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Inspirado en el cuento "la bella durmiente del bosque"

El Ballet de Montecarlo, exquisito en la inauguración de la temporada del Teatro Real

miércoles 07 de septiembre de 2011, 11:22h
Desde el pasado martes y hasta el próximo día 11 de septiembre, el Ballet de Montecarlo se sube al escenario del coliseo madrileño en la que es la primera cita de la nueva temporada con la obra titulada La Bella, creada por el director artístico de la compañía, Jean-Christophe Maillot, e inspirada en el famoso cuento de Charles Perrault “La bella durmiente del bosque”.
Maillot, sin embargo, ha construido una coreografía que, sin perder esa esencia mágica que caracteriza a los cuentos de hadas, consigue profundizar en el núcleo de una trama que pasa a ser catalogada “para adultos” y que se colma de intensidad con la utilización inteligente, creativa y sumamente eficaz de los simbolismos que guarda la historia original. Acierta también Maillot en la elección de la música, porque no ha querido utilizar exclusivamente la música compuesta por Tchaikovski para “La bella durmiente” y ha buscando con éxito la “colaboración” de la que el mismo compositor hizo para Romeo y Julieta, mucho más dramática que la primera. La Bella se estrenó el 27 de diciembre de 2001 en Mónaco y, desde entonces, se ha convertido en uno de los emblemas de la compañía oficial del Principado, que preside la Princesa de Hanover. Este gran montaje narrativo ha sido, además, galardonado con el Premio Nijinsk a la mejor coreografía, así como con el que otorga la revista Danza & Danza al mejor espectáculo del momento, de acuerdo con la crítica internacional.

Anoche fue la primera de las ocasiones que tendrá el público madrileño para comprobar que la obra merece, sin ninguna duda, los citados galardones y la fama con la que lleva una década recorriendo los principales escenarios del mundo. Desde el inicio del espectáculo la sensación fue la de presenciar un ballet de corte clásico y a la vez completamente distinto, renovado y actual pero sin renunciar en absoluto a su alma. A pesar de que la escenografía, de carácter indudablemente minimalista, mostraba en los primeros momentos una pantalla en la que se podía ver a un joven leyendo el famoso cuento ilustrado de Perrault, dando una sensación de frialdad que no se comprendía, esa misma pantalla servía después para poner el punto final como sólo lo hacen las buenas obras: cerrando el círculo para que todo encaje y no quede nada fuera de lugar. Redonda. Ningún elemento está por estar. Sólo la parte de corte clown al final del primer acto desvirtúa, en cierta medida, ese acoplamiento perfecto, aunque el resultado tan exquisito del conjunto haga olvidar el superfluo exceso colorista y naif, que, en realidad, sólo busca ilustrar la distancia con el lado oscuro de la historia. El resto de la escenografía pensada por Ernest Pignon-Ernest es elegante y precisa, se ayuda de una estupenda iluminación efectista, cuyo responsable es Dominique Drillot, y de los originales figurines de Philippe Guillotel para crear una atmósfera onírica que acoge a los bailarines y les acompaña en el desarrollo de la trama, convirtiéndose junto a ellos en un personaje más.

Cuarenta bailarines desarrollan con elegante técnica y pulcritud la inteligente y dura trama, alternando eficazmente los pasajes de miel con los de hiel, destacando la magnífica actuación de Jerôme Marchand, que domina sin piedad y con un realismo que impacta el complicado mundo del Príncipe, a quien interpreta Chris Roelandt. Completa el trío protagonista La Bella, a cargo de Anja Behrend, que realiza una gran interpretación de las desgracias que ha de atravesar la deseada hija de los reyes por culpa de la maldición de Carabosse que recibió al nacer y que aquí van bastante más allá del hecho de quedarse dormida para siempre después de pincharse con el huso de una rueca al cumplir los 16. Ellos fueron los más aclamados por parte del público, junto al resto de la compañía y a la Orquesta Titular del Teatro Real dirigida por Nicolas Brochot, al finalizar la velada con un éxito que ya se palpaba desde que empezaran a escucharse los correspondientes bravos en el tercer acto, cuando el Príncipe se adentra en el bosque y rompe el hechizo de La Bella, sellando con un beso inagotable el destino de todos los personajes. Es uno de los momentos más sublimes del espectáculo, al que sigue la interpretación, con igual maestría, de la terrible explosión de maldad y furia de La Reina Madre cuando descubre a la pareja de enamorados y para separarlos, no tiene más remedio que descubrirse también a sí misma.
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