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ópera en el imparcial

Pelléas et Mélisande: El magnético poder de lo invisible

martes 01 de noviembre de 2011, 10:37h
El estreno en Madrid de la única ópera compuesta por Claude Debussy, Pelléas et Mélisande, se ha saldado con éxito para todas las categorías de esta nueva producción del Teatro Real.
El estreno en Madrid de la única ópera compuesta por Claude Debussy, Pelléas et Mélisande, se saldó este lunes con éxito para todas las categorías de esta nueva producción del Teatro Real, procedente de la Opéra National de París y del Festival de Salzburgo. Voces, orquesta y escena – la única categoría que el público no premió unánimemente - se complementaron a la perfección para sacar a la luz, incluso en los momentos más sombríos, lo mejor de un drama lírico en cinco actos, basado en la obra homónima del autor belga Maurice Maeterlinck, cuyo estreno en 1902 no fue, en ningún caso, sereno.

De hecho, tanto el ensayo general como el propio estreno en la Opéra-Comique de París resultaron tremendamente polémicos a causa de las discrepancias entre Debussy y Maeterlinck, que habían ido caldeando el ambiente, y la policía se vio obligada a intervenir en el alboroto originado en el teatro entre los partidarios de uno y de otro. Días antes, el autor belga había escrito una carta abierta en Le Figaro lamentándose de haber perdido todo el control sobre su obra y confesando su deseo de que el resultado fuera un completo fracaso. Y la noche del estreno, Debussy la pasó encerrado en el despacho del director sin querer ver a nadie. Igual que ocurrió con el público, la crítica se dividió y, aunque en general los músicos mostraron su respeto, también hubo algún caso como el del director del Conservatorio de París, Théodore Dubois, que incluso prohibió a sus alumnos acudir a las representaciones de la obra.

Sin un claro hilo conductor que sirva para contar la historia del trágico triángulo amoroso entre Pelléas, su hermano Golaud y la misteriosa Mélisande ambientada en un reino imaginario sin referencias temporales, Debussy bebió de las fuentes de la corriente simbolista de la época para componer una obra caracterizada por las ambigüedades, los contrapuntos y los claroscuros. La sombra omnipresente que atemoriza a los dos protagonistas masculinos y que agarrota el espíritu de la dama por cuyo amor compiten, tiene siempre al lado un rayo de luz en el que refugiarse, aunque este no se vea y haya que confiar en el poder de lo invisible. “La alegría no se puede tener todos los días”, asegura Golaud a su esposa Mélisande, a quien conoció precisamente huyendo de la oscuridad en un frondoso bosque, para reprocharle la infelicidad en la que ella le confiesa vivir desde que llegaron a su nuevo hogar, como claro símbolo de que la alegría y la tristeza, la luz y la oscuridad, la dicha y el sufrimiento caminan siempre de la mano, mucho más cerca de lo que cualquiera querría pensar. Sólo sufre quien lo ignora, lo mismo que sólo quien logra olvidarlo puede llegar a experimentar una verdadera pasión.

El veterano director de escena, escenógrafo e iluminador Robert Wilson se vale precisamente del simbolismo de la obra para crear una escena que va incluso más allá de esa corriente nacida en Francia a finales del siglo XIX como oposición al realismo, y lleva la atmosfera intimista de la ópera de Debussy a sus últimas consecuencias. Con artificiales movimientos a cámara lenta que parecen congelar la acción a cada paso, los personajes disponen únicamente de su voz y de su interpretación para desplazarse por un escenario vacío, en el que sus manos tensadas destacan de entre las sombras magistralmente creadas por un imparable juego de luces muy tenues, a la vez que efectivas.

PIE DE FOTOEl director norteamericano ha concebido una estética de corte taoísta en la que manda el reflejo, consiguiendo una belleza plástica que sólo en ocasiones parece arriesgarse a caer en la monotonía, sin llegar, por fortuna, a hacerlo. Súbitamente, la escena vacía cambia como por arte de magia y las imágenes, rozando siempre lo onírico, vuelven a crear un efecto original valiéndose de un mínimo y siempre estilizado elemento: una llama, un ligero tul, un espacio nuevo abierto por la luz allí donde la misma antes no llegaba. Así, el que corresponde a la escena en la que Mélisande se asoma desde la alta torre al jardín donde está Pelléas y los blancos peldaños que parten directamente de la nada otorgan una magnífica impresión de irrealidad en la que Mélisande nos parece aún más misteriosa de lo que la propia obra sugiere.

Y bajo la irreal piel de Mélisande, encontramos a la real soprano Camilla Tilling, quien ya tuvo ocasión de deslumbrar al público de la capital con su brillante interpretación del Ángel en San Francisco de Asís; también en aquella ocasión con un personaje misteriosamente surgido del vacío en lo alto del inmenso escenario del Madrid Arena. A la soprano sueca se la esperaba en el coliseo madrileño desde entonces y anoche su actuación era, sin duda, la que más expectación levantaba. Y no defraudó. Su voz suave y exquisita volvió a conquistar y su interpretación de Mélisande, la mujer de quien sólo conocemos sus sentimientos, sin saber de dónde procede o porqué se ha perdido, resultó eficaz como punto de unión y desunión entre los personajes masculinos que pugnan por su amor, no sólo el romántico, también el del majestuoso anciano Arkel, a quien dio voz y vida el magnífico bajo alemán Franz-Josef Selig, el más premiado merecidamente por el público después de caer el telón. O el amor del pequeño Yniold, papel interpretado por el jovencísimo Leopold Lampelsdorfer, en la Tolzer Knabenchor desde 2005. Muy aplaudido también, el barítono francés Laurent Naouri por su interpretación de Golaud, el atormentado marido de Mélisande, que pierde trágicamente la razón cuando descubre el amor de su esposa y de su hermano, Pelléas, personaje a cargo de un bastante menos intenso Yann Beuron.

También desde la ópera San Francisco de Asís el pasado mes de julio en Madrid, se esperaba el regreso de Sylvain Cambreling, el veterano director de orquesta francés que, en esta ocasión, ha bajado al foso del Real para dirigir con la templanza y minuciosidad que requiere la partitura de Debussy a la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid. Una partitura en la que no hay arias, ni números de conjunto ni grandes expansiones orquestales, con una estructura musical ambigua como lo es en realidad toda la obra. Una música desnuda - así aseguraba Debussy que tenía que ser -, libre, cargada de imaginación, capaz de sugerir y no tanto de contar. Cambreling la conoce muy bien, y su batuta se mueve segura, no en vano se trata de una de sus óperas favoritas y desde hace 30 años la partitura del compositor francés va siempre con él.
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