www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

De la transición a hoy: el déficit democrático

lunes 03 de octubre de 2011, 21:28h
Ya que tanto se habla del déficit de nuestras cuentas públicas, me gustaría llamar la atención sobre otro tipo de déficit del que se habla bastante menos, aunque no es menos dañino para nuestro sistema de convivencia. La semana pasada se celebró en la Fundación Ortega-Marañón un interesante seminario que tenía como objeto de reflexión y análisis el reciente libro de Charles Powell sobre las relaciones hispano-norteamericanas en el difícil trance de la transición española a la democracia. Se trata de El amigo americano, una obra densa que, al tomar la perspectiva exterior, arroja nueva luz sobre las bambalinas del tortuoso y delicado proceso que se vivió en nuestro país desde la muerte del dictador hasta la plena incorporación en la Europa democrática. Señalaba entre otras cosas el profesor Powell que el PSOE de 1976 escuchaba con respeto los consejos de Olof Palme, Willy Brandt y François Mitterrand, pero con quien de verdad vibraba y se entusiasmaba era con los representantes del entonces ya abortado socialismo chileno (Allende había muerto en el 73), con los delegados palestinos de la OLP y con los miembros del Frente Polisario.

Es obvio que el asunto puede despacharse como mera anécdota o, para ser exactos, como tributo inexcusable a la circunstancia histórica. Pero, concédanme que cabe otra manera de verlo y, como luego señalaré, ese otro modo encuentra algún apoyo en los acontecimientos posteriores. Cualquier estudiante de Políticas o Historia sabe que Europa –la integración europea a todos los efectos y niveles- había constituido el ideal de las elites españolas a lo largo de casi toda nuestra edad contemporánea. Sin embargo, nada menos que a la altura del último cuarto del siglo XX, los cuadros del PSOE parecían dejarse llevar más por las letras centrales de su sigla -la s de socialista y la o de obrero- que por una decidida voluntad de integración en un occidente democrático que era objeto de más recelos que ideales. Por decirlo con la mayor claridad posible, no parecía ser Europa, la Europa próspera y democrática, lo que hacía latir el corazón de los socialistas españoles sino otra cosa muy distinta: la lucha de pueblos extraeuropeos en unas condiciones objetivas muy distintas a lo que era ya entonces la España de los años setenta, la “décima potencia industrial del mundo”.

El radicalismo y la desorientación –y conste que no me refiero únicamente a la izquierda, aunque haya puesto ese ejemplo- no fueron combatidos con pedagogía política sino con imposiciones desde arriba (las cúpulas de los partidos) y amenazas desde otras instancias (el inefable “ruido de sables”). Tengo para mí que, como vulgarmente suele decirse, de aquellos polvos vienen estos lodos. El modo en que hubo de realizarse la transición española a la democracia afectó, como no podía ser menos, a todo el entramado político, empezando naturalmente por los propios partidos. No pretendo con esa aseveración buscarme un hueco entre los que ahora cuestionan de manera interesada y oportunista la transición. Por supuesto que ésta fue imperfecta e insuficiente pero, no ya un historiador, sino simplemente una persona ecuánime, tiene que reconocer que se hizo lo que se pudo, siempre en circunstancias muy difíciles. Y tampoco se hizo tan mal, al fin y al cabo. Ahora bien, reconocer el éxito de la transición no tiene que llevarnos a negar lo obvio, es decir, que hubo también muchas limitaciones y condicionantes.

