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POLÍTICA Y HUMOR

Fuga, de Jordi Galcerán: El talento de hacer reír

sábado 22 de octubre de 2011, 02:27h
Fuga, de Jordi Galcerán
Directora de escena: Tamzin Townsend
Escenografía: Ricardo Sánchez
Intérpretes: Amparo Larrañaga, José Luis Gil, Kira Miró, Mauro Muñiz de Urquiza y Francesc Albiol
Lugar de representación: Teatro Alcázar. Madrid


Por RAFAEL FUENTES
Jordi Galcerán copa estos meses los primeros puestos de la comedia española. No solo reanuda el éxito de su Fuga, a la vez que mantiene en la cartelera madrileña su divertidísima y aplaudida Burundanga, sino que estrena en los escenarios parisinos una versión francesa de la comedia que le hizo célebre: El método Grönholm, después de que haya sido aclamada en más de cincuenta países. No es de extrañar estas proporciones de su éxito en un autor nada endogámico ni críptico que desde el inicio de su carrera profesional hace dos décadas declaraba que su propósito era gustar al público y que no entendía a los autores que no se proponían conectar claramente con el auditorio. Estos principios tenían algo de osado y temerario al comienzo de su trayectoria, cuando existía una gran prevención contra la comedia y la ortodoxia del teatro en España radicaba en el experimentalismo, a veces gratuito, y siempre escrito para iniciados. Hacer reír con una historia clara sonaba a herejía y traición a la esencia teatral, prejuicios a los que se enfrentó sin complejos Galcerán hasta hacer valer su visión del teatro.

La comedia Fuga atestigua que sus valores y principios teatrales estaban claramente delimitados desde el principio. Fuga es la versión castellana del original Fuita, una de sus primeras obras, escrita en catalán en 1994 y estrenada en el Teatro Principal de Barcelona en 1998, cuando Galcerán acababa de iniciar su obra y aún no había alcanzado la fama. Desde entonces a hoy la comedia no ha perdido ni su frescura ni su actualidad. El dramaturgo catalán gusta de echar sus redes sobre un tema de actualidad para convertirlo en el asunto central de sus comedias. Burundanga, por ejemplo, se ocupa de la disolución de la banda terrorista ETA. La versión original de Fuita en 1994 trataba sobre un conceller de la Generalitat catalana que planeaba suicidarse después de un escándalo de corrupción política en el que un constructor le había regalado una masía. Ahora, en Fuga, es el ministro de Industria del Gobierno de la nación el que está envuelto en un escándalo de corrupción y al que le han regalado un chalet. En fin, hay que reconocer que Galcerán tiene extraordinarias dotes para elegir cuestiones de candente actualidad que lo siguen siendo durante lustros y lustros, y amenazan seguir en boga décadas o siglos. Con que hayan leído la prensa de hoy ya habrán visto esa perenne actualidad que Galcerán sabe detectar con pasmosa precisión.

¿Por qué sus obras aciertan a activar el resorte de la risa con tanta exactitud? Fuga es una comedia que nos ofrece una cartografía bastante completa de esos recursos cómicos que Jordi Galcerán ya manejaba con tanta destreza hace más de una década. Ante todo atrapa a su público con asuntos y personajes que están en boca de la opinión pública y son materia de conversación social. En Fuga es un ministro corrupto, su amante oculta, la prostitución de lujo, los malos tratos, el periodismo de investigación, los ancianos dependientes. Galcerán dosifica la información de modo magistral, de tal forma que el espectador va descubriendo a cada paso que nada es lo que parece a primera vista. Siempre hay un personaje ingenuo o rematadamente bobo que no es capaz de atar cabos ni de enterarse de lo que ocurre a su alrededor. Galcerán da esa ventaja al público que sí sabe la estafa que se está trenzando en torno a un ministro, don Isidre Galí, que actúa como un panoli del cual todos podemos reírnos por su inopia y del cual, además, todos queremos reírnos porque es nuestra venganza contra todos los poderosos y corruptos que en la vida real se quedan fuera de nuestro alcance.

