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Turquía y el Cuerno de Oro

miércoles 12 de octubre de 2011, 18:29h
Turquía lleva tiempo queriendo formar parte de la Unión Europea. Exigiendo, de hecho. Según Erdogan, su primer ministro, hay fundadas razones para que Europa cuente con un nuevo estado. Eso sí, “a la turca”. Y eso sí que no.

Para empezar, Turquía es tan europea como Antigua y Barbuda. Bueno, quizá algo más, pero no mucho. Su capital, Ankara, al igual que el 95 por ciento de su población, está en Asia. A nivel cultural, basta recorrer el país para darse cuenta de que sus habitantes no se sienten precisamente europeos. Antes al contrario, recelan -y mucho- del Viejo Continente. Es más, el resquemor que sienten hacia todo lo europeo se percibe incluso en la cosmopolita Estambul. Los que hablan de la relación amor-odio hacia Europa obvian que hay mucho más de lo segundo que de lo primero.

Es comprensible que Turquía desee entrar en un club tan selecto como el europeo. Ocurre que, como todo buen club que se precie, tiene sus normas, y éstas han de guardarse; si no, no se entra. Como por ejemplo, respetar al resto de socios; léase Grecia y Chipre. Con los primeros está permanentemente a las puertas de una guerra; a los segundos les invadió un trozo de la isla que aún hoy mantiene un statu quo más que irregular -la llamada República Turca del Norte de Chipre-.

Independientemente de motivaciones geográficas o culturales, subyacen otras mucho más profundas y, a la sazón, insalvables. La Turquía de Atatürk tendría cabida en cualquier sitio; la de Erdogan, no. Los islamistas mal llamados “moderados” están laminando la obra del padre del estado turco. Se vuelve a usar el velo -más de la mitad de las mujeres turcas lo llevan ya-, se han autorizado de nuevo los partidos islámicos, y el llamado “orgullo turco” consiste en negar tanto el genocidio armenio -dos millones de personas masacradas en nombre del Islam y el nacionalismo; menuda mezcla-, hacer la vida imposible a los kurdos y reivindicar “tiempos más gloriosos”. A lo mejor se refieren a aquella disposición legal del último sultán otomano, Abdul Hamid, quien a principios del siglo XX dictaminó que “cualquier musulmán tenía permiso para probar su sable en el cuello de un cristiano”. Qué bien.

Lo anterior conecta con otro tema bastante poco grato para Ankara, cual es el de los derechos humanos. En general, los turcos se quejan -algo de razón tienen- de la nefasta imagen que de sus instituciones proyectó “El Expreso de Medianoche”, una de las películas más duras filmadas en clave carcelaria. De todos modos, son los propios turcos los primeros en quejarse; para ocho de cada diez, la corrupción es uno de los males que más preocupan. Y muchos de ellos opinan que la entrada en Europa podría solucionar parte de este problema. Además, aspectos tales como la seguridad jurídica, libertad de expresión, brutalidad policial y respeto a las minorías de otras confesiones son asignaturas pendientes cuya nota está por debajo de cero. Estambul es muy bonito, sí, con su Cuerno de Oro y su Mezquita Azul, pero eso no basta. ¿Turquía en Europa? ¡Y un cuerno! De Oro, por supuesto.
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