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Flotillas con destino a Gaza: Los nuevos protagonistas del conflicto

jueves 28 de julio de 2011, 21:18h
En mis conferencias sobre el conflicto palestino-israelí, suelo explicar que no se trata de un conflicto meramente nacional o étnico entre dos pueblos sitiados en este minúsculo territorio histórico, tan a menudo teñido de sangre, sino de un conflicto en el que, desde sus comienzos, se vio profundamente involucrada una multitud de protagonistas internacionales con motivaciones estratégicas, políticas y económicas opuestas, es decir, de un asunto geopolítico internacional muy complejo. Probablemente, ésta sea una de las razones principales por las que el conflicto aún no se ha resuelto.

Todos los países árabes, que hoy suman ya 22, apoyaron incondicionalmente a los palestinos, les prometieron borrar del mapa el joven Estado Judío y, de este modo, persuadieron a algunos de ellos para que abandonaran el país y se convirtieran en refugiados; pero cuando Egipto ocupó Gaza y Jordania ocupó Cisjordania durante 20 años, hasta 1967, no dieron a los palestinos un estatuto de autonomía, y mucho menos la independencia. Los países árabes atacaron Israel en tres ocasiones (1948, 1967 y 1973) y eternizaron el problema de los refugiados palestinos haciéndolo durar más de sesenta años.

Todos los países musulmanes y la mayor parte de los Estados del así llamado “Movimiento de los Países No Alienados” apoyaron a los palestinos.

A la hora de defender sus intereses creados, las grandes potencias desempeñaron un papel muy importante en la región: Gran Bretaña, como potencia colonial; los EE.UU. y la Unión Soviética, con sus aliados en los dos pactos militares enemigos, apoyaron tanto a los árabes como a Israel, y, por último, India y China, que durante décadas, por razones políticas y económicas, abrazaron únicamente la causa árabe.

Por encima de todo, los regímenes radicales de la región han procurado siempre desterrar toda esperanza de paz, toda negociación coronada por el éxito, apoyando el terrorismo palestino dentro de Israel y los Territorios, o en la zona internacional: Egipto, hasta la presidencia de Sadat; Iraq, hasta la caída del régimen de Sadán; incluso las lejanas Libia y Sudán; Líbano, como plataforma; Siria e Irán, de manera intensa y, podría decirse, fructuosa hasta nuestros días.

¿Quién está intentando hoy resolver el problema palestino-israelí? ¿El así llamado Cuarteto, que en realidad es un grupo de países en discordia como Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea? (por cierto, ¿qué puntos de vista prevalecen dentro de la Unión Europea, los de Francia, Italia, Polonia o el Reino Unido?) Egipto, Arabia Saudí, China y Japón también están involucrados, cada unos con sus propias razones e intereses. ¿Tendrán éstos más éxito y estarán más unidos que los protagonistas de los años 40, 60 ó 90 del siglo XX? Francamente, me muestro escéptico.

Durante los últimos años han aparecido en escena nuevos protagonistas internacionales que se autoproclaman humanitarios o amantes de la paz. Su objetivo es ayudar a los palestinos sitiados de Gaza y Cisjordania, o contribuir a llevar la paz oponiéndose a las fuerzas reaccionarias de derechas que lideran el “Estado Sionista”. Sus actividades son cada vez más firmes, enérgicas y agresivas, y tienden a deslegitimizar la propia existencia de Israel o su derecho a resistir ante la agresión de los palestinos.

Las flotillas con rumbo a Gaza, que en realidad están organizadas entre bastidores por el movimiento Hamás, “amante de la paz” (el mismo movimiento que defiende la destrucción de Israel y se hizo con el poder en Gaza mediante un sangriento golpe militar contra la Autoridad Palestina y sus compañeros de armas de Fatah), representan desde 2008 el epítome de este nuevo fenómeno.

La flotilla del 31 de mayo de 2010, organizada por el Movimiento en Favor de una Gaza Libre, el Movimiento de la Solidaridad Internacional (coaliciones de activistas pro derechos humanos principalmente europeos y de grupos palestinos) y la Fundación Islamista Turca pro Derechos Humanos, Libertades y Ayuda Humanitaria (IHH), llevaba ayuda humanitaria y materiales de construcción con la intención de romper el bloqueo egipcio-israelí de la Franja de Gaza.

En realidad, bajo el liderazgo de los elementos radicales de la IHH, la flotilla provocó un enfrentamiento violento con la marina israelí, la muerte de nueve ciudadanos turcos, heridas a varios soldados israelíes y una crisis considerable entre Turquía e Israel.

No es mi intención analizar aquí el trasfondo real, tanto personal como ideológico, ni los intereses del Movimiento de la Solidaridad Internacional (ISM), “un movimiento liderado por palestinos comprometido a hacer frente a la ocupación israelí de la tierra palestina, utilizando métodos y principios no violentos de acción directa”; tampoco me propongo analizar cuán radicalmente islamistas o yihadistas son los líderes de la IHH turca y sus enlaces con el gobierno turco.

