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reseña

Manuel García: De bares y de tumbas

sábado 04 de junio de 2011, 01:02h
Manuel García: De bares y de tumbas. Hiperión. Sevilla, 2011. 88 páginas. 9 €
En su notable colección de poesía, la editorial Hiperión acaba de publicar De bares y de tumbas, de Manuel García, autor de Estelas (1995), Sabor a sombras (1999), Cronología del mal (2002), La mirada de Ulises (2006), Poemas para perros (2008) y Manuel de cordura (2008).

Aunque el título, de claras reminiscencias clásicas, nos remite a la eterna reflexión sobre la vida y la muerte, hay, sin embargo, mucha verdad en estos versos hechos desde la experiencia personal, desde la fuerza que impulsa el devenir cotidiano de los días. Il faut être tourjous ivre, “conviene vivir borracho”, afirma recogiendo un pensamiento de Baudelaire. Borracho para “estar atento al lado secreto de la vida”. Borracho de libros, de belleza, de pintura, de poesía y, desde luego, de música. Porque en este libro, más que en ningún otro, Manuel García, melómano apasionado, acompasa sus palabras y sus silencios con la música: de Abel, Marais o Sainte Colombe a la zarzuela, el tango, la copla, el blues, las canciones de Raimon o Tom Waits, o el sonido vital de las campanas. Sus bares son aquellos en los que aún palpita la vida del común de las gentes sencillas, aquellos en los que uno puede tomarse un aguardiente mañanero antes de la jornada laboral, un vino de la casa o un cubata de Larios mientras se charla con los amigos… o bien escribe estos versos.

Y sus tumbas tienen un fuerte poder evocador ("Sabe, / cuando la flor se muere, / dejar su aroma suave") y lo impulsan aún más hacia la vida ("ahora es preciso / vivir, seguir muriendo, regresar / a las cosas diarias y alejarse / a los mismos asuntos, como si / el mundo fuera nuevo cada instante"). Ninguna imagen mejor que la de esa copa de vino que Lord Byron fabricó con una calavera y que el poeta escoge para hacer de bisagra entre las dos partes del poemario, aparentemente diferenciadas pero tejidas ambas sobre un mismo cañamazo: el de la incontenible fuerza de la vida.

Es de destacar la enorme variedad de formas y metros utilizadas, desde la prosa poética al soneto. Para Manuel García la esencia de la poesía está en lo popular, de ahí su gusto por el romance, la seguidilla o la rima asonante; pero, a su vez, su arraigo en poetas como Medrano, Herrera o Rioja lo colocan en esa posición hoy tan singular de poeta que no desdeña la rima ni los metros clásicos.

En definitiva, es éste un poemario tanto de raíces personales como de lecturas sin fondo, y de amor a la madera aquilatada y antigua de una viola da gamba, cepa antigua de pámpanos y semicorcheas que juegan con la vida y con la muerte. En la sugerente simbiosis de todos esos elementos que ilustra la cubierta del libro (dibujo de María Jesús Casermeiro), asoma, como lo hacía en las antiguas cráteras de vino griegas, ese ojo de la Gorgona que desafía al lector a asumir este último epitafio:


Bebí, viví.
Como las cosechas de la uva
son las generaciones de los hombres,
que tan pronto reverdecen
como darán el jugo a la próxima cosecha.

Por Inmaculada Lergo Martín
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