Esta ventaja informativa que nos hace sentirnos más inteligentes y mofarnos de la bobería del poderoso está resaltada con permanentes ironías y sarcasmos. El paralítico se enfrenta al público con su silla de ruedas y con sus gestos, a espaldas del ridículo poderoso, nos anima a carcajearnos del mentecato. Hasta la escenografía subraya el sarcasmo, pues el chalet del corrupto tiene ventanas diminutas para ahorrar y como contrapunto, una descomunal lámpara, realmente desproporcionada frente al resto del mobiliario, que en el salón del ministro de Industria y Energía arroja una potentísima luz inservible para que su propietario vea las burdas trampas que le tienden. Dimitido, cobarde, cornudo, tonto, corrupto y estafador, es también incapaz de percibir la estafa en la que va cayendo, componiendo la figura del timador timado, evocadora, a su vez, del clásico “alguacil alguacilado” que siempre sirvió para castigar con los latigazos de la carcajada a los poderosos que abusaron de su poder.

Galcerán lleva al extremo las coincidencias, los giros inesperados, las sorpresas alambicadas que imprimen un ritmo aceleradísimo a la acción, con peripecias tras peripecias donde la hilaridad del público se conjuga con la expectación de la nueva vuelta de tuerca que cobrará la trama unos segundos después. Siempre en el filo de lo descaradamente inverosímil, necesita que la risa y la atención extrema del público no le deje pensar sobre la verosimilitud o no de la trama sino que simplemente enlace una carcajada con otra. La credibilidad se afianza con la creación de caracteres contundentes. José Luis Gil compone un rotundo tacaño ingenuo, tan poderoso como bobo, verdadera diana de la risa apuntalada con eficacia por Francesc Albiol, Mauro Muñiz de Urquiza y Kira Miró. Pero el verdadero motor de la comedia lo encarna una magistral Amparo Larrañaga que interpreta a una vendedora, que debe interpretar a una amante, que debe interpretar a una estafadora… a un ritmo física y verbalmente prodigioso. Ese ritmo imprescindible para que una comedia desencadene todo su potencial cómico y que la directora de escena, Tamzin Townsend, orquesta junto a los demás personajes con la impecable precisión de un mecanismo de relojería.

La risa que Galcerán provoca en nosotros se asienta en su reverso, en lo siniestro. En la obra hay impulsos criminales, deseos de suicidios, encargos de asesinatos, disparos, violencia, engaño y crueldad. Su comicidad requiere evocar oscuramente en nuestra mente esos miedos, para inmediatamente hacernos triunfar psicológicamente sobre ellos, lo que permite una explosión de placer, satisfacción y risa de triunfo sobre lo siniestro. Por eso no es un contrasentido que Jordi Galcerán esté convencido de que “es difícil hacer comedia sin un poco de sangre.” Sin duda está en lo cierto y su efecto infalible sobre los espectadores lo certifica. Porque prosiguiendo con la cita de sus propias palabras: “los temas más duros, los temas dramáticos siempre son los mejores para hacer comedia. También pienso que el grito y la risa están muy cercanos. Por eso en las películas de terror hay medio cine que se ríe y medio cine que grita. Son sentimientos muy viscerales.”

Estas reacciones viscerales son reelaboradas por Galcerán con un formidable dominio del oficio teatral. La partitura que compone Amparo Larrañaga como Carmen es un contrapunto a la de José Luis Gil como Isidre, que va ejecutando distintas variaciones conforme Larrañaga debe asumir distintos roles, de modo que la acción dramática se estructura como una auténtica “fuga musical”, en un alarde de destreza del autor. No es tampoco casualidad que Amparo Larrañaga se presente por primera vez en casa del ministro como vendedora de piezas para evitar “fugas” de gas, un verdadero timo porque la fuga seguirá produciéndose, del mismo modo que el ministro no podrá “fugarse” con consecuencias tan explosivas como desternillantes. El propio teatro parece una “fuga”eterna, donde la comedia realiza una huida hacia delante frente a los crudos problemas de la existencia.

Galcerán recurre a todos estos resortes para que el espectador se fugue transitoriamente del peso de la vida. Bueno, a todos estos resortes hay que añadirle uno más, auténticamente enigmático: el talento cómico de Jordi Galcerán, que parece inagotable.
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