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Lo que hay tras la ópera

miércoles 01 de junio de 2011, 10:41h
Hay quien opina que Gerard Mortier, actual director del Teatro Real de Madrid, odia la ópera con toda su alma y por eso se empeña en torturar al público capitalino con un programa casi tan infumable como sus grotescas puestas en escena. Ya hizo lo propio en Salzburgo y París, obligando a que muchos aficionados al bel canto optasen entre aprender calceta o adquirir compulsivamente toda la discografía de Luis Cobos, en señal de máxima desaprobación. Lo cierto y verdad es que la ópera es mucho más que este señor y sus provocaciones. De hecho, tras esa impostura a veces compleja y a veces tan dramática se esconde un anecdotario de lo más curioso. Wagner, sin ir más lejos, da mucho juego. El alemán caía rematadamente mal; hasta el punto de que un hijo de Carl Maria von Weber, pianista de cierto renombre en su época, fue emplazado para que interpretase un fragmento de Tannhäuser. Advertido de que había colocado la partitura al revés, contestó “sí, lo pruebo así. Antes la he tocado al derecho y me ha parecido mucho peor”.

Con otra obra de Wagner, Lohengrin, sucedió que el protagonista perdió su medio de transporte en pleno acto final -poco después de la célebre “marcha nupcial”…efectivamente, el libreto narra las andanzas del bravo Lohengrin, que se casa con la princesa Elsa a condición de que ella no le pregunte jamás por su verdadero nombre y procedencia. Claro, la muchacha no resiste la tentación de saber con quién demonios se ha desposado, y al revelarle él que es hijo de Sir Perceval, caballero de la Orden del Grial, se ve obligado a abandonarla por un voto que había contraído tiempo ha. Pero no de cualquier modo, no, tiene que irse como llegó, montado en un cisne blanco. Ocurre que en plena aria, el cisne de atrezzo pasó de largo y dejó al tenor Leo Slezak allí tirado, en plena Opera de Berlín. La ovación fue enorme cuando Lohengrin, resignado, preguntó al respetable “¿Saben ustedes a qué hora pasa el próximo cisne?”

Estamos ahora en Viena. Se representa Don Giovanni, quien ha de descender a los infiernos por una trampilla colocada al efecto en mitad del escenario. El mecanismo se atascó, y el pobre Don Giovanni se quedó con medio cuerpo fuera, momento que aprovechó un diplomático italiano para exclamar: “Mio Dio, l'inferno è pieno!” –“¡Dios mío, el infierno está lleno!”. Un infierno debió parecerle también al creído de Roberto Alagna cuando representaba Aida en la Scala de Milán. Muy fino no debía de andar, a juzgar por los abucheos que le estaba dedicando el público. Indginado, adoptó el típico comportamiento de divo y abandonó el escenario, no sin antes dedicar una mueca despectiva al patio de butacas. En el cual, por una feliz casualidad, se hallaba su suplente, en vaqueros y camiseta. Y de esta guisa Antonello Palombi, que así se llamaba el valiente, terminó “a pelo” el resto de Aida. Los nueve minutos de aplausos son la prueba evidente de lo bien que lo hizo, pese a su “vestuario”.

Y eso que hay óperas cuyos libretos tienen un origen mucho menos legendario que las anteriores. A mediados del siglo XIX, en Calabria, un cómico asesinó a su mujer en plena representación por haber descubierto que le era infiel con un tramoyista. El magistrado que instruyó el caso se llamaba Vicenzo Leoncavallo. Su hijo Ruggiero, años después, recordando aquella vieja historia que su padre le contase, escribió la partitura de I Pagliacci, que hoy suele representarse juntamente con Cavalleria Rusticana, otra historia de muerte y venganza. Qué forma de tomarse las cosas, por Dios.
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