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Carta abierta a Doña Esperanza Aguirre

lunes 05 de septiembre de 2011, 21:29h
Estimada Esperanza,

Permítame que comience con una exageración: ha hecho Vd. con sus declaraciones sobre el trabajo del profesorado –a pesar de su tono mesurado y respetuoso-- más para que los profesores de secundaria vayamos a la huelga que lo que serían capaces de movilizarnos todos los sindicatos unidos y coordinados.

Mi especulación se basa en sus declaraciones del jueves 1 de septiembre, que contienen a mi juicio un grave error, extraño en quien tuvo las más altas responsabilidades en educación, aunque desgraciadamente por poco tiempo. El error como ya le habrán hecho notar sus asesores es que los profesores no trabajamos 20 horas sino que nuestro contrato especifica un horario laboral de 37 horas y media. Y en esas horas no va cuantificado lo que para un profesor es muy difícil de cuantificar: las horas de preparación de clases, de corrección de trabajos, ejercicios, exámenes, profundización y actualización de conocimientos, etc.

El lenguaje popular está lleno de expresiones que invitan a no confundir lo diferente. Ya sabe, “no mezclar churras con merinas” o sumar peras con manzanas, o... como hizo Vd., confundir horas lectivas con horas laborales. Además al afirmar que esas supuestas veinte horas que sólo trabajaría el profesorado de su Comunidad (en la mayoría del resto de las comunidades trabajan aún menos) son “menos de las que trabajan el resto de los madrileños”, no advierte, al parecer, que todas las horas trabajadas tienen su peculiar condición, su específica dificultad, su diferenciado esfuerzo.

Así, a nadie se le ocurriría comparar una hora de trabajo en una plataforma petrolífera con la de un guardia civil o con la de un jornalero que recoge aceituna o con la de un jefe de sección de unos grandes almacenes o con la de un obrero de la construcción, o… Podría seguir indefinidamente pero esta enumeración basta a mi propósito. Afirmar públicamente que los profesores trabajamos menos que el resto de los ciudadanos es notablemente impreciso e injusto y, sobre todo, daña nuestra imagen, ya bastante dañada al vivir en una sociedad que se niega a enterarse de qué se trata cuando de educar y formar se trata.

Hace tiempo que la Unesco estableció que una hora lectiva –en clase con alumnos— equivale en términos de desgaste y esfuerzo a tres horas de trabajo administrativo. No sé si esta equiparación cuantitativa es válida (o justa) pero invito a hacer la experiencia de encerrase en un aula con treinta adolescentes –treinta miradas escrutadoras, treinta mentes hipercríticas, treinta personalidades inquietas— e intentar no ya enseñarles algo esencialmente no-divertido, ya sabe, cálculo, gramática, qué dijo Platón, sino mantenerlos ocupados en el aula.

Por todo ello, doña Esperanza, le ruego –y este es el motivo que justifica la osadía de dirigirle la presente— que rectifique sus declaraciones. Quien esto firma, y apuesto a que la inmensa minoría de sus colegas, le quedaríamos muy agradecidos.

Reciba un cordial saludo,

José Lasaga

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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