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RESEÑA

Eduardo Laporte: Luz de noviembre, por la tarde

Eduardo Laporte: Luz de noviembre, por la tarde. Demipage. Madrid, 2011.
183 páginas. 15 €
Un cuaderno Clairefontaine con las tapas marrones como el cartón, plagadas de arrugas cual sofá de cuero, constituye el soporte para que Eduardo Laporte –periodista cultural, provisto de esa sensibilidad especial que hace que leerle sea una delicia, a pesar de lo amargo de lo narrado– vierta sus más íntimos recuerdos, en una suerte de fragmentario recorrido por el último año de vida de su padre. El escritor y periodista navarro desgrana en su novela los sentimientos que acompañan a aquél que sabe que un ser querido está dando sus últimos pasos por la vida antes de que el cáncer, esa enfermedad que cada vez está en boca de más gente, convierta su presencia en recuerdo.

Las páginas inicialmente en blanco del cuaderno de Laporte se llenan poco a poco de escenas, de imágenes que, a ritmo casi cinematográfico, nos sumergen de lleno en el universo personal y familiar del autor. Como el propio Laporte reconoce al comienzo de la novela, el ejercicio de memoria y escritura le resulta casi terapéutico, y supone mucho más que la acción de compartir sensaciones y sentimientos en buena medida universales e inspirados por la enfermedad y la cercana presencia de la muerte. El autor busca traducirse a sí mismo –“quizá estas páginas no sean más que una búsqueda de encuentros, una persecución de claves, de explicaciones, de palabras que nunca se dijeron y ya no se dirán”, aclara Laporte–, consciente de que su labor, dolorosa en ocasiones, contribuye también al autoconocimiento del lector, capaz de reconocerse en muchos de los comportamientos, deseos y actitudes del autor hacia la enfermedad y la muerte.

La novela de Laporte discurre de forma fragmentaria pero pacífica, sin grandes sobresaltos ni momentos de extrema tensión, tal como en general pasaron los días de aquel último año que compartió con su padre. Determinadas escenas quedan inevitablemente marcadas con mayor intensidad en el catálogo de recuerdos del autor, porque representaron hitos en la evolución de la enfermedad, como la necesaria llegada de la silla de ruedas o la primera riña del hijo al padre después de que éste se “escapase” a la calle, para recordar la vida anterior a la llegada de la tan temida palabra “metástasis”.

El arte tiene un papel fundamental en esta novela, que resulta un punto sinestésica pues canciones, fotogramas de cine y escenas propias de ser plasmadas sobre un lienzo se mezclan y combinan en muchas de las imágenes que Laporte rememora. Incluso la luz se corresponde, en romántica asociación, con el ánimo del escritor. La tenue luz de una tarde de noviembre iluminó las últimas horas de vida del señor Philippe Laporte, “diseñador francés afincado en Navarra”. Y el brillante y fresco sol de un mediodía de octubre acompañó, cinco años después, el inicio de la plasmación por escrito –sobre vetusto cuaderno marrón de pastas arrugadas y hojas blanco nuclear– de los recuerdos de ese periodo de encuentros y pérdidas que supuso el año 2000 para Eduardo Laporte.


Por Lorena Valera Villalba
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