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RESEÑA

José Luis Alonso de Santos: La llegada de los bárbaros

domingo 07 de agosto de 2011, 17:05h
José Luis Alonso de Santos: La llegada de los bárbaros. Edición de Francisco Gutiérrez Carbajo. Huerga & Fierro (Colec. El Teatro Puede). Madrid, 2011. 84 páginas. 10 €
Quienes hayan catalogado equivocadamente a José Luis Alonso de Santos dentro de un teatro cómico comercial, inducidos por éxitos como La estanquera de Vallecas o Bajarse al moro, tienen ahora la oportunidad de romper este estereotipo y descubrir en él una línea más sombría, más sobria, más desencantada –y más desconocida- a través de su última creación: La llegada de los bárbaros. Pieza teatral vinculada a la actual situación de crisis, pero que también nos remite a otras obras suyas, mucho más lejanas en el tiempo, de teatro del absurdo, como Del laberinto al 30.

Al igual que aquellas, esta última pieza sigue obedeciendo al mismo resorte creativo que siempre ha llevado a Alonso de Santos a la escritura o la dirección escénica, dicho en sus propias palabras: “Para mí el trabajo en el teatro es un intento de dar una respuesta poética a la angustia.” Motivos no le sobran ya que La llegada de los bárbaros está escrita a la vez que el euro se tambalea, la deuda se desboca, el país se acerca a la bancarrota y la cifra de parados desborda con creces los cuatro millones: ese es el punto de referencia al que alude esta fábula teatral, aunque sin ninguna concesión al costumbrismo y elaborada con una austeridad muy acorde con las circunstancias en las que se inscribe. La llegada de los bárbaros está construida sobre la confrontación de dos interlocutores en torno a un banco público. Esta no es una metáfora escénica insólita en el teatro contemporáneo. Ahí están Historia del zoo, de Albee, o las Variaciones del pato, de Mamet, dos dramas míticos del teatro contemporáneo que Alonso de Santos decide aprovechar y transgredir. El “banco” no está aquí para sentarse, sino precisamente para no sentarse. La polisemia de la palabra banco podría llevarnos quizá a una interpretación demasiado aventurada, pero en cualquier caso sirve para romper las primeras expectativas sugeridas por el título, ya que la “llegada de los bárbaros” evocará en muchos lectores la llegada de extraños, de inmigrantes, de hordas destructoras que irrumpen en un país, como irrumpieron los bárbaros en el Imperio romano para aniquilarlo.

Pero el Vigilante –primer personaje- no defiende una nación, ni una corporación bancaria, tampoco una cultura, unos valores o un imperio. Solo un desamparado “banco” a la intemperie, de modo que formular y defender un reglamento para no sentarse en él resulta a la vez arbitrario, violento y ridículo: bárbaro. Ya no quedan otros territorios o principios por invadir o defender épicamente sino pobres bancos solitarios, como lo hace ese Vigilante ferozmente bárbaro, impidiendo que el Hombre Gris desahuciado pueda sentarse en él. Como sentencia la obra: “Unos construyen el mundo… y otros lo destruyen”, y por el momento, a él le ha tocado en suerte el triunfo provisional de los destructores. El Hombre Gris es un humanista que se ha quedado sin trabajo, sin casa y sin esposa por ser un profesor de latín. Como diagnosticase Heidegger, ¿el Humanismo es siempre impotente para enfrentarse a la barbarie? ¿O por contrario la barbarie se desarrolla cuando se ha logrado marginar al Humanismo? Los personajes no discuten, sino que más bien emprenden una confrontación cainita con un sorpresivo final. Alonso de Santos nos advierte que los bárbaros no nos invaden ni nos conquistan desde fuera, sino que nosotros mismos podemos transfigurarnos en bárbaros cuando nuestro mundo ha sido destruido desde dentro. Así lo sintetiza el Hombre Gris: “Odio a los bárbaros. Pero no he tenido más remedio que unirme a ellos, para sobrevivir. Como los demás. Ya todos somos bárbaros.” ¿Llegaremos a esta situación? Atención al olfato de los grandes dramaturgos porque sus intuiciones rara vez son equivocadas.

Por Rafael Fuentes
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