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¡Arrepentíos, nuestra Civilización se acaba!

jueves 04 de agosto de 2011, 01:35h
Como si se tratara de una película de catástrofe milenarista, la percepción es que el mundo económico conocido está al borde del hundimiento total. Pronto comenzarán las rogativas por las calles al grito de "¡Arrepentíos, nuestra Civilización se acaba!

La epidemia comenzada por un pequeño virus griego comenzó a sufrir mutaciones incontroladas, con su variante irlandesa, portuguesa, española, italiana, belga y quién sabe cuántas más. El virus se aprovechó de las bajas defensas de gestión en los primeros países, pero ahora ya parece disparado. Otras variantes alcanzan a los antes intocables Estados Unidos. Pero no pueden confiarse ni siquiera los chinos. Desajustes de variado pelo, ya no tan fácilmente diagnosticables como al principio, desestabilizan por doquier en Europa, América y Asia. Y si no lo hacen con el resto, es porque ahí, como en África, hay tan poco por desestabilizar como por comer.

Desequilibrios mundiales amenazados por la mala cabeza de los gobernantes (que, en su conjunto, jamás han hecho tan poco por tantos) y por un agente abstracto que trae de cabeza al sistema antes exitoso y ahora hecho un verdadero asco: los mercados.
Pues bien, en esta hora de tribulación global, conviene colocarse en una posición de análisis lógico, a sabiendas de que la primera víctima de la situación es la lógica. Y lo lógico es que la tal situación no puede ya (no en semanas, pero sí en algún tiempo) más que mejorar.

La clave está en la biología. Los virus más agresivos, como el famoso ébola, son extraordinariamente eficaces en la capacidad de finiquitar a sus infectados. El problema que tienen es que son tan rápidos en su ejecución del portador que impiden que éste les ayude a transmitir la enfermedad.
Que se sepa, los llamados mercados, es decir, los inversores supramundistas, no tienen vocación suicida. Pretenden ganar dinero, eso sí, pero para hacerlo, tiene que prosperar la idea común del Mercado. Pueden especular contra España, por poner un caso, pero otorgando fiabilidad a Francia. Pueden atacar el dólar, pero refugiándose en el yen. Pueden descontrolar el euro, pero sin que ello lleve a la consumación de la moneda que también es alemana.

Lo que no pueden, de ninguna forma, es permitir que todos y cada uno de los refugios de su actividad especulativa caigan al unísono. O, por decirlo de otra forma, por poder pueden, pero eso sería el equivalente al suicidio. Y, sin embargo, parece que estamos en ello.
Es muy cierto que si se ve la situación desde un palco, tal parece como si estuviéramos en el duelo de la ruleta rusa. Los agentes ganan cada apuesta disparándose en la sien con un revolver de seis tiros cargado con una sola bala. Su problema es que van subiendo la apuesta disparo tras disparo, y cada vez quedan menos probabilidades de que no coincida la bala con el percutor.

La lógica dicta, por tanto, que cuando los llamados mercados empiecen a temer (como creo que ya lo están haciendo) que las posibilidades de éxito se reducen drásticamente, empezarán a soltar el dogal. Porque alguien de entre ellos, quizá el más listo, puede estar preparando ya su apuesta al alza. Y el que primero lo haga ganará más.

Hasta ahora, a nadie podía extrañar que algunos países, ya fuera por su descontrol interno o por sus malas apuestas económicas (Grecia, Irlanda), ya fuera por su debilidad política o por su irrelevancia internacional (España), cayeran bajo la presa de los especuladores. Pero éstos están subiendo la puja de forma ya descaradamente vírica. Y aunque se muevan con la rapidez del rayo, apenas les da tiempo a pasar con beneficios de Wall Street a la Bolsa de Hong Kong, o a la inversa.

Si Estados Unidos ha estado a punto de la suspensión de pagos, ¿por qué optimismo antropológico pueden pensar los inversores internacionales que lo que allí no ganen lo pueden hacer en Alemania? Y si quiebran el euro ¿por qué han de pensar que el dólar, abundante en manos chinas, no va a temblar por las mismas u otras razones?

Es difícil imaginar a los gestores de los grandes fondos de inversión como los lemmings capaces de avanzar con total determinación hasta caer en el abismo. Por el contrario, habría que pensar que lo normal es que alguno de los que están en cabeza se pare. Sobre todo, porque muchos saben que el primero que lo haga puede ser el triunfador de la apuesta, o al menos el que no se descerraje un tiro en la cabeza.
Ésta es la reflexión lógica. Esta tormenta perfecta está llamada a amainar. Pues hay que considerar que la Humanidad algo aprende de la Historia. Por eso, lo que hace falta es alguna señal, como la recibida por Constantino el Grande, en pleno declive fratricida del Imperio Romano. La señal puede ser europea, puede ser global. Pero es imprescindible. Y, en lo que toca a nuestros pagos, también puede ser interna, de cambios refrescantes que den una excusa para rebajar la presión.

Y, dicho todo esto, ¿se puede estar seguro de que el global sistema económico y hasta político no puede ser irracionalmente suicida? Ésa es la única duda, que no difiere mucho a la que se planteó con la posibilidad de destrucción nuclear masiva. Pero de aquella salimos en su momento, por lo que no es descartable que salgamos de ésta.

Y añadiré que este ataque de optimismo no ha sido inducido por ninguna sustancia psicotrópica. Los que están bajo los efectos de la cocaína son los llamados mercados, o, lo que es peor, las máquinas automáticas que ya les dominan, decididas al juego de la destrucción del adversario tal vez hasta que descubran que eso significa la aniquilación propia.

Claro que, para todo ello, hace falta algo más que la paciencia. Se imponen liderazgos sólidos también en lo político. Y sociedades sólidas que los respalden. Justo lo que en este tiempo parece brillar por su ausencia.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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