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Víctimas y victimarios del “conflicto” vasco

domingo 17 de julio de 2011, 20:46h
Decir que la primera víctima del odio y la violencia es la propia persona que siente ese odio o que practica esa violencia, parece casi un axioma. Quien vive por y para recrearse en la inquina y en la obsesión enfermiza por destruir a quien considera el obstáculo entre él y su supuesta felicidad, dispara contra sí mismo y paradójicamente su objetivo. Lamentablemente, estas víctimas de sí mismas y de sus circunstancias, estos seres desgraciados y patéticos suelen llevarse por delante a otras víctimas en su loca y errada carrera hacia la nada.

A parte de cuatro psicópatas que se regodean fríamente en el mero placer de provocar sufrimiento gratuito, la mayoría de los seres humanos se ven afectados por el uso de la violencia. Poca gente disfruta haciendo el mal o causando dolor en otras personas si no hay causa –verdadera o falsa- que justifique esta acción. Ni los asesinos más sanguinarios se libran de una conciencia que les recrimina la destrucción que provocan en otros seres humanos. Nuestro afán asesino no se alimenta de sangre sino de las razones que parecen limpiar y dignificar el derramamiento de esa sangre, por eso necesitamos aferrarnos a las ideas más peregrinas, a ofensas imperdonables o a utopías y sueños por los que parece que merece la pena sacrificarlo todo para no hundirnos en el vacío de una culpa que se antoja imperdonable. Siempre.

Resulta más fácil para ETA y su entorno justificar más de cuarenta años de tiros en la nuca, coches bomba, cuerpos desgarrados, bocas acalladas, miedo y terror, hablando de un “conflicto” en el que “ha habido víctimas de ambos lados”. En su tercera acepción, la RAE define víctima como la “persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita”. Desde ese punto de vista y basándonos en el axioma con el que comienza este artículo, podría aceptarse, por ejemplo, como insiste gran parte de la izquierda abertzale, que los presos de ETA y sus familiares son unas de las “víctimas” de este “contencioso”. Víctimas de sí mismos o de un entorno fanatizado, que se ven arrastrados por su odio, en última instancia, a un estado dañino y alienante como es el de la privación de libertad que supone la cárcel. La gran diferencia de estas víctimas con “las otras”, con los muertos y mutilados –física y espiritualmente- del “otro lado” es que los presos de ETA lo son porque además de víctimas asumieron el papel de victimarios. Hay una parte activa que elige, por las razones que sea, ya sea la supuesta libertad de un pueblo mítico, ya sea la venganza por supuestas afrentas del pasado o ya sea el simple odio al “otro”, victimizarse y victimar, mientras que la otra sólo puede adoptar el papel de mártir involuntario.

Aceptar la igualdad de las víctimas de “ambos lados” es como pedir perdón porque la sangre de tus muertos mancha la calle y molesta la conciencia de quienes la derramaron, convirtiéndolos en seres dolientes, y, por tanto, también víctimas. No alegrarse de la muerte causada al otro no resta responsabilidad en la misma. Lamentarse por el mal causado ni siquiera es sinónimo, ni mucho menos, de arrepentimiento.

Aceptar bromas de mal gusto como la “cadena humana” que pretenden formar desde Tolosa a Aduna –una de las actividades de la capitalidad cultural de San Sebastián en 2016- “si las condiciones meteorológicas y políticas lo permiten”, en recuerdo de las “primeras víctimas del conflicto” –el guardia civil José Antonio Pardines, que fue asesinado en 1968 por Txabi Etxebarrieta, que murió horas después en un enfrentamiento con el cuerpo armado, convirtiéndose en la ‘segunda víctima’ del conflicto- es igualar a la víctima con su victimario. Supone aceptar que los muertos y horrores que hemos vivido durante cuarenta años son, precisamente, como fenómenos meteorológicos, espontáneos e incontrolables: “las consecuencias más duras” de un “conflicto” cuyo marco convierte los asesinatos en acciones tan incómodas e inevitables como una tormenta o un chaparrón. Así pues, démonos la manos y recemos para que “las condiciones meteorológicas” nos sean favorables.
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