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De la indignación a la regeneración

domingo 14 de agosto de 2011, 19:30h
“Notas sobre el movimiento de los que se llaman a sí mismos ‘indignados’”. Este sería el título del artículo si los diarios digitales y el supuesto perfil del lector medio lo toleraran tan largo. Pero el que me exige el medio termina por no estar mal. Tiene además la ventaja de sintetizar la opinión que quiero transmitir: de la indignación a la regeneración, a un proyecto de cambio político razonable no hay, creo un camino fácil de recorrer.

Por un lado está eso de tomarse a sí mismos por indignados. Si nos distanciamos un poco suena pretencioso, hinchado, como de hacer gestos. Tiene el concepto algo de absoluto y de punto final. Después de la indignación ya no queda nada. Habría sido mejor comenzar con declararse cansados, hartos, aburridos, cabreados, maltratados, empobrecidos, marginados… pero el estado de indignación es a la vez demasiado penoso y solemne como para sacarlo a la calle y hacer de él una consigna política. En su condición de tal tiene demasiada negatividad dentro, es poco propositivo, no parece que encierre la semilla de un comienzo.

Si, como me temo, es un guiño a los “ancianos” del 68, malo. Si se han dejado etiquetar por los medios de comunicación, dados siempre a inflar, redondear la realidad, peor. No les he oído protestar por la aplicación del apelativo. Es verdad que como tiene en su raíz el término “dignidad”, uno se siente protegido por el más alto ideal “humanista” que haya formulado la modernidad, pero también va en el lote la inflación de sentido y el desastre que a cuenta de los diversos rostros de la búsqueda del “hombre nuevo” produjo el siglo XX.

María Moliner describe su significado como “enfado violento” ante una situación injusta. Pero, ¿cuál es la situación injusta frente a la que protestan los indignados? Está claro: todo. Pero seamos serios: en el todo nos perdemos Y cuando concretamos nos encontramos con los lugares comunes: los malvados banqueros, el sistema, la corrupción, las multinacionales. ¿También las leyes constitucionales que regulan la convivencia? ¿Y las reglas de intercambio que reconocen el derecho a la propiedad privada? Es difícil saber donde ponen el límite. Tiene razón Álvaro Delgado Gal cuando en un artículo reciente critica la tentación de rechazar el sistema político en que convivimos en nombre de la “buena gente”. O la democracia constitucional que tenemos por una democracia “real” que sólo algunos de ellos y el buen dios de la política –si tal hubiere, saben en qué consiste.
El otro nombre del movimiento es “15 M”, es decir, 15 de mayo, fiesta de San Isidro labrador. Inevitable no asociarlo con romerías y verbenas. Y algo de eso hay, un tono pastoral y comunitario como de hippies en ayunas que miran de reojo hacia el pasado y aquel momento de gloria que tuvo la juventud en los campus de universitarios de California o en las adoquinadas calles de París: 1968. Pero Zapatero no es De Gaulle y es difícil tomar la calle cuando te la regalan. ¡Ah! Esas escenas inolvidables de los coches incendiados y las barricadas en los bulevares que tantas veces oyeron los adolescentes, hoy indignados en paro, a sus queridos padres progresistas.

Sé que soy injusto para con la generosidad, altitud de miras, inteligencia y esfuerzo que muchos jóvenes y otros no tanto vienen poniendo en el movimiento. Pero no está mal que nos burlemos un poquito de ese eslogan que casi es un pendón: “indignados”. Los caminos de salvación hay que recorrerlos ligeros de equipaje y la moralina pesa mucho.

El camino está por hacer. Es un hecho que el 15 M ha canalizado y hecho aflorar las dosis de insatisfacción, malestar y frustración de una parte de la ciudadanía. El dolor es real y las exigencias de cambiar un buen puñado de cosas, también. Pero me pregunto si están dispuestos a sufrir. El hedonismo blando en el que todos nos movemos —y ellos también— es mal consejero. ¿Habrán caído en la cuenta de que tienen que cambiarse a sí mismos antes de cambiar la sociedad?

Como siempre, la clave de un cambio político no es político sino moral. A eso llamaron nuestros abuelos regeneración.


José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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