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Acontecimiento histórico

martes 01 de noviembre de 2011, 19:01h
Ha tardado en llegar el primer viento del otoño, ha sido tan larga la calma chicha de un tardo-verano interminable que cuando hace unos días los meteorólogos vaticinaron que por fin correrían las primeras rachas otoñales, tuve la sensación de que las hojas de los árboles comenzaron a estremecerse un poco como simulando que sí, que sentían llegar el viento. Y se alegraban, deliciosa amenaza que las haría caer iniciando así su primer y único viaje, un hola y un adiós al mundo comprendido entre el cielo y el suelo. Y es que hay cierto pundonor en las hojas secas en caer como es debido. Cuando la mañana del pasado domingo caminaba bajo la alameda sombreada por los altos plátanos parecía oírse en ese primer frufrú de ramas agitadas el rumor de una alegría: “por fin ha llegado, se dicen las hojas muertas aún en las ramas. Ya está aquí el auténtico viejo viento de octubre. Dejaremos esta atadura que hace tiempo dejó de alimentarnos”.

Pero la despedida no es melancólica. “Las hojas secas se van… a la ventura”, constató el poeta. Saben que tras su caída volverán al seno de la diosa tierra para renacer cuando la savia que han alimentado corra de nuevo por el fibroso árbol. Mientras les aguarda en el suelo su retirada, las más curiosas observarán a los viandantes pasar.

Acaso reparen en que el viento, los nubarrones, en fin, el primer día de mal tiempo ha sido bien recibido. Como en los árboles que se van quedando desnudos, aunque al revés, en la gente los cambios no se han hecho esperar. Algunos ya han sacado los primeros gabanes protectores y ceñidos los cuellos con vistosos pañuelos o abrigadas bufandas; también ha sido este primer viento frío la ocasión para que los chicos atentos y vagamente románticos se quiten la cazadora para echarla sobre los hombros de la muchacha poco previsora que acaba de hacer ese gesto delicioso, a medio camino entre el recogimiento y el abandono, de cruzar los brazos sobre el pecho vulnerable. Otros más jóvenes han encontrado, ¡por fin!, la excusa para ponerse las capuchas de sus sudaderas y así rechazar el mundo que ellos creen que les rechaza, o, acaso para ser ellos más mismos si se me permite la torpe expresión, en fin, para ocultarse y mostrarse.

Hace mucho tiempo y en un otoño mucho más severo que el de nuestras latitudes mediterráneas, Anna Ajmatova escribió: “En el pasado madura el futuro. Y en el futuro el pasado se consume. Una pavorosa fiesta de hojas muertas”. Yo me he conformado con evocar una fiesta de hojas muertas, antes amable y banal que pavorosa, como corresponde a nuestros tiempos en los que las crisis son sólo económicas, nuestros tiempos, en que celebramos la fiesta pavorosa en torno al “acontecimiento histórico” de que los asesinos de Eta dicen que dejan de matar.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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