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Federalismo y nacionalismo

Juan José Solozábal
jueves 19 de mayo de 2011, 16:35h
Con mucho gusto he participado en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales en la presentación de una compilación de estudios sobre federalismo, en inglés, Diversity and unity in federal countries, que han preparado dos reputados académicos, los profesores Moreno y Colino. Es un libro, como digo, de casos, que quizás es un buen método para acercarse a los problemas. Cuando llegué en el año de 1977 a la London School of Economics y hube de preparar un essay para la obtención del grado en Politics le comuniqué a mi supervisor mi voluntad de estudiar las relaciones entre nacionalismo y federalismo. Sin duda se trataba de una pregunta algo machadiana o sin demasiado sentido. Por ello mi interlocutor, el profesor Wolf Phillips, inglés al fin, me sugirió que en vez de abordar esa cuestión en abstracto, eligiese dos casos, por ejemplo, el suizo y el canadiense, por si pudiesen arrojar algo de luz sobre la pregunta.

Había bastantes celebridades en aquella facultad de ciencias sociales, fundada al comienzo del siglo veinte por algunos venerables fabianos . Karl Popper acababa de jubilarse, pero en la London estaba Elie Kedourie del que yo traduciría su formidable Nationalism, un vigoroso panfleto contra el nacionalismo, pero que es capaz de penetrar en la raíces intelectuales de tal ideología con una lucidez insuperable. Es un ejemplo de las posibilidades de la inteligencia debeladora, que se puede encontrar en alguna literatura militante, como ocurre en el caso de Carl Schmitt con la democracia representativa. Kedourie era libanés, de porte alto, moreno. Llevaba el pelo muy corto, como algún reputado y querido maestro constitucionalista italiano, con el que ahora, en el recuerdo, le saco parecido. Pertenecía a esa elite de extranjeros, que eran capaces, así Isahiah Berlin y otros, de hacerse un hueco en el selecto escalafón académico inglés.

La London tenía un edificio anejo en Portugal Street, justo encima de la librería de segunda mano, donde para mi fortuna nada más llegar de Madrid conseguí un ejemplar del Federalism de Wheare y el libro sobre el pensamiento político del siglo XVI de J.W. Allen que con tanta envidia oía citar al maestro Rubio Llorente, desde sus primeras clases de pensamiento político en la Facultad de Ciencias Políticas, recién llegado de Venezuela, sustituyendo a don Luis Díez del Corral. Con el tiempo, asistiría a las clases de derecho político, minuciosamente anticipadas del profesor Rubio en la Facultad de derecho en unos folios escritos con un bolígrafo Cross de plata, aunque su contenido fuese vertido ante la atenta audiencia sin mirar una línea. El primer recuerdo que yo tengo de Francisco Rubio es el de un, más bien joven profesor de barba catalana que explicaba Maquiavelo, a partir de una edición del Príncipe, en italiano, presentada en un volumen rojo, de pie y sin apoyatura en texto alguno.

En el primer piso del edificio de Portugal Street, en el rellano de la escalera, mientras esperábamos entrar en el seminario semanal, salía a veces de su vetusto despacho, Michael Oakeshott, el gran normativista, especialista en Hobbes. De vez en cuando solía asistir, fuera de mi programa, a las clases de Ernest Gellner, que se esforzaba en defender la tesis de la modernidad del nacionalismo, al que emparentaba con los procesos de aculturación homogeneizadora de las sociedades industriales. Con Gellner trabajó su tesis de antropología social Marianne Heiberg que dedicó un estupendo estudio a un pueblo de Guipúzcoa, en el alto Deva, fronterizo con Vizcaya, receptor de un importante flujo migratorio. Marianne, en cuya casa conocí a doña Natalia Cossío, la señora viuda de Jiménez Frau, el director de la Residencia de la Institución Libre de Enseñanza, o a alguna hija de Salvador de Madariaga, que por entonces debían vivir en Oxford, encandiló a la dirigencia del pueblo de Elgueta, cuya corporación un día se presentó en visita oficial, en su precioso piso londinense.

El libro al que comenzó refiriéndose este recuadro resulta de gran utilidad en la medida en que actualiza nuestro conocimiento sobre los sistemas federales. Sin duda las informaciones generales que basan los modelos teóricos de los libros convencionales sobre federalismo pueden quedar anticuadas y conviene ponerlas al día de modo fiable. Todos los casos, encomendados para mayor equilibrio a dos reputados académicos de cada país, responden a una retícula compartida que trata de ilustrar sobre el reconocimiento de la variedad, la organización institucional, y el resultado tanto para el orden del sistema en su conjunto como para el grado de satisfacción de sus integrantes.

También las conclusiones del libro responden al enfoque equilibrado de sus autores, de modo que el federalismo no se propone como el tratamiento ideal del seccionalismo nacionalista en los sistemas políticos, o la panacea entre la diversidad y la unidad. Parece, ciertamente, aceptarse la idea de Watts de que los estados que explosionan son los centralistas, no los federales. Pero se llama la atención sobre el rédito funcional del federalismo, algo equívoco: el federalismo acomoda, pero también estimula el pluralismo.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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