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TRIBUNA

La década del 11-S

viernes 16 de septiembre de 2011, 08:05h
Francisco Jose Llera Ramo asegura que una década no ha sido suficiente para reflexionar en serio sobre las lecciones del 11-S y el malestar democrático es creciente.
Pasadas las décadas de optimismo desmedido desde la caída del muro de Berlín y el fin del orden bipolar instalado por la guerra fría, hemos entrado en una era de pesimismo, desorden, inseguridad y crisis global. El 11-S marca un antes y un después. Esto es así, no porque no haya habido terrorismo islamista con anterioridad, en el propio World Trade Center, o porque no se hubiese evidenciado la amenaza de los terroristas suicidas o, incluso, porque Al Qaeda u Osama bin Laden no hubiesen dado señales de vida o no existiesen estados que desafiasen la hegemonía norteamericana, como Irán, pertrechando y amparando a grupos terroristas. Lo nuevo es, en primer lugar, el gran número de víctimas y la espectacularidad y el modus operandi del atentado terrorista contra las torres gemelas en Nueva York o el Pentágono, dos símbolos del poderío económico y militar americano, en particular, pero también del mundo capitalista occidental; en segundo lugar, la constatación de que nada ni nadie es invulnerable, comenzando por la primera potencia mundial y rememorando la historia bíblica de David y Goliath; en tercer lugar, la globalización de un estado de inseguridad e incertidumbre que afecta a cualquier rincón, grupo social o cultural del planeta, creando una sicosis y un clima ciudadanos muy condicionado por el miedo; y, en cuarto lugar, el desorden global que la respuesta militar ha generado tras las guerras de Irak y Afganistán. Por si fuera poco, la actual crisis económica global o las revueltas en el mundo árabe no están exentas de conexiones con las consecuencias estratégicas de tal respuesta.

No siempre es verdad que muerto el perro se acabe la rabia. La coalición internacional liquidó a Saddam Hussein y su régimen, desalojó a los talibanes del poder y, finalmente, ejecutó a Osama bin Laden, descabezando a Al Qaeda, además de muchos otros éxitos operativos en distintas partes del mundo, pero la guerra sigue en Irak y Afganistán con un enorme coste humano, político y económico. Sin embargo, las cosas no van mejor en Pakistán o Palestina y la amenaza islamista es patente en muchos otros lugares del mundo, especialmente en los países que acaban de derrocar a los dictadores, con los que occidente tenía pingües negocios y a los que sostenía estratégicamente (Libia no es el caso más escandaloso, aunque sí paradójico). Al mismo tiempo, sobreviven amenazantes los regímenes del llamado “eje del mal” (Irán-Siria-Corea), a los que les aparecen nuevos amigos, como el chavismo, en otras latitudes y casi todos asentando su capacidad de chantaje en el control petrolífero y/o la amenaza nuclear.

Pasada la reacción emocional unitaria de los primeros momentos, países, gobiernos, partidos, opiniones pública y ciudadanos, atenazados por el miedo, la incertidumbre y el doctrinarismo de los viejos recetarios ideológicos parecen haber adoptado el patrón del sálvese quien pueda y las reticencias, las dudas, si no la división son lo que impera. Ha sido alentador ver a los presidentes Obama y Bush de la mano en los rituales memoriales de las víctimas, pero el mundo no parece capaz de recuperar el espíritu unitario inicial, con lo que todo puede acabar en un espejismo ritual. Parece que una década no ha sido suficiente para reflexionar en serio sobre las lecciones del 11-S, para cambiar de paradigmas en nuestras formas de ver la realidad circundante, para definir lo fundamental que nos debe unir, para reordenar el mundo, haciéndolo más gobernable. Por el contrario, somos más localistas (o nacionalistas) y desconfiados, estamos más desunidos, la polarización impera en todas las sociedades, los populismos han ido a más, el malestar democrático es creciente y la desafección con políticos e instituciones también es mayor. Quizás la única lección aprendida es la de que nos salvamos o nos hundimos juntos, como resultado de la interiorización creciente de la realidad global. El paso siguiente debería ser transitar del temor ante lo global, particularmente ante la amenaza terrorista, a reforzar una mentalidad positiva y de oportunidades, que potencie y legitime la necesaria gobernanza democrática global.