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El Imparcial: justificación de un empeño

viernes 10 de junio de 2011, 14:47h
Sacar adelante un periódico como el nuestro -honesto y plural, que no insulte y distinga géneros, evitando inocular opinión en la información- es en España un camino cuesta arriba. El constante incremento de lectores que tenemos resulta gratificante. Pero lo que de verdad empuja el ánimo -al menos, el mío- es comprobar en carne propia la falta de responsabilidad profesional del periodismo en España, al menos en medida muy considerable. Una constatación lamentable pero que da sentido al esfuerzo personal y razón a los cien mil visitantes que diariamente abren nuestras páginas.

Las palabras que preceden se enmarcan en la historia siguiente. Resulta que el pasado Domingo 5 de Junio aparecieron unas declaraciones mías en ABC en que figuro como Presidente de la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, un honor que me impone más deberes que alardes. Como aperitivo, el responsable de la referida edición decidió, en su infinita sabiduría, suprimir al segundo de nuestros dos titulares; y a la papelera virtual fue, con el nombre venerable de don Gregorio, cuanta orientación científica tiene la Casa. La segunda operación con la tijera, en lugar del cerebro, consistió en guillotinar la siguiente advertencia, fruto de un mínimo de aseo y prudencia institucionales y que me atrevo a reproducir en cursiva entrecomillada a modo de desahogo personal y disculpas a mis colegas de la Fundación:

“La Fundación Ortega-Marañón es una institución plural. Por consiguiente, sería pretencioso -por no decir indecoroso- que yo, como Presidente, hablara en nombre de la misma, fuera de temas propiamente institucionales. En nombre propio, me atrevería a relacionar algunos asuntos de relieve que requieren atención urgente” –y, a continuación, seguían una serie de recomendaciones que omito porque se reprodujeron fielmente en ABC.

Por fin, cumplimenté un cuestionario, que reproduzco en su integridad, en lugar de la versión apocopada que me impusieron.

1) ¿Por dónde debe empezar la regeneración de España?
Quizá podríamos empezar evitando el término “regeneración”, una idea que arranca de 1898, positiva pero desmedida, que evoca ecos catastróficos y despierta expectativas poco razonables. Hay, en efecto, que variar de manera sustancial el rumbo negativo por el que han derivado las cosas en España. Para empezar, retomar el pacto de Estado entre los dos principales partidos nacionales, clave del éxito de la Transición, roto con el Estatuto de Cataluña en 2005. Un pacto que debe comenzar porque PP y PSOE admitan la realidad democrática; a saber: que, en un país donde el 80% del voto se reparte entre ellos, el equilibrio del sistema político requiere comprender que el principal rival de uno es, al tiempo, su principal socio constituyente. A partir de ello, debería empezarse por rehacer el consenso en política territorial y abandonar la idea, astuta pero sumamente disfuncional y profundamente ignorante, de intentar expulsar del sistema al partido rival, forjando una alianza estructural con grupos secesionistas haciendo de ganzúa.

2) ¿Hay una crisis de valores?
Enunciados parecidos se plantean desde tiempo inmemorial. Aunque, en efecto, en la España de hoy, puede que haya algunas confusiones filosóficas que resultan incoherentes desde un punto de vista democrático. Me da la impresión que existe una confusión creciente entre derechos y oportunidades y entre igualdad de oportunidades e igualdad de resultados. A menudo se olvida que todo derecho conlleva responsabilidad. Los derechos son inseparables de los deberes, sobre todo en democracia, un sistema muy exigente que comienza por una demanda de responsabilidad personal. Los clásicos –y los Founding Fathers americanos- se lo sabían muy bien: la democracia requiere conocimiento y control de uno mismo.

3) ¿Qué debe cambiar en la Educación?
En educación primaria y secundaria, debe regresarse al espíritu de esfuerzo y motivación, a la voluntad de superación y objetivo de excelencia; y a la comprensión de que la buena educación es, por si misma, escuela de ciudadanos y, un buen nivel de enseñanza, motor de prosperidad, al tiempo que de movilidad social. Ideas que tenían muy claras los republicanos y socialistas de antaño, al revés de lo que ocurre con los de hoy día. En la enseñanza superior e investigación, deberíamos ser capaces de acabar con la confusión que existe entre autonomía y soberanía. No es lo mismo. En California, por ejemplo, las universidades estatales son autónomas pero los cargos de dirección los eligen -y responden ante- los contribuyentes estatales que son los soberanos. En España, el eclipse del soberano lastra nuestras universidades, convirtiéndolas en centros cada vez más endogámicos, politizados y sindicalizados, muy alejados de un espíritu libre, sereno y científico.

