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Nervios

lunes 16 de mayo de 2011, 21:21h
Las campañas electorales son indispensables en una democracia y, sin embargo y paradójicamente, son uno de los momentos que contribuyen más activamente al desprestigio de los políticos. Un desprestigio del que se habla ahora mucho pero que, si atendemos a las omnipresentes encuestas, no es tan ostensible como quieren hacer creer esos permanentes e insistentes debeladores de “la clase política” que copan las tertulias de radio y televisión. Se dice que la tal “clase política” es el tercer motivo de preocupación de los ciudadanos, pero no se dice que mientras los dos primeros motivos de preocupación -el paro y la situación económica, en algunos momentos el terrorismo- se mueven en el orden del 80 o el 90 por ciento, la “clase política” como motivo de preocupación no suele alcanzar el 30 por ciento. Por lo pronto hay que insistir en que hay políticos y políticos: La mayor falsedad es cortarles a todos por el mismo patrón y pensar que todos son iguales.

Ciertamente, los políticos españoles no son muy respetados por sus electores pero parece que tampoco les quitan el sueño…Aunque algunos sean de pesadilla. Todo lo cual no quiere decir que tengamos unos políticos que sean, precisamente, maravillosos, sobre todo si miramos a los más altos niveles de quienes asumen responsabilidades gubernamentales. No hay más que ver y analizar a los ministros del “Gobierno de España”, pomposa expresión que ser repite ahora reiteradamente, quizás por si alguien se cree que estamos hablando del Gobierno de Zimbabue. Y si digo ministros, añadiré, inmediatamente, ministras por elementales razones de exactitud y para no defraudar a esa extendida caterva que sigue la llamada “ideología de género”, una de las más estúpidas manifestaciones de esta época posmoderna, enferma de eso que llaman “corrección política”, que es una de las formas más frecuentes de la imbecilidad.

Pero, volviendo a las campañas electorales, la sobre-exposición a los medios y la sobre-actuación a que los políticos se ven obligados en estas semanas hace inevitable que se perciban sus defectos y que se detecten sus fallos. Estar permanentemente bajo los focos y las cámaras y al alcance de los micrófonos hace casi imposible que se pase incólume e impune. No en vano los americanos descubrieron que, desde que la televisión empezó a entrar en los hogares, el prestigio de sus presidentes, incluida esa forma pedestre del mismo que es la popularidad, bajó muy notablemente. Quienes antes eran figuras remotas cuyo rostro apenas si se conocía (a Luis XVI le “cazaron” por su perfil, que aparecía en las monedas), son ahora casi de la familia y conocemos todos sus tics y sus muletillas. No solo “nos dan el té” sino que los tenemos con nosotros del desayuno a la cena. Y eso acaba “quemando” al más pintado y maquillado. (Nixon perdió en 1960 porque sudaba profusamente y estaba pésimamente maquillado). A pesar de todo, cualquier político cambia con gusto media hora en el Parlamento por dos minutos en televisión. La imagen manda, aunque a veces también hunda.

Pero lo peor de las campañas electorales no son las involuntarias meteduras de pata sino los excesos que, tan a menudo, se permiten los políticos, hasta extremos ridículos, cuando no patéticos. Muchos gastan mucho menos tiempo en explicar sus proyectos o en intentar demostrar sus logros que en demonizar al adversario, en una manifestación de eso que los expertos llaman “publicidad negativa”, algo en lo que los miembros (ellos y ellas, claro está) del Gobierno Zapatero son unos maestros declarados. No se les conocen otras capacidades, pero eso de “hacer oposición a la oposición” se les da de maravilla. Quizás porque su lugar natural es la oposición y se entrenan permanentemente para cuando vuelvan a ella. Es como si de un modo un tanto inconsciente se dieran cuenta de que gobernar no es lo suyo, por eso les sale tan mal, como bien sabemos los españoles. Porque una de dos: O gobiernan de acuerdo con su ideología y entonces es el desastre o prescinden de ella y entonces, como no es lo suyo, necesariamente les sale mal. Zapatero es un buen ejemplo de esta insalvable aporía de la izquierda. Hace muchos años un politólogo inglés afirmaba que lo que pasa a la izquierda es que continuamente y ante cualquier medida se pregunta: “¿Es esto socialismo?” y en el debate en torno a ese interrogante se les pasa el arroz inevitablemente.

Si además de esas innatas incapacidades y de esos bizantinismos ideológicos a un partido le van las encuestas abrumadoramente mal, como le pasa ahora al PSOE, los nervios se imponen y se roza el ridículo una y otra, cuando no se zambulle uno en él de pies y manos. Repetir consignas que quizás en un momento anterior tuvieron algún éxito pero que ya no se puede creer nadie es una de las consecuencias de esos nervios. Ahí tenemos a los socialistas repitiendo la cantinela de “¡que viene la derecha!”, con o sin doberman, que a estas alturas sólo puede hacer reír. O soltar eso de que “la española es la derecha más derecha de toda de toda Europa” que, además de no ser cierto, como sabe cualquier persona medianamente culta e informada, se puede contestar afirmando, con muchas más razones, que la izquierda española es la más rancia, torpe y radical del continente.

Zapatero, por su parte, ha rizado el rizo de este muestrario de patéticas estupideces cuando ha dicho que del vergonzoso paro que padecemos la culpa la tienen Aznar y el PP. Y ¿qué ha hecho él –que según parece es el Presidente del Gobierno- en estos siete años largos para remediar esa penosa herencia? Si por un momento aceptamos la premisa, esa afirmación zapateril es el más contundente reconocimiento de la incapacidad e incompetencia de este Gobierno hecha por su propio jefe. Zapatero está tan nervioso que ha llegado a decir que la única receta del PP es volver a 1996, principio de una de las épocas más prósperas de nuestra reciente historia. ¡Y lo dice como acusación! Hace falta ser miope. Una vez más le traiciona el subconsciente y se le escapa el deseo reprimido de que su partido fuera capaz de lograr algo parecido. Pero están verdes para el PSOE. Y si así son las cosas no cabe duda de que se impone una apabullante conclusión: Lo que no han hecho en lustro y medio no lo van a hacer en ningún otro plazo futuro. Por lo tanto, abandonen el campo y márchense a casa. Se lo van a agradecer España y los españoles, pero también el conjunto de la Unión Europea, que también anda de los nervios por este socio inútil que tiene que soportar y que pone en peligro la estabilidad de todos y la moneda de todos.
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