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Obama y la decadencia de los EEUU

Lorenzo Bernaldo de Quirós
miércoles 10 de agosto de 2011, 20:46h
La decadencia económica y política de América, tras la pérdida de credibilidad como deudor y el ataque demoledor en Afganistán, no estriba, al menos por el momento, en una crisis estructural, sino en la pésima gestión y en la falta de liderazgo del presidente Obama.

La decisión de Standard and Poor´s de rebajar la calificación de la deuda norteamericana ha causado una fuerte controversia entre la Administración demócrata y S&P. En una misma semana, los EE.UU. ven cuestionada o, mejor, puesta en cuestión su credibilidad como deudor por vez primera en su historia y, al mismo tiempo, han sufrido un ataque demoledor en Afganistán. La combinación de ambos elementos es interpretada por numerosos analistas como la manifestación del inicio de la decadencia económica y política de América. Esta situación recuerda los años infaustos de la Presidencia de Jimmy Carter cuando la estanflación, la expansión soviética en África y América Latina, y la humillación soportada por USA en Irán, el asalto a su embajada por las hordas de Jomeini se consideraron la manifestación patente del declive del coloso norteamericano. Sin embargo, ayer como hoy, el problema estadounidense no estriba, al menos por el momento, en una crisis estructural, sino en la pésima gestión y en la falta de liderazgo del presidente Obama.

De entrada, la polémica entre S&P y el gobierno norteamericano no estriba en una supuesta y errónea interpretación de los datos macroeconómicos y financieros de la economía americana por parte de la agencia de rating como ha señalado el Secretario del Tesoro, Tim Geithner. Refleja un escepticismo racional sobre la capacidad del plan fiscal y presupuestario del gabinete Obama de conseguir los objetivos de déficit y de deuda establecidos en el Budget Control Act (BCA). En otras palabras, S&P no cree que la política diseñada por la Administración sea suficiente para reducir y/o estabilizar las finanzas públicas. Esta opinión no se limita a la agencia calificadora, convertida en chivo expiatorio del gabinete norteamericano, sino es compartida por una parte significativa de los economistas y analistas de dentro y de fuera de los EE.UU.

En primer lugar, la disminución del déficit proyectada por el BCA se materializará por una parte en un recorte del gasto y por otra en un aumento de los impuestos sin que queden claros los términos de esa ecuación. La Administración prevé que el incremento de los ingresos fiscales es idéntico al de la subida impositiva que se realizará sin tener en cuenta el impacto negativo sobre el crecimiento de la economía de esa alza de la fiscalidad. De igual modo, la reducción del déficit parece poco compatible con el coste de crear nuevas exenciones tributarias así como, por ejemplo, con el mantenimiento del programa sanitario del ejecutivo norteamericano. El gobierno plantea un escenario de aumento del gasto público del 2,5 por 100 durante los próximos diez años mientras S&P cifra la evolución de ese indicador en un 5 por 100.

En segundo lugar, el BCA excluye los compromisos militares en Irak y Afganistán de su proyección de gasto público. Con independencia de la anunciada retirada de EE.UU. de esos dos países, lo cierto es que los desembolsos ligados a las acciones en ambos estados no desaparecerán de manera automática. En el mejor de los casos, la disminución del gasto militar disminuirá de manera progresiva, eso sin contar con los compromisos de mantener una elevada cooperación económico-financiera. En el peor, no es descartable que América se vea forzada a revisar, al menos de modo parcial, su abandono total de Afganistán si, como parece, tiene serias posibilidades de volver a ser controlado por los talibanes. Esta última hipótesis, de fácil materialización, haría muy difícil una retirada absoluta de los EE.UU.

En tercer lugar, el BCA no es un compromiso de recorte del déficit irreversible durante la próxima década. De hecho puede ser alterado en el futuro y, en cualquier caso, las iniciativas concretas de elevación de los impuestos y/o de reducción del gasto público han de pasar por el Congreso sin que exista un consenso sobre cuál es la composición adecuada de incrementos impositivos y recortes del gasto para hacer caer el déficit público. Si a ello se une, el hecho de que la economía norteamericana tiene serias posibilidades de entrar de nuevo en una fase recesiva o de enfrentarse a un panorama de bajo crecimiento en el medio plazo, la credibilidad de la política presupuestaria de la Administración Obama es muy escasa.

La delicada coyuntura económica de los EE.UU. es una consecuencia directa de la estrategia diseñada por el gabinete Obama para combatir la crisis económico-financiera del país. Por un lado, agudizó de manera brutal la expansión del gasto público iniciada por Bush para estimular la economía con un único resultado, generar un descomunal déficit presupuestario. Por otro, el ideario de Obama, intervencionismo macro y microeconómico, debilita una de las principales ventajas competitivas de América para retornar al crecimiento, la flexibilidad. La mezcla de ambas filosofías impide tanto reducir el endeudamiento del sector público como crecer.

La debilidad económica de los EE.UU. provocada por la política presidencial debilita a su vez, valga la redundancia, su capacidad de acción en la esfera internacional. Desde esta óptica, la apuesta por el multilaterialismo de la Administración Demócrata no se hace desde la fortaleza, sino desde la precariedad. Esto resulta de una extrema gravedad en un entorno mundial como el actual, con focos de tensión reales, claramente Afganistán, o potenciales, por ejemplo Pakistán, que son verdaderos polvorines para la estabilidad global. Al mismo tiempo, la emergencia de países con una agenda político-económica de alcance planetario, léase China, convierten la pérdida de peso específico de los EE.UU. en los asuntos globales en una fuente de inestabilidad en el medio y en el largo plazo.

La prosperidad económica y la grandeza de América se basaron en la observancia de los principios legados por los Padres Fundadores, el ideario de 1776, esto es, un Estado pequeño pero fuerte con funciones limitadas a garantizar la seguridad interna y externa, el imperio de la ley, la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. Ese modelo institucional cuya capacidad de generar libertad y riqueza ha sido formidable se ha deteriorado a lo largo de los últimos años, claramente desde el final del mandato de Clinton, y su restauración es clave para que los EE.UU. no se precipiten por la senda de una evitable decadencia. América necesita un nuevo Reagan.
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