www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El Tribunal Supremo Americano como modelo

Juan José Solozábal
jueves 13 de octubre de 2011, 21:56h
Para un lector español no tiene desperdicio el diálogo que, en las páginas de la New York Review, mantiene en un número reciente el profesor de la Georgia State University Eric J. Segal con el juez y profesor Richard Posner, como se sabe reputado representante del análisis económico del Derecho y miembro durante los últimos treinta años de la Corte de apelación del Circuito Séptimo de Chicago. La conversación gira en torno al oficio de juez, a las condiciones, posibilidades y resultados de su ejercicio en la actualidad, sobre todo en los escalones más altos del mismo, en los Estados Unidos entonces, de los miembros de la Corte Suprema o de los jueces de apelación.

Sorprende la disponibilidad del magistrado para hablar de su menester con toda franqueza, que se corresponde a un principio de responsabilidad y transparencia apropiado en quien desempeña un poder como el que denota la actividad jurisdiccional en su más alto grado. La verdad es que no se corta un pelo. Opina, con tanto respeto como libertad, de colegas o de jueces de la Suprema Corte, de sus condiciones intelectuales y de sus apriorismos, metodológicos o ideológicos.Y el espectro sobre el que Posner se pronuncia, va desde figuras históricas, como Holmes o Jackson, hasta jueces recientes como Brennan, Frankfurter, Scalia, Kennedy o Sonia Sotomayor. Posner constata que los jueces más altos hoy en día, con independencia de su nombramiento político, tienden a profesionalizarse: “el poder judicial federal se está convirtiendo en un “servicio civil”, en una carrera profesional más que en un oficio en el que se entra por la puerta lateral”. En estos momentos todos los jueces del Supremo menos uno lo son de la carrera, lo que históricamente no es muy usual.

Lo que no piensa Posner es que tenga mucho sentido la contraposición entre jueces “de principio” o técnicos y jueces políticos. Cree que la aplicación de la Constitución es inseparable de un pronunciamiento sobre valores, y ello es imposible sin optar, que es precisamente la clave del juicio político. Así con toda sinceridad Posner no duda en calificar a la Corte Suprema de tribunal político.

La labor de juez no puede ser la de la mera aplicación de la ley, una tarea entonces mecánica y neutra. La verdad es que los casos constitucionales están muchas veces cargados de indeterminación y decidir sobre ellos le hace al juez crear necesariamente el derecho. Se trata de una labor complicada que no se puede llevar a cabo “a través de la argumentación tradicional, esto es, descansando en el texto, el precedente y la historia o la circunstancia social”. Si en estos casos difíciles uno va al “verdadero origen de la decisión” con lo que se encuentra es con el esfuerzo del juez por adoptar una decisión que ha de ser razonable, que otros jueces deben considerarla asimismo de tal modo y que ha de estar vertida en unos términos comprensibles por el simple ciudadano al que hay que convencer de que el fallo es en efecto plausible y lógico.

Posner compara la actividad como juristas del profesor y del magistrado. El juez pierde el candor o ingenuidad, digamos que la libertad, del teórico, que puede establecer sin límites la posible respuesta al nudo que ha de desatar. El juez no puede comportarse, en cambio, como una persona privada, pues las opiniones de los jueces son documentos públicos y no se permite que los funcionarios sean tan cándidos como las personas particulares. Los jueces tampoco pueden desprenderse de la responsabilidad por la trascendencia de sus fallos, que a veces les obliga a actuar con cautela. Así en el caso Brown versus Board of Education, que acabó con la segregación racial en la escuela, la sentencia hubo de presentarse, de cara a su aceptación, utilizando sobre todo argumentos educativos, aunque en realidad su intención era demoler el sistema de apartheid en los Estados Unidos.

El magistrado que admira Posner es el juez con sentido de la realidad y el pacto, capaz de transacción sobre lo menos importante, para construir mayorías orientadas a imponer una tendencia jurisprudencial sensata y progresiva.

Sólo un juez que contempla en términos valorativos su actuación jurisdiccional puede ser consciente de los riesgos que amenazan al Tribunal Supremo, sobre todo de naturaleza política, y que le hacen insistir en el selfrestraint. “No pienso, dice, que los jueces estén realmente para decidir las cuestiones verdaderamente políticas. Tal vez nadie lo esté, pero estas cuestiones habrían de dejarse que las decidiesen el Congreso y el Presidente, si acaso con un control muy suave de los tribunales”. Los jueces profesionales, concluye, no se encuentran preparados para responder al desafío de tal situación.

En el diálogo entre el profesor y el juez hay apartados bien agudos como el que se refiere al valor de los letrados sobre los jueces, “me parece que hay más letrados brillantes que jueces y magistrados”. Y hay apuntes interesantes sobre el reparto del trabajo en la oficina del juez. Pero la sabiduría de Posner quizás se trasluce muy bien en esta nota final sobre la evolución constitucional del sistema americano y el papel del Tribunal Supremo en el mismo. Si comparamos el derecho constitucional de hoy con la Constitución de 1787, transcurridos entonces 224 años, ha habido un cambio total, aunque no abrupto. “El Senado partió al comienzo con 26 miembros que eran elegidos indirectamente y se convertían en los integrantes de la élite social y política del país. Se trataba de un cuerpo genuinamente deliberativo”. De algún modo podría decirse que la Corte Suprema hoy está ocupando el lugar que los fundadores esperaban que fuese el Senado.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios