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critica de cine

"Blackthron": el [i]western[/i] español que resucita al mítico Butch Cassidy

sábado 02 de julio de 2011, 12:04h
Mateo Gil firma un western clásico en el que destaca la interpretación de Sam Shepard. Por Alicia Huerta
El director español Mateo Gil firma este western de estilo clásico, rodado en Bolivia, muy bien acogido por el público norteamericano que acudió a su presentación en el Festival de Tribeca, en Nueva York, y cuya acción arranca veinte años después de que el mítico personaje de Butch Cassidy fuera abatido a tiros por el ejército boliviano cuando trataba de escapar junto a su inseparable compañero, Sundance Kid.
Este era el final de la famosísima cinta de 1969 “Dos hombres y un destino”, dirigida por George Roy Hill e interpretada por Paul Newman y Robert Redford, un final que congelaba la imagen en el momento previo a su muerte, sin que se vieran los cadáveres de los dos atractivos atracadores de bancos. No parecía que hiciera falta para tener claro cuál había sido su destino. ¿O sí? Mateo Gil, ganador de cuatro premios Goya, “resucita” en su segundo filme a uno de ellos, Cassidy, a quien dio vida Paul Newman, y hace que nos volvamos a encontrar con él veinte años después de aquel fatídico 6 de noviembre de 1908, el día en el que pareció que había acabado su suerte. De algún modo -el guión de Miguel Narros no lo dice expresamente- el famoso forajido consiguió escapar y retirarse en una hacienda, convirtiéndose en criador de caballos. Hasta que la llamada de la tierra, o de la sangre, acaba por hacerle salir de su guarida para volver a su país y visitar al hijo de Etta, la mujer que acompañó a los míticos ladrones hasta que su embarazo le hizo volver a Estados Unidos. ¿Hijo de Cassidy o de Sundance? La paternidad no estaba clara, pero Cassidy le escribe cartas en las que firma como su tío, aunque claramente albergue sentimientos de padre, y decide ir a visitarle cuando se entera de que su madre ha muerto.
Y una vez fuera de la seguridad de su rancho, el destino quiere que, “a sus años”, tenga que volver a las andadas. Un destino que aparece en forma de encuentro con un ingeniero de minas español, a quien interpreta un siempre correcto Eduardo Noriega. Por culpa del español, el veterano Blackthorn pierde el capital que ha reunido vendiendo todo lo creado durante las dos últimas décadas y se ve obligado a ayudar al elegante ingeniero a escapar de sus perseguidores, después de haber robado al hombre más poderoso de Bolivia, propietario de la mina en la que trabajaba, a cambio de la mitad del botín que su nuevo compañero de fugas dejó escondido cuando tuvo que salir corriendo para salvar la vida. Otro compañero, otro destino. Mateo Gil consigue una cuidada cinta, con un guión clásico para un género en el que poco queda por innovar, con planos tremendamente típicos y tópicos, y un final que pretende enseñar que ni siquiera para ser un fuera de la ley vale todo. Los principios son los principios. Y Cassidy siempre los ha tenido claros.
Sin embargo, el principal atractivo de Blackthron llega desde el capítulo interpretativo. Una cinta sobre un personaje mítico a quien interpreta otro personaje mítico, porque el protagonista, Sam Shepard, hace años que se ganó dicho calificativo. Dramaturgo, novelista, ensayista, músico, cineasta y actor. Por lo menos. Shepard ha escrito más de cuarenta obras de teatro, se le considera el nuevo Tenesse Williams, ha ganado el Pulitzer, el Obie y cuenta con una nominación al Oscar. Ha sido el batería de numerosos grupos de rock, trabajó con Bob Dylan, los Rolling Stones y tocó el banjo para Patti Smit; colaboró en películas de Wenders, Antonioni o Malick, y su matrimonio con la actriz Jessica Lange en 1983 le hace, además, conocido para ese otro público que no ha leído sus obras o ha escuchado su música. Y ahora, desde que esta cinta de capital español rodada en inglés se presentó en Tribeca, la crítica no ha cesado de alabar su papel, “una interpretación que transciende del personaje a la persona”. Lo cierto es que Shepard da vida a un forajido tremendamente humano, curtido por la vida y marcado por el pasado, que Gil plantea en forma de flashbacks, y lleva en su mirada el peso de la historia. Y, encima, hasta se atreve a cantar algunos temas del folk más tradicional. Sin embargo, él lo tiene claro: se siente afortunado por el papel, pero no se considera un actor. “Por encima de todo, soy escritor”.

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