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CRÍTICA

Herbert Read: Al infierno con la cultura

domingo 10 de julio de 2011, 02:44h
Herbert Read: Al infierno con la cultura. Introducción de Michael Paraskos. Traducción de Magalí Martínez Solimán. Cátedra. Madrid, 2011. 312 páginas. 15 €
¿Existe el arte todavía? Si lo hace, ¿cumple alguna función? Y, sobre todo, ¿qué es el arte y qué es un artista? Estas preguntas parecen haberse esfumado de la discusión actual, una discusión que pasa por Internet, por las grandes muestras del pasado y por festivales bastante nacionalistas aunque se den en la internacionalidad. Es cierto que hay ciertas voces que se alzan en contra de los tiburones cortados en rodajas y metidos en una solución de formol en cajas de cristal, y Vargas Llosa quizá sea el adalid de la crítica a estas prácticas, pero las preguntas anteriores transcienden cajas y tiburones, van más allá de las máscaras hechas a cadáveres de austríacos, de animales disecados en poses kitsch, y de “intervenciones” más o menos comprensibles. Y pocos han ido al centro de estos cuestiones como Herbert Read, el autor del libro que nos ocupa.

Al infierno con la cultura es un libro agitador, imprescindible para un verano de reflexión artística y vital, y para alguna conversación a la sombra de una parra. El libro apareció en el año1963 como tal, aunque los ensayos son anteriores, y ha sido ahora reeditado en una nueva traducción por la editorial Cátedra. Y sigue tan vivo como una anguila en su cetárea. Quizá asimilarlo con una lamprea (ese animal tan cunqueiriano) lo defina mejor. Su autor, Read, es un sagrado maldito. Poeta casi desconocido fuera de las fronteras británicas, comparte slate en el Westminster Abbey’s Poet’s Corner con otros quince ilustres, aunque su labor como crítico quizá sea la que mejor lo define. Entre ellos, destaca English prose style, una defensa del estilo claro y sin afectación que permanece como un clásico a pesar de los años. Y, por supuesto, Al infierno con la cultura.

¿Qué es este libro de título tan sugerente y congruente con estos tiempos? Pues una colección de ensayos breves, en los que el autor hace esgrima con conceptos básicos de la cultura occidental. Y como ex soldado, amante (intelectual) de Ruskin, Coleridge, Shelley, Fichte, los surrealistas, el psicoanálisis y los existencialistas, lo hace con mucho estilo y mayor interés. En una época en la que la crítica marxista de la cultura imperaba, Read defendió al artista como ser individual, no tanto en conflicto con su sociedad como al margen de ella, y como alguien de suma importancia para la salud de la comunidad. En palabras suyas, “el artista es el supremo egoísta y sus conciudadanos no solo desconfían de él sino que a menudo querrían destruirlo”. ¿El genio? “El genio siempre presenta esa concreción indefinida, esa particularidad apasionada, esa integridad poco sistemática. Es propio de la genialidad no comprometerse con ninguna abstracción”. ¿El arte? “Por consiguiente el arte es, en su esencia, independiente de la política y, de hecho, es independiente de la moral y de cualquier otro valor temporal. Es un hecho triste y cierto que la genialidad artística es, desde el punto de vista ético, escasamente fiable (...) A este respecto, los artistas no son ni mejores ni peores que el común de los seres humanos. Como artistas son absolutamente humanos”. Su defensa del artista va más allá de principios políticos: “El artista goza con la libertad y se siente acosado con la tiranía. Pero no hay motivo para suponer que lo que se conoce como sistema democrático de gobierno sea más favorable a la prevalencia del arte que los sistemas que llamamos aristocráticos, oligárquicos o totalitarios”.

Alguien pensará a estas alturas que Herbert Read era un anarco-elitista y no estará muy lejos de la verdad. Pero era algo más: alguien empeñado en la incorrección política cuando el término ni existía. Y para colmo, lo era con auténtica fe en el arte: creía en el proceso de creación más que en la apropiación y posesión del objeto artístico; creía, en definitiva, en el creador: “El arte es siempre un índice de vitalidad social, el dedo en movimiento que escribe el destino de una civilización. Un estadista sensato debería estar muy atento a esa escritura, porque es más importante que el descenso de las exportaciones o la caída del valor de la moneda de una nación”. Con Shelley, Read pensaba que los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo.

En estos ensayos, Read trata del arte, del artista, del genio y del talento, del proceso de creación, del mercado, del éxito, del patronazgo, de la libertad de la creación, del sentido de la calidad, de la pornografía, de la decadencia y de la paz. Si hay algún tema que no es de extrema actualidad, que el que así piense tire la primera piedra. Read se faja con acierto y originalidad de revolucionario (descendiente de hidalgos de Kirkbymoorside) para acabar siendo un santón de la belleza: “...El arte se concibe como una acción que transforma al hombre, y ni la inteligencia ni la ciencia ni la percepción religiosa razonable son un requisito previo para su beneficioso efecto”. ¡Qué decisión tan sutil describir el arte como una “acción”! ¡Qué refrescante hablar de sus beneficiosos efectos! La lectura de Al infierno con la cultura está llena de esas sutilidades. Disfrutemos con ellas. Ahora que con la crisis no podemos comprar arte, leamos al menos sobre él.


Por José Pazó Espinosa
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