Y, como sucede tantas veces en la vida individual y colectiva, lo que estaba bien o era admisible en un momento dado también podía convertirse, como de hecho ocurrió, en un lastre en tiempos ulteriores. El mayor yerro fue da por definitivo lo que había nacido con un manifiesto carácter de provisionalidad. ¿Hicieron las agrupaciones políticas su propia transición a la democracia? Por un tiempo pensamos que así era. El entusiasmo revolucionario del PSOE pareció quedar cortado en seco con aquella controlada crisis del 79 que terminó con la aceptación final de la propuesta de Felipe González de renuncia al marxismo. Luego, el acceso al poder en el 82 nos mostró la imagen de un socialismo moderno, homologable con los esquemas europeos. Su política concreta podía ser todo lo discutible que se quisiese pero nadie podía poner en duda su plena aceptación del marco constitucional. Frente a él, una derecha extraviada tuvo que vivir su particular y larga travesía del desierto hasta que aparentemente logró a su vez sacudirse el yugo del pasado y aparecer como una opción conservadora a tono con los tiempos: de Fraga a José María Aznar, por decirlo con nombres propios.

Es verdad que estaban operando desde el principio y sin que se acertara a ponerle remedio factores inquietantes, pero casi nadie quería darles mucha importancia. Las mejores cabezas iban desertando de unas formaciones que se mostraban cada vez más rígidas, anquilosadas y autoritarias. Partidos “democráticos” caracterizados por la ausencia de la más elemental democracia en sus filas internas. Más que partidos, parecían sectas adoctrinadas en la veneración acrítica de un líder. Con una voracidad insaciable, por otra parte. Como un cáncer, iban corroyendo el entramado sano de la sociedad, convirtiéndolo en tejido contaminado, a su imagen y semejanza: así fueron cayendo la justicia –el teórico tercer pilar-, la educación, la cultura, las grandes empresas, el sistema financiero, los medios de comunicación…

Sólo desde esa perspectiva y en ese contexto puede entenderse el empecinamiento de Aznar durante la crisis de Irak. Su posición política, como cualquier otra, era legítima y hasta contaba con buenos argumentos. Pero en una sociedad democrática sostener una actitud tan beligerante en asunto tan sensible tiene un precio, sobre todo si se afronta con el radical rechazo de la inmensa mayoría del país. El PP funcionó como una piña en torno a su líder. Nadie se atrevió a discrepar en público. Luego vino lo que vino. Y de pronto, con un líder desconocido, el PSOE desenterró sus viejas aspiraciones de la transición, como si los años hubieran pasado en balde. Ahora resultaba que había habido un pacto de silencio u olvido que había que enmendar en nombre de la “memoria histórica”. Después, lo demás: reestructuración del mapa territorial con nuevos estatutos, supeditación del parlamento español al parlamento catalán, negociación de tú a tú con ETA… Con la misma docilidad que aceptó el pragmatismo de Felipe González, el PSOE aceptó determinados radicalismos de Zapatero. Lo mismo que el PP aceptó el liderazgo de Rajoy porque lo impuso Aznar. La ley del silencio. En el interior de los partidos habían internalizado el principio que en su día explicitó Alfonso Guerra: el que se mueve no sale en la foto.

Y aquí estamos y así seguimos: ¿cómo ha llegado Rubalcaba al liderazgo? Algunos amigos me comentaban al hilo de la presente campaña que les resultaba sorprendente que el PSOE no hubiera sacado las enseñanzas adecuadas del fiasco Zapatero y, que lejos de ello, se empeñara en seguir cometiendo los mismos errores. Pero, si es verdad lo que he señalado en los párrafos anteriores, ¿podría ser de otra manera? Ya sé que esa estructura piramidal de los partidos no es un mal exclusivo de España. Ni todo lo demás que he señalado. Pero si no queremos conformarnos con este sistema viciado en sus propios fundamentos, algo habrá que hacer. Si no, se terminará intentando desde fuera del sistema, con más o menos “indignación”. En nuestro país hay una larga historia de enfrentamiento entre la España oficial y la España real. En el fondo, por volver al principio de nuestra reflexión, el propósito fundamental de la transición democrática fue el que acertó a expresar con nitidez Adolfo Suárez en un memorable discurso: elevar a nivel político de normal lo que a nivel de calle es normal. Algo hemos perdido en el camino.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.