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crítica

Inteligencia y literatura: The Pale King (El rey pálido)

sábado 28 de mayo de 2011, 17:59h
David Foster Wallace: The Pale King. Hamish Hamilton. Penguin Books. London, 2011. 560 páginas. £20 (=23,05 €)
Es complicado definir la inteligencia. Desde el significado etimológico, “inter-legere” (leer dentro de las cosas), pasando por su uso clásico, hasta su repudio por filósofos y su entrada en la cultura popular en forma de coeficiente, la inteligencia sigue siendo un concepto elusivo. Nadie sabe definirla con exactitud, pero todos la sentimos, muy pronto, nada más conocer, oír, entrar en contacto con alguien o algo. Sabemos que está ahí, agazapada casi siempre. Para el que la siente, la inteligencia es siempre amenazadora. En el fondo, sabemos que su poseedor lee dentro de nosotros y eso nos inquieta. Para el que la tiene, la inteligencia es una cualidad costosa, como la belleza, porque sabe que atrae y a la vez produce rechazo en unos observadores temerosos a veces, otras envidiosos. En último término, la inteligencia es aniquilada a menudo por la sociedad, que la anula mediante sutiles movimientos de trivialización y alienamiento.

La relación con la literatura es aún más compleja. Es indudable que para escribir es necesaria, pero determinar cuánto y cómo es labor laberíntica. Está claro que ha habido escritores más o menos inteligentes, y que esa cualidad no los ha hecho más o menos exitosos. Se diría que es una cualidad paralela, que está o no está, que se muestra o no se muestra, y que en sí misma no es esencial. En España, hay un autor del siglo XX tremendamente inteligente: Juan Benet. El servicio que esa inteligencia hizo a su obra es ya más discutible. En sus ensayos, brilla como fuegos de artificio abrazada a la ironía; en sus cuentos, apoyada a veces en revelaciones emocionales, se dulcifica y fluye, se hace momento, se liga a lo temporal; en sus novelas, apabulla, se acumula en presas, muros de contención, búnkeres de complicado acceso. Saúl ante Samuel es una excepción, seguramente porque los sentimientos personales y autobiográficos pugnaron por un protagonismo que la razón excluye en el resto de su obra novelística. En los Estados Unidos, y por extensión en la literatura de finales del XX y principios del XXI hay un autor que se le parece en su baile con la inteligencia: David Foster Wallace.

David Foster Wallace se suicidó el 12 de septiembre de 2008. Dejó detrás una breve pero intensa obra como ensayista y novelista. Algunos títulos publicados en España son la novela La broma infinita; los libros de relatos La niña del pelo raro, Entrevistas con hombres repulsivos y Extinción; y los libros de ensayos Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y Hablemos de langostas. Al morir, dejó también una novela aparentemente inconclusa, The Pale King. Michael Pietsch, su amigo y editor, se hizo cargo de los archivos de sus dos ordenadores para publicarla en 2011 (Penguin Books).

The Pale King es la obra póstuma de un autor muy inteligente, de alguien cuya inteligencia seguramente le pudo. La obra se presenta como una “memoir”, ese ambiguo género tan en boga estos últimos años. En el brillante capítulo 9, el autor afirma: “The Pale King es básicamente una “memoir” no ficticia, con elementos adicionales de periodismo reconstructivo, psicología de organizaciones, civismo básico y teoría de impuestos”. La obra trata de un David Wallace y su trabajo en una oficina del IRS (la Hacienda norteamericana) en Peoria, una pequeña ciudad del Midwest, hecho real. Pero a este entramado ciertamente poco atractivo de partida, añade: “Además, está el aspecto autobiográfico de que, como tantos otros jóvenes insatisfechos de aquellos años, yo soñaba con ser un artista, alguien cuyo trabajo como adulto fuera original y creativo, en vez de tedioso y monótono. Mi sueño específico era llegar a ser un gran e inmortal escritor de ficción à la Gaddis o Anderson, Balzac o Perec, & compañía; y muchas de las entradas de mis libros de notas en los que se basan esta “memoir” están literariamente ‘pasadas por el jazz’ y fracturadas”. Traduzco “jazzed up” por “pasadas por el jazz”, porque la escritura de Wallace es fundamentalmente jazzística. En su prosa hay fraseo, melodía, improvisación, armonía y desarmonía, un contrabajo que marca el camino de fondo junto con la batería, y solos de piano, saxo o trompeta. Los capítulos tienen una independencia casi total, un recurso ya empleado en La broma infinita, y en ocasiones recuerdan a los prólogos cervantinos o a la fluidez del bastón de Sterne en el Tristram Sandy y El viaje sentimental. Pero no solo eso; el texto está plagado de notas a pie de página, párrafos enumerativos, y los tan queridos para Juan Benet paréntesis dobles o triples y guiones. ¿Qué se podía esperar de un autor del siglo XXI, conocedor, como Cervantes, de la alta y baja cultura de su tiempo? Pues nada más y nada menos que el que una gran parte de su novela esté escrita no en Word, el procesador de textos de la masa que da linearidad al texto (espacio y tiempo), sino en Excel. Han leído bien, en Excel. Por ello, el libro se organiza de la misma forma tridimensional en la que crece un árbol. Leer The Pale King es como tumbarse debajo de un árbol y perderse en la tridimensionalidad de sus ramas: los capítulos del libro son brazos que salen en todas direcciones, que se superponen, de los que cuelgan capítulos, frases, notas... Una auténtica experiencia psicoliteraria. A su lado, los escritores de ficciones experimentales (incluido Pynchon) son como primitivos industriales; los de ficciones tradicionales (incluido Franzen), cavernícolas empeñados en seguir las técnicas de Altamira. La máquina de escritura continua que Benet usó para escribir Una meditación (que ya había inventado años antes Kerouac, aunque este hacía trampa y pegaba los papeles), un elefante del pasado. No, la mente de David Foster Wallace va más allá, va al lugar en el que la literatura se mezcla con la impresión de la persona, con su mente más íntima. Cervantino, sterniano, joyceano, todo ello pasado por una oficina donde se recaudan impuestos en el profundo Midwest.

¿A quién gustará este libro? A casi nadie. Como decíamos al principio, la inteligencia, aunque jazzística o quizá por ser jazzística, penetrativa, fragmentaria, asusta. Gustará a quien se abandone y baile, aunque sea con la cabeza o las neuronas cervicales. Quizá a jóvenes insatisfechos, autoalienados, que sueñan con conocer a Lady Gaga y a la vez con ser artistas inmortales à la Perec. O a quien todavía lleve dentro, en algún oscuro cajoncito, parecidos sentimientos. En el libro no hay romances, ni revelaciones basadas en las relaciones personales. Pero hay múltiples revelaciones de los pequeños momentos. Quizá sea este el verdadero objetivo de la inteligencia cuando se pone al servicio de la literatura.

Por José Pazó Espinosa
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