4) ¿Cree necesario un adelanto electoral para iniciar cuanto antes una nueva etapa?
Aquí lo relevante, que no es sinónimo de acertado, es lo que puedan pensar los actores políticos en cuyas manos está la decisión a que alude la pregunta. Desde el punto de vista de los intereses de lo que quizá constituye una mayoría de la ciudadanía, parece evidente que, cuanto antes se despeje la incógnita electoral, antes se contará con un gobierno fuerte y creíble capaz de abordar reformas en profundidad. En mi opinión, se trata de una opción que coincide también con los intereses objetivos del Partido Socialista, que debería estar interesado en cortar una sangría creciente de sufragios y endosar a otro gobierno el deterioro de lo que resta de crisis. Otra cosa, empero, son los intereses del grupo Zapatero que, descontada, como escenario más probable, la pérdida de la Moncloa, parece haberse centrado en la conservación de Ferraz y el control del partido, interpretando que, para ese objetivo estratégico, la continuación del Gobierno es central. Por otra parte, parecería que un sector del PP cree que la prolongación de un gobierno Zapatero pudiera convenirle, bien porque, al abortar las reformas necesarias, en un intento evitar un mayor deterioro de su base electoral, provoque un recrudecimiento de la crisis, o bien porque, una apuesta a fondo por reformas necesarias pero drásticas termine de abrirle las venas de sus votos. Por fin, a efectos de una posible moción de censura, el cálculo de los nacionalistas es determinante: ¿pensarán que un retraso electoral aleja el fantasma de una mayoría absoluta popular; o, por el contrario, creerán que un deterioro progresivo de la situación la hace más probable?

5) ¿Qué se puede aprender del movimiento del 15-M?
Independientemente de que las recetas que prescriben para curar los males del sistema sean, a veces, formas de agudizarlos, la protesta me parece fascinante. En algún lugar, expresaba Saramago su perplejidad de que vivamos un tiempo en que todo se cuestiona y de todo se habla menos de la democracia. Pues bien, los jóvenes que están en Sol y en la Plaza de Cataluña parecen preguntarse por los problemas de la democracia. Y, al hacerlo, han redescubierto la naturaleza ambiciosa de la condición humana. También en los políticos. Interrogantes que ya aparecen en los albores de la democracia, ya sea en la Grecia clásica o en la América revolucionaria. En democracia todos somos electores, pero sólo algunos son elegibles y menos aún los elegidos. La gratuidad de los cargos, que estaba en el origen de la democracia, era también un sistema indirecto de selección oligárquica. Pero su remuneración dio paso a otro problema: a que entraran gentes –denunciaba Platón- dispuestas “a vender la ciudad por un dracma”. En nuestras plazas se respira hoy un rechazo a los profesionales de la política, sin otro beneficio u oficio, fuera de la intriga por el poder. Tampoco es nuevo. El antídoto para evitarlo que encontraron los clásicos fue el sorteo anual de los cargos entre todos los ciudadanos. El que hoy se nos antoje un método inviable, no elimina el referido problema. Nuestros jóvenes han señalado con el dedo a los señores del poder y perciben –con razón, en buena medida- que estos empresarios de la política sólo están interesados en maximizar y acaparar poder, como los empresarios en el mundo económico lo están en maximizar beneficios. La diferencia es que los empresarios que venden bienes y servicios están sometidos al plebiscito diario de los consumidores, mientras que a los empresarios del poder sólo se les evalúa cada cuatro años. Por eso, los jóvenes interconectados por la red piden recrear la democracia directa de la Grecia clásica. Plebiscitarlo todo parece muy fácil desde la pantalla pero fue lo que apuntaló un régimen autoritario durante más de veinte años en la Francia de Napoleón III.

¿Qué lecciones pueden sacarse de esta crisis económica?
Estoy convencido de que la crisis no es sino una forma desaliñada de componer nuestro razonamiento. Y no sólo en España. Ya al final de la presidencia de Clinton se decía lo que en tiempos de Bush se repetía con insistencia: “todo americano tiene derecho a una hipoteca”. ¿Derecho a una hipoteca? Será si la pagan, digo yo. Porque confundir una oportunidad con un derecho es una pedagogía de irresponsabilidad que provoca las consecuencias que están a la vista, cuando los tomadores del préstamo abandonan el objeto que garantiza la cantidad recibida, libres de cualquier compromiso personal. En la escena siguiente, los banqueros fabrican una serie abundante de muñecas rusas con hipotecas fraccionadas y devaluadas que van engordando y rebotando, en envolturas de naturaleza diversa, con la inestimable bendición de las agencias de rating, que expiden certificados de fiabilidad de productos devaluados para clientes (los bancos) de los cuales viven –sin que el regulador (los políticos) parezca conmoverse por esta insólita condición de ser y ejercer de juez y parte. Por fin, los bancos centrales –léase los gobiernos y consúltense las memorias de Greenspan- echan gasolina al fuego, prestando a tipos de interés negativo. Y, claro, la burbuja termina por estallar. En la escena final, salen los pirómanos-políticos, pero disfrazados de bomberos, con gesto de cortesana ultrajada, a modo del capitán Reynaud en “Casablanca”, y al grito de “¡aquí se especula!”. Y, en efecto, se especula. Hagamos, pues, un esfuerzo por comprender como funciona un sistema de libre mercado que, como nos explicó el filósofo hace dos siglos largos, se basa en nuestros defectos –o impulsos- más que en nuestras virtudes; más en nuestra ambición que en nuestra generosidad. Los vendedores de servicios financieros (o banqueros), como todo empresario, tienden a maximizar beneficios y, si perciben una atmósfera especulativa que les beneficie, naturalmente, especulan. Sobre todo, si intuyen que los políticos están dispuestos a cubrir sus riesgos con dinero del contribuyente. Por eso, sobreregular –que es dar más poder a los políticos- no será un remedio, sino una droga. La medicina natural es que los especuladores sepan que, si extreman la especulación y quiebran, nadie les rescatará, de modo tal que corren el riesgo de terminar arruinados y en la cárcel. Y eso de acabar entre rejas modera mucho.
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