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crítica de ópera

Cumpleaños del Teatro Real con una vibrante Deborah Polaski en el escenario

miércoles 12 de octubre de 2011, 11:26h
Ayer 11 de octubre, el teatro de la Plaza de Oriente celebró el décimo cuarto aniversario de su reinauguración con una de las últimas representaciones de la producción de la ópera Elektra, compuesta por Richard Strauss y libreto de Hugo von Hofmannsthal, y que fue la encargada de abrir la actual temporada el pasado día 30 de septiembre.
La soprano estadounidense Deborah Polaski encabeza el segundo reparto de la trágica y electrizante obra Elektra, para deleite de un público que anoche ovacionó de forma unánime su gran actuación dando voz y vida a uno de los personajes femeninos más complejos y atormentados de la historia de la lírica. Porque así como Christine Goerke, la soprano que da vida a Elektra en el primer reparto, demostraba en su debut del papel la noche del estreno el viernes 30 de septiembre que su paso era firme y disponía de todas las armas necesarias para convertirse, como vaticinaba Gerard Mortier, en una de las mejores Elektras de los próximos 15 años, Deborah Polaski también hacía perfectamente acertadas las palabras del director artístico del Real cuando aseguraba que ella es una de las mejores Elektras de los últimos 15 años.

Deborah Polaski lo lleva a gala y nunca ha ocultado, por qué habría de hacerlo en todo caso, que el de Elektra es uno de sus personajes favoritos y que más fama le han dado en su ya dilatada carrera artística iniciada en 1988. La profundidad emocional que destila cada uno de sus movimientos, cada una de sus frases, de sus poderosas y exquisitas notas alzándose a través de la grandiosa y cambiante música de Strauss, dejan al descubierto que no se trata sólo, y ya es mucho, de interpretar un papel tan complicado y exigente como el de Elektra; Polaski va mucho más allá y la sensación que transmite al público es que a Elektra la lleva dentro y que se encarga de liberarla con maestría a medida que la música avanza cortando la respiración.



Polaski es Elektra. El personaje ha crecido con ella o quizás haya sido ella quien ha madurado con el personaje. Lo cierto es que, incluso con una dirección escénica que peca a veces de movimientos rígidos y poco naturales, Polaski se eleva por encima de cualquier corsé y emerge con fuerza sobrenatural para no limitarse a llegar a los oídos, sino apuntar directamente al alma, un alma que se retuerce por el sufrimiento, por la sed de venganza y que no es capaz de encontrar la paz ni siquiera en los brazos de Orestes, su adorado hermano, porque la alegría y la esperanza que siente por su inesperada aparición dura tan sólo unos instantes, los suficientes para darse cuenta de que ella ya no es ella, sólo quedan los despojos de quien un día fue hija de un rey. Tampoco la ejecución de la vendetta tanto tiempo anhelada colma su espíritu, que fallece apenas empieza a dar los primeros pasos de la triunfal danza de la muerte, apoteósico final.

Y la gran soprano dramática nacida en Wisconsin ha logrado de tal modo introducir ese terrible código dramático en sus genes y en su garganta, que su Elektra continúa estando entre las mejores. Junto a ella, la versátil Rosalind Plowright se encargó de dar vida a la siniestra figura de la madre, Klytämnestra, muy a la altura de su oponente en el escenario y en la vida; mientras que la soprano Ricarda Merbeth, bastante menos exquisita y poderosa que Manuela Uhl, encargada del mismo papel en el primer reparto de esta producción procedente del Teatro San Carlo de Nápoles estrenada en 2003, fue creciendo al compás del drama y hubo que esperar hasta bien avanzada la obra para percibirla “cerca” de su hermana en la escena.

Y como ya había ocurrido durante las seis funciones anteriores de la ópera de Richard Strauss, anoche la otra gran protagonista junto a Elektra fue la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, que con sus 110 músicos en un foso ampliado para la ocasión y bajo las órdenes de la enérgica y dramática batuta del magistral Semyon Bychkov, se llevaba merecidamente el aplauso intenso y agradecido de los asistentes después de haber vibrado durante casi dos horas con una música cuya interpretación es reconocidamente compleja y que precisa de un trabajo de gran calidad para transmitir eficazmente la esencia más pura de todos sus memorables matices.
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