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I - Julio de 1936, 75 años después: nunca más

sábado 23 de julio de 2011, 15:28h
Una guerra civil no se conmemora –afirmó Felipe González en 1986, con ocasión del medio centenario del 36- se rememora para no repetirla: ”nunca más”, fue el conjuro del Presidente español, con una expresión que parecía literalmente traducida del never again, con que los ingleses del setecientos quisieron cerrar medio siglo de enfrentamientos fratricidas. Pero todo aquel espíritu positivo de bonhomie, tolerancia y generosidad parece ahora un sueño lejano porque, en la España de hoy, se respira un ambiente tenso cargado y sofocante muy diferente: un país arruinado y sin trabajo, internacionalmente marginado y sin objetivos claros, deprimido y malhumorado, hundido en una espiral, arbitraria e innecesaria, pero negativa, en todo caso, era previsible que se enredara en una “guerra de esquelas” y que demasiados escritores resucitaran una especie de querella entre polígrafos, en donde parecen reproducirse los viejos y rancios argumentos de aquel trágico enfrentamiento civil de hace 75 años.

Sin embrago, no fue un espejismo. Hace veinticinco años, se evocó la trágica efeméride en una España del todo distinta a la actual. Entonces se había completado con éxito, satisfacción y orgullo la Transición y el país, incorporado a la Unión Europea y a la Alianza Atlántica, lanzado por una senda de fuerte crecimiento económico, apertura y creciente prestigio internacionales, respiraba un ambiente positivo de seguridad, autoestima y optimismo. Y reconciliación. Esa fue la consigna del momento. Un espíritu que prolongaba el sentir con que se había abordado la Transición de 1978. Y que supone el triunfo de “un nuevo sujeto ajeno a la Guerra Civil” (S. Juliá) que vuelve la espalda a la generación fratricida (Prieto). Al fin, con aquello de nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos, comenzó el movimiento del 56. Y continuó en el congreso de Munich de 1962, en que se reunieron, para un ejercicio de concordia democrática, españoles del interior y del exilio; antiguos “rojos” escarmentados y viejos franquistas, arrepentidos de una triste victoria (Prieto).

Resulta sumamente curioso –y significativo- que el discurso histórico compuesto por los “padres transicionales” entre 1975 y 1982 coincidiera con el relato de los “perdedores” del conflicto civil, en la amargura del exilio y a cuestas con su terrible experiencia traumática. Que, en un conflicto civil, el vencido es superior al vencedor en cuanto a generosidad, ya fue una observación que adelantó Plutarco en sus Charlas de sobremesa. A efectos del argumento, importa poco que muchos de los políticos transicionales –y, por lo que se lee, no sólo los procedentes de la derecha- ignoraran los escritos de los derrotados y desterrados republicanos. Antes, al contrario. Lo hace más interesante y revelador el que pudieran haber coincidido con Prieto, sin saberlo ni leerlo, al pensar que la guerra era imputable a una generación estúpida porque tuvo por fondo la ruina de España (Prieto); y con Azaña al considerar que el sistema imperante en la retaguardia republicana no era la democracia ni la dictadura militar y eclesiástica de los rebeldes, un engendro vividero.

¿Atinaron acaso nuestros políticos transicionales en el diagnóstico de los “males de la patria”pretérita? No mucho. Pero acertaron en que la guerra fue el parto catastrófico de filosofías monolíticas excluyentes, preñadas de intransigencia, abocadas a la eliminación de la discrepancia y orientadas a liquidar al contrario alumbrando la discordia. Como alguno de sus abuelos, tras experiencias demasiado costosas (Azaña), acertaron también en el rechazo a una versión maniquea de la contienda: matemáticas aparte (Ortega), en aquel disparate sangriento, errores y crueldades, allá se iban (Azaña). Se entiende por “acierto” el hecho de que compusieron con éxito una leyenda histórica que servía a sus objetivos políticos presentes, consistentes en fabricar una democracia plural integradora, consensuada y duradera también. Una leyenda compartida por el 86% de los encuestados por el CIS en diciembre del 2000, orgullosos de la Transición, en contraste con los “desastres del pasado”, los cuales habrían culminado en una guerra civil, en que todos tuvimos la culpa de “las atrocidades que se cometieron” –una cita que, significativamente, parece calcada del Todos fuimos culpables , la conclusión con que un socialista de entonces, Juan Simeón Vidarte, tituló un libro muy madrugador. En todo caso, el éxito político (medido en términos de opinión y duración) de ese relato histórico compartido, compuesto durante –y para- la Transición, a la vista está. O estaba hasta el 2004.

En el escenario político de la Transición, en que los actores, como en los dramas de Esquilo, intentaban exorcizar la tragedia civil con la concordia democrática, no es extraño que versificaran una leyenda histórica común. Fue un relato poco caritativo con el pasado sobre el que cayó una dura condena como argamasa de un presente nuevo que se quería reconciliado y consensuado. ¿”Amnistía histórica”?, nos cuentan ahora (N. Sartorius). Para nada. Precisamente, lo contrario: condena de la historia contemporánea de España que dejó una imagen nada envidiable de crisis permanente (Felipe González). El enfoque que adoptaron los padres transicionales españoles fue, pues, crítico,“ejemplarizante” y “aleccionador”, pero no retributivo (Santiago Varela); una “pedagogía de la democracia” (C. Iglesias) que buscaba “aprender” (M. Fraga) de los “errores y desaciertos” (M. Roca) del pasado, evitando que el proceso democrático se convirtiera “en un ajuste de cuentas” (M. Álvarez Tardio).

