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Esas grandes verdades: las redes sociales

domingo 09 de octubre de 2011, 21:38h
Nos creemos muy especiales y singulares pero en el fondo nos parecemos mucho más de lo que creemos o nos gustaría. Esto lo intuíamos, pero desde que existen Facebook y las redes sociales ya sabemos a ciencia cierta que no hay manía, complejo o miedo personal –esto ya es un decir- que no compartamos un mínimo de 100.000 personas. Gracias a Facebook sabemos que no somos los únicos que hacemos tonterías como pasar ropa de la cama a la silla y de la silla a la cama, sacamos conclusiones erróneas con el fin de torturar la conciencia, dudamos sobre si decirle o no a alguien que tiene un moco o tenemos miedo de cantar en la ducha por si viene Pit Bull y nos hace un remix o, peor aún, que se entere la SGAE.

Son las grandes verdades de la humanidad, de la occidental, al menos. Los evangelios apócrifos que no recogen las grandes obras de la literatura o del cine pero que están ahí para avergonzarnos o reconfortarnos y, en general, para reafirmarnos en nuestra mismidad. Son la versión bastarda de esas grandes frases que entresacamos de canciones, películas o libros, que coinciden en resumir nuestras sensaciones o pensamientos con tanta exactitud que escucharlas en boca de otros nos hace sentir mejor, aunque no descubran nada nuevo. Supongo que es una forma de sentirnos protagonistas de un cuento o una película en la que de vez en cuando podemos oír al narrador contar nuestra historia. Y si el narrador tiene la talla de George Harrison contando en "Something" exactamente lo que esperamos del amor o de Robert Smith gritando a los cuatro vientos que estar enamorado es como sentir que siempre es viernes, pues como que le da un poco más de caché a nuestra anodina existencia. Es como ir por la calle escuchando "Bitter Sweet Symphony", mirando al mundo a lo Richard Ashcroft. Al paseo de turno le da un plus.

En el fondo, buscarnos -y encontrarnos- en canciones, poesías, películas e incluso los grupos de Facebook nos ayuda a sentirnos menos solos. Es una forma poética –a veces- de aferrarse al reconfortante y manido mal de muchos. Por otra parte, no está mal que haya quienes sean capaces de actuar como voceros universales de nuestros sentimientos. Si el secreto del psicoanálisis reside en verbalizar lo que nos oprime para poder neutralizarlo, encontrar a quienes hacen el trabajo por nosotros, poniendo letra, imagen o sonido a nuestras grandes verdades es una buena forma de acelerar el proceso.

Personalmente, la música –de otros- siempre ha sido para mí una buena forma de encontrarme. Además, compruebo que conforme pasan los años me busco -y me encuentro- en los lugares más sencillos e incluso horteras. Yo, que me he pasado años renegando de la música en español, que me salían sarpullidos solo con oír este sintagma, últimamente me descubro arrojándome a los brazos de las letras más obvias, dejándome arrullar por su familiar cotidianidad. Aún no he caído en los pesados de Maná -una tiene sus límites- pero me reconozco que desde que descubrí que Kevin Johansen opina como yo, aunque diciéndolo más bonito, que él no va a ser quien "pase la vida sin dejar que la vida pase" a través de él, me parece que mis agobios existenciales son menos neuróticos y más amables. Y sí, reconozco, como ya confesé en su día, que incluso me he encontrado con estrellas adolescentes cantando mis penas -y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra- o que me quedo con la engañosamente naïf visión de los Babasónicos del sexo de una noche. Al fin y al cabo, como ya se ha escrito y dicho todo y como, además, todo depende del color con el que se mire, solo tenemos que elegir con qué versión de nuestras verdades quedarnos. Podemos ahogar nuestras decepciones en alcohol y fiesta a lo choni, con Rebeca como BSO privada, o darle un toque épico a la cosa con Florence and the Machine. Al fin y al cabo, lo que cuentan ambas es lo mismo y tan verdad como lo que pueden contar George Harrison y David Bisbal del amor, o los propios grupos de Facebook de nuestras miserias diarias. Sólo tenemos que elegir la voz y el marco con qué contar nuestras grandes verdades para darles la forma que más nos guste. Ahí va mi gran verdad de Perogrullo. Toda suya.
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