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Elogio y nostalgia de Castilla La Mancha

Juan José Solozábal
jueves 15 de septiembre de 2011, 21:05h
Me ocurre cuando en un largo viaje en tren cedo al sopor del trayecto y caigo en una especie de duermevela, mientras transcurre el recorrido. Voy hacia el Sur, atravieso la Mancha, paso, al amanecer o con las primeras luces del día, por la planicie tal vez de Alcázar de San Juan o los viñedos inmensos, casi inabarcables, de Villarrobledo o la Roda. Fuera debe hacer un frío intensísimo que me hace rebullir en el cómodo asiento en que me encuentro.

Voy a medida que se levanta la mañana, repasando mentalmente la clase que dentro de un rato impartiré a los alumnos. Nos hemos instalado en las afueras de la población, en un edificio de sólo dos plantas, mientras hacen la nueva facultad. Nada más trasponer la finca hay un bello olmo, que tampoco puedo olvidar fácilmente. Ha sido discutido el que una pequeña ciudad de provincias de una región a la que sólo se iba entonces a cazar y que se atravesaba de paso, a pesar de su innegable belleza, pudiera poner tener su Universidad. Hoy pocos negarán en cambio la enorme contribución de la Universidad de Castilla La Mancha al desarrollo de la región.

La facultad de Derecho la pusimos en marcha tres o cuatro profesores en una aventura algo quijotesca. Mi maestro cuando le anuncié que había sido convocado a la tarea universitaria de que estoy hablando me advirtió del clima de la ciudad, el peor de España, dijo algo exageradamente, y de las medidas posibilidades de que el ensayo pudiese llegar a buen puerto: tienes el sesenta por ciento de probabilidades. Bueno algo se cubrió, pero no acertó. Residíamos en el Gran Hotel, que , sabíamos, había sido sede de las brigadas internacionales durante la guerra. Al comienzo de la tarde, si descansábamos algo, ya cuando era primavera nos llegaba de la calle Marqués de Molins la voz un poco destemplada de alguien que vendía el cupón de ciegos y el ruido de los pájaros que poblaban la bella alameda de la Diputación. La Diputación de Albacete linda con el Ayuntamiento de la ciudad, dos bellos edificios que con el tiempo fueron desbordados por el volumen de negocios de la ciudad en franca expansión. Creo que es esta imagen en mi retina, la de los dos viejos palacetes, que escaparon del furor destructivo de la piqueta de los años sesenta, la que me hace sublevarme cada vez que alguien , y no precisamente para mejorarlo, piensa en la reforma a cuchillo de nuestro régimen local, emprendiéndola contra ayuntamientos o diputaciones.

Siendo decano de la facultad de Derecho, pongamos que hablo de 1985, me tocó organizar un congreso sobre asuntos de mi especialidad. En aquella ocasión caí en la cuenta de lo necesario que era profundizar en nuestro federalismo interior, esto es, en la insistencia de que España también son las provincias, que bastantes de mis compañeros ignoraban, pues jamás habían “parado” en Albacete.

Voy bastante a Albacete. Por motivos académicos y por ferias. Una de las últimas veces que estuve toreó José Tomás. Recuerdo el estremecimiento que recorrió a la plaza atiborrada hasta la bandera, cuando el diestro recibió con dos escuetos pases al segundo toro. Enmudeció la plaza ante la imposición de evidencia incontestable de la elegancia y verdad del toreo auténtico. No había que entender nada, ni era preciso pertenecer a la escuela del maestro, para asumir la seducción de la belleza y el arte.

El otro recuerdo de mis años en Albacete, los más felices de mi carrera universitaria, está relacionado con una tesis doctoral que no dirigí, pero de cuyo prólogo me encargaron. Discurría sobre el socialismo durante la Segunda República en la provincia. Se trataba de una monografía bien delimitada en su objeto. Estos estudios aparentemente modestos son los que permiten avanzar la historiografía posibilitando después trabajos más amplios y significativos. La tesis la llevó a cabo una muchacha malograda, de cuyo fallecimiento un tiempo después me enteré algo tarde. Pero testimoniaba la lealtad a un ideario de una gente moderada y leal a las raíces ideológicas de un credo que comparto. Aplaudí cuando al inaugurarse el flamante edificio de la Facultad de Derecho de Albacete, por iniciativa de Luis Arroyo, se dedicó el aula magna al personaje, jurista ilustre, excelente decidor, y hombre cabal, al que tanto se aludía en el libro de la joven doctoranda, don José Prat.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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