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¿Debería escuchar el PP al 15-M?

lunes 31 de octubre de 2011, 21:29h
La última vez que el PP decidió tachar de "política" e "izquierdista" cualquier protesta que le tocara aunque fuera de refilón, consiguió pasar de la mayoría absoluta a la oposición, algo que hasta el momento solo había logrado el cadáver de la UCD que se presentó -por decir algo- a las elecciones de 1982.

Esto debería servir de lección pero no parece que esa sea la actitud predominante en el partido que, probablemente, pasará a gobernar el país a partir del 21 de noviembre de 2011. Aquí habría que distinguir varias cosas; de entrada, negar que las convocatorias del 15-M vienen siendo un éxito de concurrencia es absurdo: hay una serie de problemas objetivos que no son solo económicos sino políticos -manejo de la crisis, distanciamiento partidista, conciencia de un deficiente sistema de representación empezando por la ley electoral, numerosos escándalos y corruptelas más o menos consentidas…- y que afectan a todo tipo de ciudadanos.

Problemas difusos, de acuerdo, pero demasiado evidentes.

Otra cosa es creer que, según la cantidad de gente que uno pueda convocar a una manifestación, sus soluciones son más o menos correctas. Ni siquiera está claro cuáles son las soluciones del 15-M. Lo malo de estas manifestaciones masificadas es que cada uno sale con su bandera y su indignación y si tiene que pedir menos alimentos transgénicos los pide y si le da por proclamar que el único problema de Libia en estos 35 últimos años es que el capitalismo está masacrando al pueblo con sus bombas, adelante. El derecho a manifestación es lo que tiene, que la gente a menudo manifiesta cosas absurdas.

Pero es su derecho.

Y no desaparecen nada más ejercerlo.

Pensar que las propuestas y soluciones de lo que se ha dado en llamar "Movimiento 15-M" o, por seguir a la prensa, "los indignados", son absurdas y ridículas me parece una opción muy respetable. Pero eso no hace que los problemas desaparezcan. Me explico: no se puede tratar a la ciudadanía como un servicio de atención al cliente y pedirle que "describa exactamente cuál es la causa de su malestar, qué solución propone al respecto y ya estudiaremos su propuesta". Eso es imposible.

La gente protesta y muchas veces no sabe ni contra qué protesta ni es del todo consciente de qué soluciones son viables y qué soluciones son ridículas. En eso consiste tener problemas: en no conocer las soluciones. No digo que el Gobierno tenga que atender cada reclamación, pero no debería enmendar la totalidad de antemano. Es un riesgo no solo cívico sino de rentabilidad electoral: cuando no escuchas, la gente deja de votarte. Insisto, esto deberían saberlo. "Escuchar" no quiere decir "obedecer", hay mil términos medios. Ningunear el malestar e ilustrarlo como una guerra contra la democracia es no entender nada.

Con los referentes de Atenas y Roma a la vista –la comparación con la primavera árabe resulta exagerada- quizá convenga pensar que tener un montón de gente levantando las manitas y acampando en plazas es un mal bastante menor. Cinco millones de parados, varios trajes de Milano y unas cuantas reuniones en gasolineras después, me parece una reacción incluso comedida. Otra cosa es cómo el PP sepa manejarse en la incomodidad del megáfono. Aceptar que hay manifestaciones que no son las suyas pero tampoco tienen por qué ser contra ellos. Quitarse el miedo a los “cordones sanitarios” que tanto daño han hecho a la convivencia.

Vienen cuatro años demasiado duros como para pasárnoslos sin escucharnos, glorificando o demonizando porque sí, casi por estética. Sinceramente, no nos lo podemos permitir. Ni el país, ni el PP ni el 15-M, sea eso lo que sea.

Guillermo Ortiz

Escritor, analista y profesor

GUILLERMO ORTIZ es licenciado en filosofía. Ha colaborado con revistas digitales como El Semanal Digital, Factual o JotDown Magazine así como en medios culturales como Neo2 o Cuadernos Hispanoamericanos.

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