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Cenizas de leyenda en el Egeo

miércoles 15 de junio de 2011, 12:57h
Muchos de los que van a Grecia lo hacen con la idea de conocer sus islas. Seguro que no se arrepienten. Navegar por sus aguas es una experiencia única, inolvidable. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ni todas las islas son accesibles ni están sólo en el Egeo. De hecho, una de las más sugerentes se halla en el Jónico, y su acceso está vedado, ya que se trata de una isla privada. Es Skorpios, y pertenece a la familia Onassis. Igual que el Mediterráneo, ha sido testigo de mil historias, aunque quizá ninguna con una banda sonora tan increíble como la protagonizada por Maria Callas y Aristóteles Onassis.

Cuando iniciaron su relación, en 1959, “la divina” estaba en la cima de su carrera. Reconocida mundialmente, los mejores teatros del mundo se la disputaban. Tal era su fama que hasta sus propias competidoras se rendían a la evidencia. Ese fue el caso de la soprano Elisabeth Schwarzkopf que, unos años antes, había asistido a una representación de La Traviata, en Verona. Quedó tan impresionada que al poco tiempo anunció que jamás volvería a cantar aquella ópera. Su argumento, demoledor: “¿Para qué, si ya hay alguien que lo hace perfecto?”.

Siempre se ha dicho que hubo muchos hombres en la vida de la Callas. Posiblemente sea así, aunque sólo uno la dejó marcada: Onassis. Y eso que no fue una relación fácil; todo lo contrario. Aún así, tuvo momentos irrepetibles, únicamente al alcance de ellos dos. Se cuenta que, durante una de las travesías del Christina por el Egeo, Maria Callas mandó que despejasen la cubierta para quedarse a solas con Aristo. Allí, cantó para él “O mio babbino caro” y “Signore, ascolta”. Si Puccini hubiera levantado la cabeza aquella noche, estaría muy orgulloso de haber compuesto Gianni Schicchi y Turandot.

Pero la dolce vita comenzó a pasarle factura. Sus cualidades vocales no eran ya las de antaño, fruto de una existencia bastante disipada. Como ella misma llegaría a decir, “primero perdí peso, luego la voz y, finalmente, a Onassis”. De esto último jamás se llegó a recuperar. Cuando Aristo la dejó por Jackie Kennedy, algo en su interior se quebró para siempre. Se recluyó en París, donde vivió sola y amargada hasta el final de sus días, y ni siquiera reaccionó cuando Onassis quiso regresar junto a ella, harto de los caprichos de Jackie. Volvió a subir esporádicamente a los escenarios, pero ya nada sería igual.

Para empezar, su repertorio: había eliminado todo vestigio alegre, y en sus interpretaciones apenas quedaban ecos del mito que fue. Dejó, eso sí, para la posteridad, una serie de lecciones magistrales de canto, quizá su penúltimo testimonio vocal. Porque el postrero fue pocos días antes de morir, en 1977. Durante una audición privada, entonó su “Un bel dì vedermo” más estremecedor. Es el aria de Madama Butterfly en la que la protagonista suspira por el regreso de su amado, y cuya letra habla por sí misma: “Un bello día veremos/ levantarse un hilo de humo/ en el extremo confín del mar. /Y después aparece el barco”. Sin duda, fueron los recuerdos junto al armador griego los que acabaron por consumirla aquella mañana de septiembre. Sus cenizas descansan en el Egeo, que guarda la memoria de una voz inmortal. Maria, magnifica, l’unica. Bravo.

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