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Medallas de oro

viernes 17 de junio de 2011, 21:24h
Contra lo que pronosticaba Harold Camping, el mundo no se acabó el pasado día 21. La verdad, si no advino el Apocalipsis con la estocada propinada el 18 por Manzanares al de Cuvillo, difícilmente iba a suceder cuando se daba una de rejones. Aunque fuera con Pablo Hermoso, una de rejones no era cartel para el Fin del Mundo, reconózcase.

Pero, si no se abrió el Séptimo Sello, mucho me temo –y me congratulo por ello- que Manzanares va a poner a todo el escalafón a practicar con el carretón la suerte de recibir, en cuya ejecución ha adquirido en muy corto tiempo una personalidad, una vibración y una maestría de las que adjudican a uno un puesto cimero en la historia del arte.

La víspera de su triunfo, me había cantado ya Curro Roldán, en la barra de “Volapié”, las excelencias de una estocada suya a recibir que había puesto boca abajo la plaza de Jerez. Le había visto también intentarla –un gran pinchazo- en Castellón. Y a su primer toro de Madrid le había asimismo despenado esperándolo a pie firme, como se cuenta que lo esperaban “Cagancho”, “Fortuna” o Villalta en sus jornadas de gloria. La sensación vivida por el amante de la lidia fue de un gozo indescriptible.

Y es que, durante muchísimos años, la suerte de recibir ha constituido poco más que un ocasional y rarísimo gesto de torería signado por el aura de lo ancestral, un puntualísimo y simbólico homenaje épico a otras épocas, un mero guiño al pasado… y un gesto y un guiño por lo general reducidos a conato, pues solían quedar en la buena voluntad empeñada, es decir, en un pinchazo bien señalado. La suerte de recibir era, pues, como una ensoñación súbita e infrecuente que invitaba al aficionado a imaginar, a remontarse a días del toreo conocidos sólo por lecturas u oídas: los días de “Frascuelo”, de “Algabeño” padre, “Guerrita”, de “Cagancho”… Pero auguro que, a partir de ahora, gracias sobre todo a Manzanares, y también al estoconazo recetado por Talavante la víspera del día de autos, esta suerte de elegidos va a volver a la estricta observancia, al catón de uso diario de los coletas.

Sería, repito, para celebrarlo. Bien ejecutada, la suerte de recibir es una de las más hermosas y emocionantes del arte de la lidia La estocada de Manzanares en los medios al toro de Cuvillo quedará en mi memoria de aficionado, por la letal templanza con que la realizó, por su honda belleza, por su negra rotundidad, como uno de los momentos supremos presenciados en una plaza de toros, y quiero decir que la considero de por sí, más allá de edades, trayectorias, conveniencias, abolengos y listas de espera, merecedora ya de una Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Las próximas, creo que ya están dadas. Entre las concedidas este año por el consejo de ministros, se cuenta la otorgada a título póstumo a Pepín Martín Vázquez. Tarde llega. Todos los espadas y aficionados de su generación y de todas las siguientes eran unánimes en considerarle un gran torero. Pero más vale tarde que nunca. Otra Medalla de Oro muy merecida: la que será prendida este año en la pechera del Club de Música y Jazz del Colegio Mayor San Juan Evangelista. Por su escenario han pasado muchos grandes del jazz, y casi todos los del flamenco. En nuestro corazón se agolpan los hálitos, pálpitos y ayes de tantas noches de “Camarón”, “Rancapino”, Jerónimo Maya, “Pansequito”, Aurora Vargas, Morente… Inolvidable para mí, por ejemplo, la primera vez que, desde su escenario, nos deslumbró el cante de “Duquende” (aquella noche, formando filas en el grupo de “Tomatito”).

Pero hay que ir anticipándose, tomando nota para próximas entregas. No pinto nada en esto ni nadie va a preguntarme, pero no quiero dejar de manifestar mi convicción de que, si hay alguien que, en este preciso momento, sea acreedor a una Medalla de Oro de las Bellas Artes, ese es José María Manzanares. Por esa estocada, sí señor. Una estocada propinada en vísperas del Fin del Mundo y con una espada como templada en las fraguas del Arcángel San Miguel. Una estampa digna de ser incorporada a los muros de Altamira para ilustración espiritual de las humanidades futuras.

Una pena que carezca uno de autoridad para coronar estas líneas como remata los edictos Yul Brynner en “Los Diez Mandamientos”: “Que así se escriba, y así se cumpla”…
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