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2.977 inocentes

miércoles 14 de septiembre de 2011, 21:22h
Ese es el número de personas que perdieron la vida en los atentados del 11 de septiembre de 2001. Si por los terroristas fuera, dicha cifra sería mucho mayor; pero no ya entonces, hoy. Este pasado fin de semana, coincidiendo con los actos conmemorativos de semejante barbaridad, medio mundo se preguntaba si estamos ahora más seguros. En absoluto. Actualmente es mucho más difícil que se produzcan ataques como los del World Trade Center en Nueva York, el metro de Londres o los trenes de cercanías en Madrid, aunque no imposible. Los islamistas cuentan con medios, preparación y, lo más importante, mantienen intacta su voluntad de seguir adelante.

Se equivocan de plano quienes piensan que con la muerte de Bin Laden ha empezado el principio del fin de Al Qaeda. La organización acusará el golpe, desde luego, pero no morirá. Lamentablemente, goza de buena salud. Por curioso que parezca, Al Qaeda puede lamentar más las revueltas de la “Primavera Arabe” que la muerte de su fundador. Sí, porque los movimientos en Egipto, Túnez, Líbano y Siria han sido protagonizados por los ciudadanos de esos países y no por elementos islamistas -pese a haber intentado capitalizar las revoluciones en su propio provecho-. Si en este momento hubiese elecciones, es probable que las candidaturas radicales no obtuviesen el respaldo del electorado, y a eso es a lo que verdaderamente teme Al Qaeda: a la pérdida de apoyo popular.

La mayor parte de la comunidad musulmana reniega del terrorismo. Aborrecen, condenan y denuncian muchos atentados. Ocurre que, incluso entre los más abiertos de miras, gente viajada y con un cierto bagaje intelectual, es frecuente escuchar un “sí, pero” cada vez que algún mal nacido hace de las suyas en el nombre de Alá. “Sí, pero la política exterior de Estados Unidos…”, “sí, pero es que en Occidente no nos dejáis mantener nuestras tradiciones”, “sí, pero es que hoy existe una islamofobia patente”. Monsergas. El problema radica precisamente ahí.

Hoy nadie mata invocando la Biblia, la Torá, las vedas hindúes o lo que quiera que escribiesen Confucio o Zoroastro, cosa que no ocurre con el Corán. Si en las madrasas -escuelas coránicas- se enseñasen los verdaderos principios del Islam en lugar del odio a Occidente y sus valores, a lo mejor habría menos cantera donde reclutar terroristas. Si en el Islam hubiese un espíritu similar al de la JMJ, capaz de que dos millones largos de personas mostrasen al mundo un mensaje de paz y concordia sin referencia alguna a odios y resquemores, esa cantera sería aún mucho menor. El número podría reducirse todavía más si ciertos progres de salón dejasen de fustigar a la Iglesia y se dedicasen a denunciar apaleamientos y lapidaciones a mujeres, ahorcamiento de homosexuales y amputación de miembros a niños que han osado robar una manzana. El enemigo no es el Islam, sino el uso torticero que de él hacen unos pocos, así como el aborregamiento de la mayoría de sus fieles ante tamañas atrocidades. Hasta que no reaccionen, seguirá habiendo terrorismo.
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