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El legado de la JMJ

miércoles 24 de agosto de 2011, 21:34h
Hace pocos días que Benedicto XVI clausuraba la Jornada Mundial de la Juventud, aunque sus ecos aún resuenan. Y resonarán todavía durante una buena temporada. La imagen de casi dos millones de jóvenes desafiando a los elementos -no sólo meteorológicos- para vivir su fe en paz y alegría es un mensaje de esperanza sumamente alentador. Casi tanto como las palabras del Papa en la homilía de la misa dominical en Cuatro Vientos: “la Iglesia no es una mera institución humana, sino que está estrechamente unida a Dios”.

Hoy en día sale muy barato demonizar a la Iglesia. Es, además, el pasatiempo favorito de unos cuantos, cuyo resquemor nunca acabaré de entender. Ocurre que esa Iglesia tan vituperada y denostada por más de uno acaba de mostrar al mundo su verdadera dimensión, con la presencia de una ingente cantidad de personas en torno al Papa, más todos que le han seguido a través de los medios de comunicación. Muchos, en todo caso. Y de ninguno se ha podido escuchar una mala palabra o una voz más alta que otra. Fundamentalmente, porque la JMJ no iba contra nadie, sino hacia todos.

Decía Hans Küng que no es cristiano todo hombre de verdadera convicción, sincera fe y buena voluntad, pues también fuera del cristianismo hay verdadera convicción, sincera fe y buena voluntad. Para un cristiano, el elemento distintivo es Jesús, y a Jesús, como dijo Benedicto XVI, no se le sigue por libre, sino a través de la Iglesia. Antes citaba las palabras del Papa en las que afirmaba que la Iglesia no es sólo una mera institución humana, aunque también. Eso implica que no es perfecta, porque los hombres y mujeres que la componen se pueden equivocar. Con todo, los cristianos sabemos que es la obra de Dios en la Tierra, que a todos nos toca dar lo mejor de nosotros mismos para que eso se lleve a efecto.

De ahí que durante estos pasados días no se haya atacado a ningún partido político, credo o colectivo social. Se trataba de construir, no de destruir. Y hacerlo con esperanza y alegría, como ha podido apreciarse en la actitud de los jóvenes durante la JMJ. Quizá por eso haya quien les tema, y con razón. La intolerancia, el desánimo y el relativismo moral son un enemigo muy pequeño ante la fuerza del mensaje de Benedicto XVI. Pueden temer los integristas islámicos, porque lo vivido durante la JMJ ha rezumado paz y fraternidad; todos caben, y sin violencia alguna. Pueden temer también los indignantes, porque los jóvenes católicos han demostrado que se puede cambiar el mundo sin necesidad de transgredir las leyes y pelearse con la higiene y la ortografía. Y puede temer, en suma, todo aquel que pretenda una sociedad sectaria, confrontada y excluyente, porque se cristiano es precisamente lo contrario. Entraña, eso sí, una gran responsabilidad, pero también resulta gratificante. Y encima, ahora tenemos el depósito lleno. La JMJ, lejos de haber terminado, acaba de empezar. En todo el mundo.
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