Hoy estamos en lo contrario. Tengo la impresión de que la exigencia del reciente ajuste de cuentas con el pasado responde a una suerte de nostalgia por un fin revolucionario, brusco y retributivo de la dictadura. Sin embargo, el franquismo partía de una diferencia de origen, evolución y destino muy sustancial en relación a los casos italiano y alemán. En España no hubo marcha sobre Roma ni nombramiento del Presidente Hindenburg: se produjo una sublevación militar que precipitó un conflicto civil de enormes proporciones. Ética y justicia no deben empañar el reconocimiento Civil de la Guerra como un hecho indiscutible con todas sus consecuencias. En España hubo “dos ciudades”, enfrentadas con odios que se prolongaron mucho tiempo porque el general Franco, a diferencia de Lincoln, no fundamentó su poder en “la reconstrucción y reconciliación”, sino en valores negativos, pero, no por ello, menos estables: la victoria y el miedo a la venganza.

Se tejerá una historia oficial, para los vencedores, y acaso una antihistoria, no menos oficial, para los proscritos –predijo Azaña en 1937. Y el vaticinio parece cumplirse. Porque, tras décadas de habernos martilleado con esa “historia de vencedores”, parece haber llegado el tiempo de que los nietos rescriban “la historia oficial de los proscritos” –la historia de guerra y propaganda, se entiende, porque la que escribieron los derrotados en la amargura del exilio no aparece leída ni comprendida. Quizá, porque toda Historia es historia contemporánea, que escribían no hace tanto los estudiosos franceses de su Revolución, puede que debido a que cada generación –nos dice el Profesor Santos Juliá, refiriéndose a la presencia de la Guerra Civil en la memoria de la Transición- “tenga su propia lectura del acontecimiento histórico”.

El hecho es que, por más que repitan sentirse libres de cualquier hipoteca del pasado, la generación socialista actualmente en el poder (2004-2011) tampoco ha escapado a ese sino. Y, aunque lo suyo sea más bien la demoscopia, su cultura literaria en general escuálida y su interés por las diversas leyendas y romances de España menos que escaso, también han tejido su leyenda. Ahora la llaman “memoria” histórica: en realidad, un salto al abismo metafórico sin paracaídas lógico. Porque la “Memoria Histórica”, así, en singular, no existe más que en la letra oficial de regímenes autoritarios. La memoria es intransferible, queda adscrita a la persona (Ortega). Por eso es plural y heterogénea. Basta consultar algún trabajo de neurología.

En buena medida, la llamada “memoria histórica” consiste en una colección de relatos al servicio de un proyecto político. Y, en el caso que nos ocupa, el propósito de este ajuste de cuentas con el pasado consiste en establecer una suerte genealogía de la derecha autoritaria que conduzca, sin solución de continuidad, desde el franquismo al PP, pasando por Alianza Popular -pero con la prudencia de dejar a un lado la experiencia de UCD. La operación PP-igual-AP-igual-franquismo ha obtenido un notable éxito mediático. Y ha tenido una expresión redonda en el cri de coeur del dirigente comunista Cayo Lara, protestando que sus correligionarios de Izquierda Unida hicieran posible, con su abstención en la Cámara Extremeña, un gobierno del PP, “los herederos de la matanza de Badajoz” en 1936. La idea ha consistido en utilizar el sambenito franquista como ostrakón que contribuyera a expulsar a la oposición del PP –no ya del poder, que es la higiene del mecanismo democrático y la tarea natural del PSOE, sino- del sistema de alternancia, que es cosa de naturaleza diversa. Nada muy original: una suerte de reedición del exclusivismo de partido del ochocientos o de las mayorías “naturales” de la República -ese complejo patológico de superioridad moral que, a veces, perturba la izquierda de nuestras cabezas.

Desde este diseño político, es razonable que guste poco una Transición que se considera llena de ambigüedades y claudicaciones (J.C. Monedero), al objeto de perpetuar el franquismo (J.L. Cebrián). Con este guión de ruptura y marginación, era de esperar un regreso a la visión maniquea de la República y la Guerra (F. Espinosa). En ambas direcciones, estamos ante una historia presentista. Si los mal llamados “revisionistas” buscan justificación, los de enfrente exigen justicia. En ninguno de los dos casos aparecen los fundamentos del oficio: exponer sin proponer, comprender sin necesidad de compartir. Pero, también en ambos casos, estamos ante un tipo de historia que presenta una curiosa relación con los montajes de guerra y posguerra. De un lado, reelabora, con algunas aportaciones y variantes, el corpus de Arrarás et alii, en pos de un objetivo justificativo del Alzamiento de 1936 (E. Moradiellos). Del lado opuesto, la imagen del gobierno del Frente Popular como similar al de Ramsay Mac Donald y el conflicto como una guerra contra el invasor, descartando al bando nacionalista como un grupo reducido de oficiales africanistas, escoltados por obispos, plutócratas y terratenientes aristócratas, y asistidos por italianos y armado por alemanes, puede componer un buen poster para la propaganda republicana de guerra pero no es una descripción adecuada de la realidad.



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