La cuestión que planteo es por qué estos activistas humanitarios y amantes de la paz no están en modo alguno comprometidos, por ejemplo, en apoyar a los iraníes violentamente reprimidos tras la amañadas elecciones de 2009, o a los libios y, recientemente, a los sirios, asesinados por centenares o millares a manos de sus propios regímenes. De hecho, la IHH está ayudando a los refugiados sirios, que han preferido huir a territorio turco, pero no han enviado ninguna flotilla a los puertos sirios de Tartous o Latakia.

Curiosamente, los activistas españoles de la organización Rumbo a Gaza y los irlandeses de la Irish Palestine Solidarity Campaign figuran entre los más radicales y vociferantes en su intento de deslegitimizar a Israel, boicotearlo o juzgar a sus líderes y militares.

Como si se hubiera resuelto el problema vasco y el terrorismo de ETA, o como si España no hubiera puesto vallas en la frontera africana de Ceuta y Melilla para prevenir la inmigración y el contrabando ilegales.

Como si las vallas no siguieran separando los barrios católicos y protestantes de Belfast, donde pese a los “acuerdos de paz” concertados desde 1997 siguen creciendo en número y tamaño, donde los niños de diferentes creencias no pueden cruzar ni estudiar en el otro lado, donde las sangrientas revueltas sectarias se han intensificado desde hace varias semanas y donde las actividades terroristas de los disidentes republicanos irlandeses se han incrementado exponencialmente durante los dos últimos años.

Resulta interesante analizar brevemente el fracaso de la última flotilla con destino a Gaza, en julio de 2011. El proyecto incluía 15 embarcaciones, entre botes y barcos, pero al final sólo fue interceptado por la marina israelí cerca de Gaza un pequeño yate francés.

La neutralización de esa flotilla se ha considerado como una importante victoria diplomática de Israel, pero en realidad lo que viene a demostrar una vez más es cómo funcionan los intereses de los protagonistas regionales.

Los primeros signos de cambio se produjeron cuando la IHH turca, el líder de la coalición de la flotilla y el propietario del barco más grande, Mavi Marmara, implicado en el incidente del año pasado, decidieron posponer la operación para después de las elecciones al Parlamento turco del 12 de junio, y luego fueron disuadidos por el gobierno turco del AKP, el gran ganador de las elecciones, para que abandonaran por completo la flotilla.

Luego, las decisiones del gobierno de Chipre de no permitir la utilización de sus puertos por la flotilla, y por el gobierno griego de hacer lo mismo e incluso detener físicamente con sus comandos de la marina armada algunos de los botes anclados en sus aguas, hicieron el resto.

Estos cambios son el resultado directo de las nuevas realidades estratégicas y políticas del Oriente Medio y del Mediterráneo.

Grecia y Chipre han desarrollado unas relaciones estratégicas más fuertes con Israel, que tienen como telón de fondo el continuo proceso de islamización de Turquía, el miedo a sus ambiciones otomanas y el hecho de que no avancen las negociaciones acerca del intrincado asunto del Chipre turco.

Para muchos analistas, la hipocresía del gobierno turco del AKP fue evidente: hacía como que defendía la libertad adquirida por los palestinos con respecto a la ocupación israelí, pero prefería apoyar a la más radicalmente islamista e intransigente Hamás; hacía como que desarrollaba unas relaciones no problemáticas con los países vecinos, pero favorecía al régimen represor de Assad; hacía como que respaldaba la democracia y los derechos humanos, pero era incapaz de resolver su principal problema: el asunto kurdo.

El cambio en la conducta del gobierno turco del AKP está relacionado con la inestabilidad regional provocada por las sublevaciones árabes, especialmente con la violencia del régimen sirio frente a su población suní, la calamitosa situación del régimen partidario de Assad y la posibilidad de que los kurdos de Turquía estuvieran tentados de intensificar aún más el conflicto étnico.

Además, al gobierno del AKP también le preocupa mucho que la Comisión de Investigación de las Naciones Unidas encuentre que Turquía es, en parte, responsable de los resultados sangrientos del incidente de la flotilla que tuvo lugar en mayo de 2010.

Parece, por lo tanto, que los nuevos protagonistas, las radicales ONG europeas e internacionales y el actual gobierno turco continuarán interviniendo en el conflicto palestino-israelí con arreglo a sus intereses políticos, sin tener en cuenta los intereses reales de la población local ni las perspectivas de paz.

Las ONG prometen organizar nuevas flotillas y “operaciones”, y el primer ministro turco Erdogan tiene previsto visitar Gaza, probablemente para intentar “romper” el embargo israelí.

¿Qué es lo nuevo del conflicto palestino-israelí? Más protagonistas perturbadores y ninguna perspectiva de paz.

Ely Karmon

Investigador del ICT Herzliya, Israel

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