de 2011, 13:06h
Todos nuestros políticos andan estos días muy inquietos, de norte a sur y de este a oeste, solicitando nuestro voto y nuestra confianza. Esto es lo manifiesto, lo que siempre vemos en todas las campañas electorales, es un ejercicio democrático y legítimo. Pero no es menos cierto que en este ejercicio hay algo de eufemístico, porque lo que pretenden realmente es conseguir el poder, lo cual también es legítimo, pero dicho así, tan abiertamente, les parece políticamente incorrecto.

La vida misma decía Niestzsche es voluntad de poder. Sin llegar a tanto, todos sabemos que el poder es uno de los factores principales que motivan la conducta humana. Y sin embargo, los políticos tienden a negar o enmascarar su deseo de poder, su ambición. Suelen decir que su motivación es procurar el bienestar de sus conciudadanos, servir al pueblo. ¿Por qué no reconocer que su vocación es gobernar a gentes, dirigir, liderar? Creo que en el fondo intentan ocultar algo que para ellos constituye una auténtica pasión, intuyen que en su afán por gobernar hay algo inconfesable, en lo más profundo, por muy escondido que se tenga, detrás de la lucha por el poder está el sentirse superior a los demás, que es la esencia de la soberbia. Y necesitan reconvertir ese sentimiento en otro que sea confesable, lo convierten así en altruismo, en ayudar y servir a los demás. Llevan a cabo de manera inconsciente un proceso psicológico, un mecanismo de defensa que se llama sublimación. Mediante la sublimación transformamos algo pecaminoso en algo bueno, el deporte es sublimación de la agresividad; del mismo modo el soberbio se transforma en ayudador, en servidor.

Esta transformación en lo opuesto, de la soberbia del que pretende mandar, dominar, a la humildad, del que procura prestar ayuda y servicio, sólo se produce con éxito si el sujeto llega a creérselo. Y aquí interviene otro proceso psicológico muy interesante del que hacen gala los buenos políticos: creen lo que dicen. Llegan a un nivel de “autoconvencimiento” mediante el cual acaban creyendo sus propias fantasías desiderativas, dicho de forma más clara, acaban creyendo aquello que desean. Es a esto a lo que en Psicología se le llama pseudología fantástica, es decir, se trata de algo que el individuo desearía que fuera cierto y que por un mecanismo psicológico de intensa identificación acaba creyendo en ello, acaba creyendo su propia fantasía. Es un fenómeno muy similar a la llamada mentira patológica, que se produce cuando después de repetir muchas veces una falsedad se acaba creyendo en ella. Los políticos no mienten sino que se creen sus propias mentiras.

Pero qué tiene el poder que tanto y a tantos seduce. Se ha hablado muchas veces de la erótica del poder. La expresión ha tenido éxito porque hay en el ejercicio del poder una auténtica pasión que fascina al que lo ejerce. Hay quien asegura que el poder es el más fuerte de los afrodisíacos. Dicen, los que lo han experimentado y se atreven a confesarlo, que nada produce tanta atracción y tanto apego como el poder. Es tan fuerte que el viejo profesor Tierno Galván dijo que el poder impregna de indiferencia todo lo que no es poder. Algunos psicoanalistas hablan de estructuras perversas para referirse a aquéllas en las que un sujeto queda atrapado por un objeto que le produce un placer tan extraordinario como único: el poder sería pues algo perverso. Todos intuimos este carácter del poder, se dice que el poder, antes o después, corrompe, pervierte. Por eso Franklin aconsejaba que los pañales y los políticos deben cambiarse frecuentemente y por idéntico motivo.

Sin embargo la mayoría de los sistemas humanos funcionan con estructuras jerárquicas en las que el ejercicio del poder se hace del todo necesario. Afortunadamente en las sociedades democráticas el poder lo otorgan las urnas y es ese individuo colectivo, el pueblo, el que decide quién ha de ser su líder. El problema es que no es fácil encontrar buenos líderes. Ni siquiera es fácil definir qué es un líder, aunque resulta fácil reconocerlo cuando estamos ante él. Andamos escasos de liderazgo y además la clase política española en general padece un distanciamiento creciente con la ciudadanía, tanto es así que algunos no sabemos aún por quién abstenernos.

No hay recetas para fabricar líderes competentes, pero sí sabemos que algunas personalidades persiguen el poder de forma desesperada para suplir carencias psicológicas, son las personalidades narcisistas. Los narcisistas son ególatras y egocéntricos. Están ávidos de prestigio porque en el fondo son personas inseguras con complejos de inferioridad y necesitan ejercer el poder para mantener la integridad de su yo, un yo débil que precisa mostrarse superior a todos y mirando desde arriba a los demás. No resulta extraño que este tipo de personalidad tienda a dedicarse a la política y no conviene que la sociedad otorgue el poder a personas así porque lo ejercerán de una manera nefasta.

Pero seamos optimistas y pensemos que, aunque no abundan, hay personas muy sanas psicológicamente que se dedican a la política, que saben ejercer el poder de una forma positiva y que no van tras él como quien va detrás de una necesidad imperiosa y vital. Personas que no caerán tan fácilmente en la prepotencia, ni en la arrogancia, ni en la soberbia. Personas honestas, competentes, comprometidas que se mueven por el bien común, capaces de despertar en los demás respeto, seguridad, ilusión y confianza. Personas con verdadero altruismo que no sólo tengan las manos limpias sino también la mirada, que vengan a servir y no a ser servidos, que vean en el cargo una carga temporal que merece la pena llevar por amor a los demás. Complicado ¿verdad?.
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