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La niña de la cuchara de plata

miércoles 18 de mayo de 2011, 10:51h
Al Gore obtuvo el Nobel de la paz en 2007. Por lo general, todos recuerdan a los vencedores y muy pocos a los vencidos, de ahí que para muchos pasara desapercibida una de las candidaturas descartadas. Se trataba de una mujer excepcional que logró salvar la vida de 2.500 niños en el gueto de Varsovia, durante la Segunda Guerra Mundial: Irena Sendler.

Jolanta -tal era su nombre en clave- era una enfermera que trabajaba en los servicios sociales polacos. Sabiendo la horrible situación en que se hallaban los judíos del gueto, se ofreció voluntaria para llevar a cabo en su interior labores sanitarias y de prevención epidemiológica. Ante el riesgo de que enfermedades tales como el tifus pudieran propagarse al exterior, las SS no pusieron objeción alguna. En su deambular por aquel infierno, tomó conciencia del drama que tenía ante sí; los niños huérfanos apenas contaban con posibilidades de sobrevivir -muchos morían de hambre en plena calle- y los que no lo eran tampoco tenían un horizonte mejor si, como era previsible, acababan deportados a Auschwitz, Treblinka o Mauthaussen.

Y decidió hacer algo. Aprovechándose de su salvoconducto, Irena Sendler se las ingenió para ir sacando de allí a cuantos niños pudo. Ataúdes, sacos de basura, cajas de herramientas; cualquier cosa servía como escondite. Llegó incluso a valerse de un perro al que adiestró para que ladrara cada vez que algún soldado hacía ademán de inspeccionar la parte trasera de su camioneta. Hay que decir que la camioneta en cuestión estaba convenientemente “perfumada” con todo tipo de inmundicias, para disuadir a centinelas curiosos.

Pero, por desgracia, la Gestapo descubrió a Irena Sendler. Recluida en la terrible cárcel varsoviana de Pawlak, fue torturada del modo más salvaje para que desvelase el paradero de los niños judíos. Le rompieron los pies, las piernas y le propinaron unas palizas tan brutales que le dejaron secuelas de por vida. Pero ni por esas lograron doblegan su voluntad; no dijo ni palabra. Aquellos meses en prisión fueron durísimos, aunque Irena jamás llegó a perder la fe. Contaría después que, mientras intentaba recuperarse de una horrorosa sesión de interrogatorios, encontró entre la paja de su jergón una estampa de Jesús Misericordioso con la leyenda “Jesús, en Ti confío” -estampa que, muchos años después entregaría en mano a Juan Pablo II-. Supo entonces que no estaba sola. Tenía razón.

El mismo día en que debía ser fusilada, el Zegota -Comité para Ayuda de los Judíos, integrado en la resistencia polaca- sobornó a uno de los guardias para que la dejase escapar. Y huyó. Así, Irena Sendle pasó el resto de la guerra colaborando activamente con sus libertadores hasta que, una vez terminada ésta, volvió a sus quehaceres como enfermera en Varsovia. Pero antes, desenterró de debajo de un manzano que había frente a los barracones de las SS unos tarros de cristal que contenían los nombres y ubicaciones de todos y cada uno de los niños que salvó. Muchos de ellos habían perdido a toda su familia en el gueto o en los campos de concentración, pero algunos sí pudieron reencontrarse con los suyos gracias al esfuerzo de Jolanta. Eso le valió que en 1965 el Vad Yashem -Museo del Holocausto en Jerusalén- le otorgase el título de “Justa entre las Naciones” y la nombrase ciudadana honoraria de Israel.

Hasta su muerte en 2008, apenas concedía entrevistas; decía que no era nadie relevante. En sus escasísimas apariciones públicas iba siempre acompañada de Elzbieta Ficowska, quien tenía sólo cinco meses cuando fue rescatada del gueto. Su verdadera madre telefoneaba a Sendler cuando podía para, al menos, oír los balbuceos de su pequeña. Lo hizo hasta que las SS la deportaron a Auschwitz, para no volver jamás. Pero al entregarle a Elzbieta a Irena Sendler, pudo esconder en su mantilla una pequeña cuchara de plata con el nombre de su hija, para que siempre la recordase. En su honor, cuando un periodista preguntó a nuestra heroína quién era aquella mujer que estaba a su lado sonrió, como hacía siempre, antes de responder: “es la niña de la cuchara de plata”. Lo decía alguien con un corazón de oro.
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