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Leyendo a George Orwell

Juan José Solozábal
jueves 14 de julio de 2011, 22:07h
Los diarios de Georges Orwell recién republicados por Peter Davison, con una reproducción de un conjunto de las cartas que escribió a diversos allegados, a los que se refiere en su glosa Simon Leys en la New York Review of Books de 26 de mayo, recuperan para nosotros el mejor Orwell. Su pensamiento y su propia peripecia personal, han quedado establecidos en las biografías mejores sobre este autor, comenzando quizás por la que le dedicó Bernard Crick. Este es o era un profesor de Ciencia Política, que pasó por la London School of Economics así como un notable estudioso del derecho parlamentario. Pero también estaba fascinado por George Orwell al que le dedicó un importante y reconocido libro, publicado en Penguin en 1980.

A mí siempre me llamó la atención también la contención de Orwell que se refleja en sus diarios, donde “rara vez habla de sus emociones, impresiones o sentimientos; tampoco de sus ideas, juicios y opiniones”. Sólo información sobre hechos y cosas que ocurren en el mundo exterior, ya se trate de la esfera internacional o del ámbito doméstico, pero que son tremendamente indicativas de actitud de nuestro autor ante el mundo, la vida y los demás.

La sencillez de su escritura deriva quizás de un propósito de respetar el propio pasado, la niñez. “No soy capaz ni quiero abandonar completamente el mundo que adquirí en la infancia” dice Orwell en Why I write, que encabeza sus ensayos en la edición de Penguin. Y de una lealtad completa al hombre común, al trabajador, “al hombre que hace cosas”, cuyas condiciones de vida exploró como se sabe en varios de su libros. No son los políticos, ni los intelectuales, los que entienden realmente lo que pasa sino “la gente como nosotros”, “grass and roots”, que somos los que sabemos en qué clase de mundo vivimos. Su experiencia en la guerra de España le previno frente a los partidos, de los que nada puede esperarse, aunque se sentía de izquierda, comprometido en un sentido amplio con el socialismo, que, si se le despoja de la estupidez correspondiente, dice, “significa justicia y libertad”.

Es cierto que Orwell era “transparentemente honesto e incapaz de subterfugio”. Quizás su experiencia en la administración británica le insufló no solo el odio hacia el imperialismo, sino una genuina sensibilidad frente a la injusticia de la opresión ,se tratase de la prepotencia económica o la política. “La división verdadera, aseveró, no es la que separa a conservadores y revolucionarios sino entre autoritarios y libertarios”.

Orwell como Camus es un moralista, alguien que sólo escribe desde el compromiso, en el empeño por mejorar el mundo. Pero en el teatro abstracto de la política, tras la confrontación de ideas, siempre está el hombre concreto, captado por su talento literario y su rectitud de intención. En un pasaje del Homenaje a Cataluña, recuperado en la glosa de que me ocupo, Orwell describe como, en plena línea de fuego, vio a un hombre saltar de una trinchera, medio vestido y agarrando los pantalones con ambas manos.”No le disparé por este detalle de los pantalones. Había venido aquí a balear fascistas, pero un hombre poniéndose los pantalones no es un fascista, es una pobre criatura, similar a ti y no te sientes bien disparándole”.

Conmueve la lealtad a su vocación de escritor, llevada a cabo en condiciones bien duras, dada su pobreza y falta de salud frecuentes. Su vida de escritor apenas duró 16 años y sorprende que en tal breve período de tiempo pudiese llevar a efecto una producción de la calidad y extensión de su obra. De su delicadeza da cuenta la razón por la que eligió al azar un seudónimo para la firma de sus libros, pues cuando publicó el primero en 1933 Down and out in Paris and London temió molestar a sus padres que pertenecían a la “alta clase media baja” , esto es, la alta clase media que no tiene dinero , y que podían escandalizarse con las andanzas de un vagabundo sin blanca y sin trabajo.

Es verdad que Orwell ha pasado a la historia por la fuerza de sus novelas y relatos. Pero no hay que olvidarse de su obra ensayística sobre diversos problemas literarios o políticos de su tiempo. Así es bien penetrante su estudio sobre el nacionalismo. El nacionalismo, para Orwell, es diferente del patriotismo, “que es un noble sentimiento de lealtad a un sitio y a un modo de vivir” El nacionalismo, en cambio, es una deseo insaciable, una verdadera pasión entonces, “para conseguir más poder y más prestigio para la nación en donde uno sume su propia personalidad”. Tal pasión obnubila, de modo que “el nacionalista frecuentemente deja de estar interesado por lo que ocurre en el mundo real”. Deshacerse del prejuicio nacionalista es recuperar la razón, lo que constituye entonces un objetivo moral, consecuencia de un esfuerzo desmitificador consciente y , así, liberador.

En su última estancia en el hospital, Orwell se regaló una nueva caña de pescar con los primeros réditos de 1984, que nunca pudo usar, y recuperó la correspondencia con su primer amor de juventud. En su última carta a ella, nos dice Simon Leys, concluyó que aunque sólo mantenía una vaga creencia en un tipo de cierta vida de después, tenía con todo la certidumbre de que “Nada muere nunca”. Good Fellow,(buen rapaz), este Eric Arthur Blair.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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