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Códice calixtino: ¿robo o secuestro?

miércoles 13 de julio de 2011, 21:11h
La mayoría de las mentes funcionan, por lo menos en los niveles más básicos, de forma bastante parecida. O eso me gusta creer. El sentido común es, sin duda, el sentido que más felices nos puede hacer, aunque el mismo no suela ponerse en la cúspide de lo que más valoramos en las personas que conocemos. Y, sin embargo, nunca he conocido a nadie que, sin tenerlo, haya ido avanzando por la vida satisfecho de los logros, pocos o muchos, conseguidos. Que haya encontrado ese estado de ánimo sosegado que permite encarar los días con luz en los ojos y las noches con luz en el espíritu.

Quizás por ello me llamen tanto la atención los sucesos extraordinarios que deberían encontrarse sólo en las novelas, pero que acaecidos en la vida real, siempre superan con creces las páginas escritas por cualquier imaginativo autor. Cuando, con ocasión de “Delirios de persecución”, tuve que documentarme acerca de los robos de importantes obras de arte custodiadas en museos o galerías, descubrí un mundo que me apasionó aún más de lo que lo había hecho siempre y que era la razón por la que lo incluía como trama principal de la novela.

Estos últimos días, el robo del Códice Calixtino me ha recordado las precauciones que traté de tomar siempre a la hora de relatar el supuesto robo de un broche perteneciente a Bárbara de Braganza, para que ningún lector pensara que estaba exagerando, aunque una de las muchas ventajas que tiene lo de ponerse a construir una ficción es, precisamente, que nadie te puede exigir que seas absolutamente riguroso con la realidad.

Y esta, la realidad, sigue dando siempre mucho de sí, tanto como para permitir al escritor que siga adornando la ficción tanto como quiera. Al final, siempre le alcanzará. Al principio me costaba imaginar que alguien pudiera desear hasta el punto de la obsesión disponer “sólo para sus ojos” de una obra de arte, la cual habría de permanecer escondida incluso dentro de su casa, sin posibilidad de fardar de ella delante de los amigos; en definitiva, para su exclusivo, y bastante enfermizo, deleite personal. A muchos nos gustaría colgar en la pared de casa, por ejemplo, un Goya o un Kandinski, y puede que hasta “plantar” en el jardín, si lo tenemos, una escultura de Rodin para contemplarla extasiados durante el atardecer, pero está claro que quien puede, se limita a hacerse con una reproducción “mona”, a pagarse la entrada del museo correspondiente, o en caso de que nuestra obra preferida esté en el extranjero, a ponerse a ahorrar lo necesario para cumplir el sueño de ver el original en vivo.

Lo fascinantemente terrible es descubrir que hay mentes que no funcionan así y que, además, cuentan con los recursos necesarios para convertir su delirio en realidad. El fenómeno no es nuevo y desde siempre han existido ladrones especializados en robar exclusivas piezas de arte, valiosísimas para el conjunto de la humanidad, que son contratados por aquellos que piensan que con nadie mejor que con ellos pueden estar dichas obras, que sólo ellos las aprecian en su justa medida y que ningún museo del mundo les dará las inmejorables condiciones de luz, humedad y temperatura que reúnen las estancias que ya han preparado para que la obra en cuestión descanse de tanta insensible multitud.

Por eso, la principal hipótesis que maneja estos días la brigada policial especializada en delitos contra el patrimonio artístico es que el robo en la Catedral de Santiago de la primera guía del peregrino sea uno de los llamados robos por encargo. Se trata de una pieza de valor inestimable, y, por ello, invendible incluso en el mercado negro del arte. Así es que o bien se ha vendido ya de antemano y acaba en la caja fuerte de un banco de Suiza o en alguna inexpugnable mansión mafiosa italiana o rusa, o bien los autores piensan negociar con el propietario algo así como una especie de “rescate” por devolver la obra “secuestrada”. Normalmente, este tipo de negociación con las autoridades nunca sale a la luz y acaba por “venderse” de cara al público como una exitosa operación que ha logrado devolver la obra al museo, para alivio de todos, ocupados desde ese instante en correr a visitarla, aunque antes ni supiéramos que existía, y sin dar demasiada importancia a los escasos detalles que se filtran acerca de la operación.

Otra de las hipótesis que se ha barajado estos días acerca del códice robado es que los ladrones resuelvan el asunto vendiendo por partes, es decir, por páginas o capítulos, la obra, fundamentalmente en Estados Unidos o Japón, dos de los más importantes mercados para esta clase de transacciones. La obra, ya desmembrada, saldría de Europa a través de países como Holanda o Bélgica, dos conocidos ejes del tráfico de objetos de colección, ya que sus legislaciones no prohíben el transporte de antigüedades y, cuando los agentes de aduana no son capaces de evaluar la pieza, esta acaba pasando la frontera sin problemas. Este sería, por supuesto, el peor de los escenarios imaginables, supondría la destrucción de la obra, y, ni aún así, los ladrones tendrían la seguridad de poder venderla por completo. La Interpol actualiza constantemente una base de datos en la que se incluyen las obras de arte robadas recientemente, las obras de arte encontradas por la policía en el curso de sus investigaciones y cuyo propietario no ha sido identificado; así como los carteles de las obras de arte más buscadas.

Y, por supuesto, en este tipo de robos de guante blanco nunca faltan los demás ingredientes literarios o cinematográficos. En el de Santiago de Compostela, por ahora, sabemos que había solo tres llaves para acceder a la estancia en la que estaba el libro, y que, sorprendentemente, ninguna de las cámaras de seguridad apuntaba directamente al códice desaparecido. También que el mismo no estaba asegurado y que, en realidad, ni siquiera se ha podido establecer con exactitud el instante en el que fue sustraído. De momento, porque ahora los curiosos andamos ávidos de detalles, y, a la espera de que sea uno de esos robos o secuestros con final feliz, quienes nos dedicamos a la curiosa profesión de inventar sucesos, seguiremos adornando la realidad, conscientes, en todo caso, de que la misma siempre nos superará.
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