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Vivir en el presente

jueves 11 de agosto de 2011, 20:33h
Decía San Agustín: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si alguien me lo pregunta y quiero explicarlo, ya no lo sé. En efecto, nadie sabe definirlo, pero todos sabemos lo que es porque nosotros mismos somos tiempo, somos seres temporales. Dividimos el tiempo en tres sectores: pasado, presente y futuro; pero si lo pensamos detenidamente, el pasado ya no es y el futuro aún no es, y por lo tanto lo único que “es” real es el presente, el “hoy”, el “aquí y ahora”. No hay ningún día llamado mañana, hoy es siempre. El pasado sólo es memoria y el futuro expectativa, y ambas también son presente.

Pero aunque sólo existe el presente, la mayoría nos empeñamos en no vivir en él. Solemos estar unas veces mirando hacia atrás, en el pasado; y otras mirando a lo lejos, en el futuro. Vivir mirando continuamente al pasado nos lleva a la melancolía, a la añoranza, a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, y eso nos acerca a la depresión. Muchos ancianos viven así, sin nada que hacer, recordando sus tiempos, como si este tiempo, el ahora, no les perteneciera. Aunque bien es verdad, que hay ancianos jóvenes que disfrutan de todo y jóvenes ancianos que sólo vegetan. Lo que determina que una persona sea joven no es la edad, sino lo que hacen con su tiempo.

Vivir mirando continuamente al futuro es vivir con prisas, aceleradamente, y eso nos acerca a la ansiedad. La ansiedad es inquietud, nerviosismo, preocupación, zozobra. Pero la palabra que quizás mejor defina la ansiedad es “preocupación”, que descompuesta es pre-ocupación, esto es, lo que antecede a la ocupación. Ahí está la clave, la persona con ansiedad no se ocupa, se preocupa, está continuamente adelantándose a las cosas, no habita en el presente sino que vive en el futuro, en el futuro más inmediato. El estilo de vida de nuestra sociedad tiende a fomentar esta temporalidad de futuro, este vivir corriendo. Andamos fascinados con la velocidad.

Lo contrario de vivir aceleradamente, lo opuesto a ir en un coche veloz, es ir andando y disfrutando del paisaje. La velocidad tiene su atractivo, que duda cabe, se siente vértigo, se descarga adrenalina y con ella llega la excitación, el subidón. La tranquilidad sin embargo es serena, lo que se siente es paz, relajación. Y en el cerebro se descargan endorfinas, que son opiáceos endógenos, esto es, sustancias fabricadas por las neuronas, muy parecidas a la morfina y que producen un estado natural de bienestar y sosiego.

Tendemos a vivir aceleradamente, sin disfrutar del momento presente. Todo lo hacemos corriendo, como si el tiempo nos fuera mordiendo en el trasero y así de nada nos enteramos. Woody Allen, siempre genial, recurre al humor e ironiza sobre ello: “Realicé un curso acelerado de lectura rápida, he leído Guerra y Paz de principio a fin en sólo veinte minutos… habla de Rusia”.

En el presente viven los niños pequeños, incapaces aún de construir los tres sectores de la temporalidad. Ellos nada saben del pasado ni del futuro, viven en el hoy, por eso quizás sean tan felices. Cuando vivimos en el presente, estando atento a lo que hacemos, cualquier cosa cotidiana, por pequeña que sea, cobra una dimensión mayor. Beber un vaso de agua fresca, respirar, notar el calor del sol, oír el trino de los pájaros, contemplar un atardecer, oler la frescura de la mañana, son cosas maravillosas que pasan desapercibidas si no vivimos en el presente.

Por desgracia, con demasiada frecuencia comprobamos que sólo cuando perdemos la salud nos hacemos conscientes de la maravilla de lo cotidiano. Por eso, aunque parezca un exceso, convendría que hiciéramos algunas cosas como si fuera la última vez, atentos en el aquí y ahora, disfrutando de las pequeñas cosas como si fuera el último día de nuestra vida. Lo viviríamos todo con mucha más intensidad y descubriríamos eso de lo que hablaban nuestros clásicos, Carpe Diem, aprovecha el día.

Estamos en pleno periodo vacacional. Ojalá lo disfrutemos y para ello en vacaciones más que nunca, vivamos el presente.



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