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JMJ: bienvenido, Santidad

jueves 18 de agosto de 2011, 18:46h
Madrid es estos días la ciudad más joven del mundo. Ello es así gracias al millón largo de peregrinos, venidos de los cinco continentes con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Los que tenemos la suerte de estar aquí disfrutamos de un lugar feliz, contagiado por la alegría de sus jóvenes visitantes -y locales, que también los hay en cantidad-. Nunca hasta la fecha la capital había sufrido una “invasión” semejante…y de efectos tan balsámicos.

Cibeles, la Gran Vía, el Retiro y el Paseo del Prado son un hervidero de gente contenta. No les importa que Metro haya decidido hacer paros puntuales precisamente estos días -qué majos ellos-, ni que los del 15-M organicen una marcha-protesta de perroflautas. Los jóvenes que han llegado a Madrid convocados por Benedicto XVI lo han hecho con un firme propósito: mostrar que sus valores cristianos son hoy más necesarios que nunca. Su actitud es un buen ejemplo de ello. No insultan al resto de viandantes; antes al contrario, generan una ola de simpatía palpable allí por donde van. No cortan el tráfico a mala idea. No se meten con todo y con todos. Cumplen la ley, ateniéndose en todo momento a lo dispuesto por la Delegación de Gobierno.

Lejos de ser una ruina para los comerciantes del centro, suponen una inyección económica que resultará más que beneficiosa. Y, de paso, han hecho de Madrid un referente mundial a nivel informativo. El miércoles, sin ir más lejos, no cedieron a ninguna de las provocaciones de los antisistema. Golpes, empujones e insultos cayeron en saco roto, ante la “ordenada” pasividad policial -una Policía, por lo demás, bastante hastiada, pues tiene orden de proteger precisamente a los que subvierten el orden público y, claro, no les gusta un pelo-. Las comparaciones son odiosas, pero aquí pudo verse que una imagen vale más que mil palabras: por un lado, personas alegres, respetuosas y con la mochila llena de valores y ganas de construir un futuro mejor. Por otro, indignantes del calimocho que, a falta de lectura e higiene, optan por destruir y molestar. Allá ellos.

¿Para qué sirve la JMJ? Quizá para mostrar al mundo que hay un buen número de jóvenes que, lejos de la imagen ociosa y despreocupada que muchas veces se proyecta de ellos, optan por el compromiso de trabajar por un mundo mejor. Un mundo donde principios tales como el respeto y la tolerancia se impongan al fanatismo y a la protesta ociosa. Sirve también para reivindicar que, por mal que estén las cosas, la alegría y el espíritu de confraternización son dos herramientas muy poderosas para cambiar aquello que no funciona. Y sirve, porqué no, para dejar patente que esos mismos jóvenes pueden reunirse en pleno mes de agosto a compartir una experiencia de fe en lugar de vejar, ensuciar o hacer el vándalo con acampadas ilegales. Gracias, pues, a todos los que estos días le han pintado a Madrid una sonrisa preciosa. Y a quien les ha convocado aquí. Santidad, bienvenido.
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