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El infierno de Dante

miércoles 29 de junio de 2011, 12:32h
Hace pocos días aparecía en la piazza Navona de Roma una pintada de lo más ingenioso: Berlusconi, vete al infierno, pero no al de Dante. Comprensible, habida cuenta de que su autor no debía simpatizar demasiado con il Cavaliere y, por tanto, desearía que éste se quedase en tan ignoto lugar eternamente y sin poder salir. Más de uno en Italia ha evocado durante este tiempo la figura de su más insigne escritor, para hacer una comparativa con quienes se ven en la obligación de exiliarse ante los embates del poder. No es para tanto, sin duda. Además, el exilio de Dante de su querida Florencia fue un continuo peregrinar por lugares como Verona, Siena, París, Oxford y, finalmente, Rávena. En todos ellos gozó Dante de una gran consideración, por lo que el “infierno vital” al que aludía parece algo exagerado.

A Dante le conocemos por haber escrito La Divina Comedia, y poco más. Sin embargo, tanto su vida como su muerte dan muchísimo juego. Estamos ante alguien excepcional que, aparte de escribir divinamente -nunca mejor dicho- fue boticario, político y diplomático, faceta ésta a la que prestó especial dedicación. De hecho, encontraría la muerte llevando a cabo una misión en Venecia encargada por su protector, el podestá -gobernador- de Rávena, Guido de Polenta. Hay constancia de una anécdota que se produjo durante un banquete en la ciudad de los canales, en la que Dante sacó a relucir su ironía. Colocado al final de una larga mesa, a la hora de servir el pescado le pusieron uno extremadamente pequeño, en señal de la sumisión que los venecianos deseaban de los de Rávena. Dante, entonces, se llevó el pez a su oreja, como si le hablase. Interrogado sobre aquel extraño modo de proceder, dijo: “Es que un pariente mío se ahogó en el mar, y por eso le pregunto si sabe algo de su alma”. “¿Y qué os ha dicho?”. El florentino señaló hacia los platos de sus comensales, convenientemente surtidos, y apuntó: “Dice que no sabe, porque es muy pequeño, pero aquellos hermanos suyos mayores sí sabrán darme noticias”.

Su Divina Comedia es otra muestra de genialidad sin parangón. Listo como era, sitúa en el infierno a aquellos que le caían mal, aunque con matices. Por ejemplo, a Francesca de Rímini y su amante Paolo, adúlteros ellos, los trata con suma indulgencia. Teóricamente, por tratarse de un pecado de amor; pero además, Francesca era sobrina de su protector…está feo morder la mano que te alimenta. El caso es que la infeliz tuvo la ocurrencia de liarse con su cuñado, sin tener en cuenta las malas pulgas del esposo, Giovanni Malatesta, a la sazón condotiero o capitán de mercenarios; fue descubrirlos y acabar con ellos en un santiamén. Por cierto, que la casa de Francesca de Rímini es hoy el hotel Capello, en Rávena; merece la pena tomarse un espresso en el jardín donde todo ocurrió.

Y Dante acaba en el séptimo cielo de la mano de su amada, Beatriz. Antes ha superado infierno y purgatorio en compañía de Virgilio, por lo que el final no puede ser mejor -de ahí que el que hizo la pintada en la piazza Navona pusiera lo que puso-. Pero esto se sabría meses después de su muerte, ya que los últimos trece cantos se hallaban escondidos en un falso muro de su casa, encontrado por su hijo de modo casual. También un falso muro fue la explicación de que, al reclamar Florencia sus restos e ir a exhumarlos, no encontrasen nada en su sepultura de Rávena. Parece que los frailes del convento de San Francesco hicieron un butrón por el que sacaron el esqueleto y lo guardaron a buen recaudo en el archivo conventual hasta que un albañil dio con el a finales del siglo XIX. Dante; genio y figura en vida...y después de ella.
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