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El 20-N y el fantasma del populismo

miércoles 19 de octubre de 2011, 21:38h
Uno de los grandes mitos de la sociología es que el español “vota con el bolsillo”. Es una verdad muy matizable, por decirlo amablemente. Algunos ejemplos: el PSOE de Felipe González ganó en 1993 con una situación económica insostenible y perdió tres años más tarde cuando los números, mal que bien, empezaban a cuadrar. Asimismo, no había ningún factor económico en marzo de 2004 que no influyera en la primavera de 2000 y la mayoría absoluta del PP se convirtió en una sonada derrota.

Si no piensa en el bolsillo, ¿en qué piensa el votante español? ¿En la ideología? Eso va camino de convertirse en otro mito vacío. La desconfianza creciente en los políticos, un síndrome extendido a lo largo de la historia de nuestro país pero que ha vuelto a repuntar con la incapacidad manifiesta del gobierno y la oposición de explicar la crisis económica de una manera medianamente sensata, descubriendo todas sus miserias, lleva camino a su vez de provocar una desconfianza total hacia las recetas preconcebidas.

El votante lo que quiere son soluciones concretas a problemas concretos y, a ser posible, que le cuesten poco y lleguen cuanto antes.
La situación es, pues, un peligroso caldo de cultivo para el populismo. Cualquiera que se presente “al margen de los partidos tradicionales” y prometa algo con un mínimo de convicción está llamado a conseguir un buen puñado de votos de castigo. En las últimas elecciones municipales ya vimos algo parecido a esto, lo que pasa es que apenas se mencionó: todo el análisis periodístico se centró en si el mapa era rojo o azul, sin más matices.

Es cierto que el votante de centro-izquierda abandonó al PSOE de manera masiva, pero también es cierto que ese votante no se pasó al centro-derecha, como venía haciendo en los últimos 15 años. Los socialistas perdieron 10 puntos, pero el PP apenas subió un 2%, una cantidad ridícula teniendo en cuenta el descalabro de su máximo adversario político.

Un mapa azul no oculta que, donde el votante de centro-derecha pudo no votar al PP, no lo votó. En Asturias, votó a Cascos; en Navarra, votó a UPN y en Madrid votó masivamente a UPyD, en una asociación de ideas algo sorprendente si miramos el programa del partido de Rosa Díez. En las tres comunidades, el PP perdió muchísimos votos: en dos rozó el descalabro y en la otra, la ventaja adquirida le permitió afrontar la caída como un tropezón sin importancia.

En el ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, el PSOE cayó un 6%... pero el PP perdió otro 5%, un dato que, para variar, ha pasado casi inadvertido.

Si no van a votar con el bolsillo ni con el carnet del partido, ¿con qué demonios van a votar los españoles el 20-N? No tenemos ni idea y eso no es necesariamente bueno. La endogamia y la mediocridad de PP y PSOE, su empeño por tratar a la ciudadanía –a sus votantes- como si fuera una chusma manipulable, no oculta los riesgos de las terceras opciones, sobre todo cuando esas terceras opciones se llaman Bildu en el País Vasco o Anglada en Cataluña.

Creemos tenerlo todo controlado hasta que nos damos cuenta de que no controlamos nada. Hay algo excitante y a la vez peligroso en las elecciones, como hay algo excitante y peligroso en los titulares de cada día. Años y años haciendo mal los cálculos y ahora a pedir que los ciudadanos lo arreglen todo a última hora. Sinceramente, no sé si eso será posible.

Guillermo Ortiz

Escritor, analista y profesor

GUILLERMO ORTIZ es licenciado en filosofía. Ha colaborado con revistas digitales como El Semanal Digital, Factual o JotDown Magazine así como en medios culturales como Neo2 o Cuadernos Hispanoamericanos.

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