www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Las Nieves del Kilimanjaro

miércoles 07 de septiembre de 2011, 21:25h
Ernest Hemingway fue un enamorado de Africa. De hecho, uno de sus relatos sirvió para que Henry King filmase en 1952 su obra maestra, Las Nieves del Kilimanjaro. La impronta de Hemingway se deja sentir de principio a fin, a la vista de la brutal carga emotiva que rezuma toda la película. Gregory Peck es un escritor que agoniza a causa de un accidente de caza a los pies del Kilimanjaro. Mientras espera la llegada de las asistencias, delira recordando a la que fuera el gran amor de su vida -papel interpretado por el zorrón de Ava Gardner-, lamentando que esté muerta. Susan Hayward, su mujer en el celuloide, no se separa un solo momento de su lado, y es ahí donde Peck ve que hay un motivo para seguir adelante.

En Africa siempre los hay. Es un continente que, pese a las calamidades, sonríe continuamente. Ocurre que esa sonrisa hay que disfrutarla sin el prisma desenfocado de Occidente, que se empeña en presentar una imagen que no suele corresponder con la realidad. Y si lo hace, habría que analizar sus motivos -intereses comerciales de las multinacionales, materias primas sumamente golosas y un proceso descolonizador hecho por el peor de los enemigos-. Pongo el ejemplo de Tanzania, patria del Kilimanjaro, haciéndolo extensible al resto de sus vecinos.

Allí no hay crisis; más bien, lo siguiente. Y no, no es el abismo, sino otra forma de ver la vida. Para un occidental se ve peor, desde luego. En ciudades importantes como Moshi, la gente sale de noche con linterna. Apenas hay alumbrado público, y el que subsiste casi nunca está operativo a causa de los cortes de luz. Una luz de la que no todos disfrutan en sus hogares, y donde el agua corriente no es precisamente algo corriente. Tampoco las calles asfaltadas, o los hospitales y farmacias con suministros adecuados. Esto sólo en cuanto a los bienes de primera necesidad; qué decir de la marea de fruslerías de moda y cachivaches electrónicos sin los que parece imposible sobrevivir por estos pagos.

Pues se puede, vaya si se puede. En Occidente vamos siempre con la lengua fuera y, pese a todo, no tenemos tiempo. De hecho, perdemos el tiempo continuamente. En Africa hay de sobra, pero no porque no tengan mejor cosa que hacer, sino porque le dan un uso mucho más apropiado. Por ejemplo, se tratan más entre ellos. En muchos lugares, la convivencia entre cristianos y musulmanes ni se plantea; es, simplemente, algo natural ¿Raro? En absoluto, sólo que vende más la imagen de un niño soldado que la de un mercado de fruta con gente charlando amigablemente sin que interfieran cuestiones sociales o religiosas. Viven la vida con una dosis extra de amabilidad y optimismo. Como dijo mi guía de montaña, “al final de una cuesta arriba siempre hay algo que hace que haya merecido la pena subirla” -aunque, la verdad, a 5.890 metros, hace un frío del carajo-. Africa aún tiene mucho que enseñarnos. Para empezar, a sonreír más.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.