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Los trastos del 15-M

lunes 13 de junio de 2011, 16:27h
Los indignados del 15-M ya han recogido sus trastos, al menos los físicos. Han desalojado la mayor parte de los campamentos en los que, por un momento, pareció vivirse el sueño de que realmente se pueden cambiar las cosas. Una amiga, que nunca se ha interesado en política, me contaba que en una visita que hizo a Sol, durante los primeros días de las protestas, más por curiosidad que por convencimiento, sintió por primera vez en su vida fe en la posibilidad del cambio. En Sol, entre asambleas, carteles y tiendas de campaña creyó por primera vez en su vida que un movimiento colectivo que puede llegar a servir para conseguir que las cosas se parezcan un poquito más a cómo te gustaría o crees que deberían ser.

Al principio, todo el mundo criticó al 15-M. Unos los tachaban de pijos ignorantes, otros de perroflautas piojosos. Cuando vieron que la cosas iban en serio, algunos hasta trataron de hacerse dueños del movimiento haciendo suyas las consignas que precisamente les señalaban con el dedo. ¿Acaso hay algo más absurdo y perverso que un presidente de Gobierno solidarizándose con quienes protestan contra lo que representa?

El 15-M no ha pretendido conformar un movimiento político, ni una consigna concreta. Ha sido el golpe en la mesa de una sociedad civil cansada y hastiada ante los excesos y chapuzas de una clase política que lleva demasiados años haciendo y deshaciendo a su antojo, protegida por un sistema electoral que nos aboca a una suerte de dictadura de partidos. El 15-M, al menos tal y como yo lo veo, no representa a la izquierda o a la derecha. Sencillamente los representa a los dos y a ninguno. Ha sido la expresión más clara de uno de los pilares básicos de una democracia, la sociedad civil. No ha pretendido ser un movimiento antisistema. Al contrario, su intención ha sido evitar que el sistema fagocite a quienes lo componen, utilizando sus recursos para que no se pierda en la deriva de sus excesos. La democracia basa su funcionamiento en un sistema de contrapesos que posibilita su mantenimiento. Por eso pierde legitimidad si falla la separación de poderes. De la misma forma, la sociedad civil ha de manifestarse y dejar claro su malestar, especialmente en momentos tan dramáticos como los que está viviendo España. Obviamente, la expresión última de una democracia es el voto, a través del cuál se expresa la voz de la ciudadanía que cede su representación de esta forma a los cargos electos. El problema surge cuando esta representación está viciada en su origen por un sistema cerrado y clientelista, que beneficia a los mediocres que dedican su carrera a hacer vida de partido en perjuicio de quienes realmente tienen interés en aportar sus conocimientos o experiencia a la sociedad. Los partidos políticos han olvidado que la res publica no es un coto cerrado con el que beneficiarse, ellos y los suyos, y ante estos excesos la ciudadanía se siente, nunca mejor dicho, “indignada”. Al menos yo así me siento.

Por eso espero que las ratas y los chinches no ensombrezcan el recuerdo del 15-M. Que sepamos ver más allá de los “perroflautas” –que también pertenecen al mismo con todo el derecho- o la demagogia que siempre acaba impregnando a cualquier movimiento con un carácter inclusivo y hasta cierto punto espontáneo como este. Espero que, aunque Sol ya ha sido desalojado, los trastos del 15-M queden molestando en la conciencia de quienes nos gobiernan.
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