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El fin de ETA: El escenario de la normalización

jueves 04 de agosto de 2011, 21:22h
Tengo que volver sobre esa extraña expresión “la desaparición de Eta” que todos repiten, aunque unos, como el Consejero de interior del gobierno vasco, Rodolfo Ares, más que otros. Repare el lector: que desaparezca la organización de asesinos, que se esfume, que deje de existir, que se disuelva en la nada… y si fuera posible sin dejar rastros ni secuelas ni marcas ni heridas ni tumbas ni deudas por endosar… ni víctimas, gentes que pasaban por ahí o que se enfrentaron con la banda o que vestían un uniforme y cumplía con su deber o que militaba en un partido “españolista” y que fueron asesinados en un marco político que ha contaminado, se quiera reconocer o no, el espacio público de la nación en general y de la comunidad vasca en particular.

Es este un hecho diferencial con otras formas sistémicas de violencia que padecen algunas sociedades, como el crimen organizado, que puede y tiene efectos y repercusiones políticos pero que no son políticos ni en su intención ni en su proyecto. La violencia terrorista es de suyo política y eso es lo que hace que el Estado no tenga ni pueda tener a su disposición alternativas políticas para enfrentarla: sólo lo puede hacer sirviéndose de la ley penal pues el Estado tiene como primera responsabilidad la de neutralizar la deformidad letal que la acción política basada en el terror introduce en el cuerpo político. Cuando además el terrorismo tiene simpatizantes o aliados (tácticos o estratégicos) en los partidos políticos que se autodenominan democráticos y que son reconocidos y tratados por los otros como tales, la integración del terror en el sistema político haciendo buena la observación de que la política es la continuación de la guerra por otros medios (Foucault) se hace evidente, aunque nadie lo reconozca de buen grado. Si acaso un político auto-satisfecho puede caer en la tentación de, en un descuido, manejarse con una zafia imagen botánica: “unos mueven el árbol para que otros recojamos las nueces”. Gran lección de realpolitik que el partido a que pertenecía el autor de la metáfora sigue dando un día sí y otro también durante todos estos años.

Volviendo a la expresión mágica, “desaparición de Eta” que convertida en una promesa o en una profecía o en un albur puede haber funcionado como palanca de voluntades de eminentes señorías deliberantes en tribunales constitucionales, parece formular en su rotundidad un deseo fantasioso ajeno al principio de realidad, principio que tan contundentemente sabe manejar Eta. ¿Acaso hay algo más real que un tiro en la nuca con munición parabellum?

Pero intentemos el análisis racional –en la medida en que sea posible. ¿Qué esconde esa especie de promesa enmascarada que proyecta la expresión “la desaparición de Eta”? Ni más ni menos —y se ha sugerido ya que no puede declararse públicamente— que un plan para acabar con Eta. La sincronía de movimientos entre la represión de las fuerzas policiales, las declaraciones “comprensivas” de los políticos más complacientes con lo que se da en llamar “entorno de Eta” y la calculada ambigüedad de algunas decisiones judiciales en relación con la duración de las condenas o con la suavización de las mismas, dan la impresión de que estamos ante una representación teatral –una especie de auto sacramental (de teología política) postmoderno—muy bien montada. Felicitaciones a los directores de escena –a buen seguro que son varios—y a los autores del libreto. (Cuando había escrito lo anterior hace unos días, no se conocía el rumor de que el gobierno negocia con Eta. Si se confirma, es inevitable pensar que la legalización de Bildu fue un acuerdo negociado, lo que, a mi juicio, confirma el peor de los escenarios).

Y esta es la cuestión. Los autores del plan son buenos ciudadanos que valoran la convivencia constitucional y que tienen víctimas entre sus compañeros de partido, amigos, vecinos y conocidos. Pero están equivocados en una cuestión esencial y es que creen que pueden “acabar” con Eta mediante una negociación. (Es más, creen que sólo mediante una negociación se puede acabar con Eta). Y eso es justamente lo que no puede hacer ni este ni ningún otro gobierno del Estado. Eta solo puede terminar de una manera; derrotada. En caso contrario el derrotado será el Estado constitucional.

Es menester reflexionar en un tercer artículo sobre el problema de la negociación entre el Estado español y unan organización terrorista.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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