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Staff Benda Bilili

domingo 31 de julio de 2011, 17:46h
No me quiero poner cursi, tópica ni típica. No es mi intención soltar un discurso bienintencionado, políticamente correcto y buenista sobre los múltiples ejemplos de superación que hay en la vida. Para eso ya está Aquarius) y, de paso, unos cuantos autores de libros de autoayuda. Pero no me resisto a hablar de Staff Benda Bilili, un grupo de músicos callejeros del Congo a los que tuve oportunidad de ver hace unos pocos días. La mayor parte de los componentes de la banda son parapléjicos a causa de la polio y se mueven en el escenario en unas sillas de ruedas descacharradas y adornadas con detalles de lo más curioso. La batería está compuesta de latas, tambores artesanales en el sentido más literal del término y hasta una olla. El componente más joven del grupo, un chaval de 18 años, uno de los pocos que no sufre minusvalía alguna, es el encargado de tocar el satonge, un instrumento creado por el mismo con una lata vacía de pescado, una cuerda y un arco de madera. Este instrumento imprime un sello muy característico a las canciones del grupo, sonando como una especie de guitarra eléctrica aguda y llorosa.

Esta pandilla de marginados sociales, que no tuvieron más remedio que hacer de la necesidad virtud ya que ningún músico de Kinshasa quería tocar con ellos a causa de su minusvalía, consiguieron en diez minutos lo que un B.B. King no logró en una hora y media. Poner a saltar y bailar a todo el ñoñostiarrismo que se acumulaba en la playa de la Zurriola frente al escenario verde del Heineken Jazzaldia que cada año nos transforma en sesudos expertos en la materia.

Hay condiciones vitales irreversibles que convierten cada cosa que haces en una gesta que provoca una incómoda compasión en quien te mira. Un escenario plagado de sillas de ruedas nos lleva a inevitablemente a dos estados mentales insoportables en su arrogancia. Uno de ellos sería sentir una pena incómoda por esos pobres negritos que hacen de su condición física una razón de ser, un atracción de feria que les diferencia de otros, cayendo en una especie de secuestro emocional que te obliga a sonreír como un tonto frente a todo lo que hace porque, claro, “los pobres, ya se sabe…”. La otra tentación sería directamente pasar de ellos por lo incómodo que resulta observar las miserias ajenas. Esto es menos usual por políticamente incorrecto. Se lleva más el rollo de la sonrisa excesivamente amplia acompañada de ojitos de pena.

En cualquier caso, lo difícil es tratar de verlos y disfrutarlos como lo que son: un grupo estupendo, divertido y que, como digo, consiguió que la lluviosa y fría San Sebastián que tanto disgustó a B.B. King –dicen las malas lenguas que no paró de quejarse del tiempo- pareciera por un momento una playa desenfadada de algún lugar perdido de esa gran África a la que, por otra parte, estamos acostumbrados a mirar con la misma sonrisa forzada que dedicamos a los minusválidos. Compasión estoica, pero de lejos, por favor.

Y ellos, los componentes de Staff Benda Bilili –para quien le interese hay una peli sobre ellos, Benda Bilili!, que logró el Premio del Público en el Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián-, mientras los ñoñostiarras nos olvidábamos de sus sillas de ruedas, su exotismo y su singularidad, para bailar como locos y arrinconar por un rato nuestra ranciedad intrínseca, se lo pasaban mejor que nadie en el escenario, moviéndose como podían, sustituyendo piernas por brazos, caderas por hombros y falta de medios por ingenio. Puede que la imagen de uno de los vocalistas, que se animó a saltar de la silla de ruedas para bailar encima de unas deformes piernas víctimas de la polio, como una especie de E.T. rastafari y descontrolado, tuviera su punto patético. Pero es lo que hay y, afortunadamente, el tipo decidió hace mucho pasar de las sonrisas amables y los complejos y dedicarse a disfrutar a pesar de todo. Supongo que vernos a todos los blanquitos tratando de acoplar torpemente nuestras caderas a los ritmos africanos también tenía que resultar un poco patético, pero durante una horita y media también nos dio igual. Aunque sólo sea por el estupendo rato que me hicieron pasar, se merecen este artículo y veinte más. ¡Va por ellos!
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