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EXCELENTE MUESTRA DEL JOVEN TEATRO ESPAÑOL

Fair Play, de Antonio Rojano: el deporte como metáfora

sábado 05 de noviembre de 2011, 15:48h
Fair Play, de Antonio Rojano
Director de escena: Antonio C. Guijosa
Escenografía: Mariona Julbe
Iluminación: Daniel Checa
Intérpretes: Esosa Omo, Fael García, Roberto Saiz, Samuel Señas, Juanma Navas y Maya Reyes
Lugar de representación: Sala Cuarta Pared. Madrid

Por RAFAEL FUENTES
Antonio Rojano, el joven autor de Fair Play, sintetiza del siguiente modo una aseveración atribuida a Albert Camus: “Aprendí del fútbol lo que sé del hombre.” Una afirmación sumamente útil para adentrarse en las inmensas analogías que se dan entre el juego y la vida, y más en concreto, entre el juego del deporte rey futbolístico y la vida contemporánea que Antonio Rojano explora con valentía en Fair Play. La valentía intelectual es una cualidad absolutamente imprescindible para romper la fuerte coraza de estereotipos que envuelve el universo del fútbol –reportajes convencionales, lemas vacíos, declaraciones de una simpleza que en ocasiones rozan, o caen de lleno, en la pura estupidez, horas inútiles de televisión, controversias banales, imágenes repetidas hasta la pesadilla-, donde a primera vista parece imposible encontrar ningún material válido para la creación artística. Antonio Rojano lo lleva a cabo plenamente sorteando ese blindaje de necedad mediante el recurso de situarnos en el patio trasero de esa conocida imagen pública, instalándonos en el vestuario o los lugares de concentración de un gran equipo, para mostrarnos las fuertes pasiones humanas que entran en conflicto detrás del telón mediático. Descorrido éste el vestuario o los espacios de concentración revelan existencias sujetas a un permanente hostigamiento y una tensión tan intensa que pone a prueba el equilibrio emocional de sus protagonistas. Los vestuarios de un equipo se transforman así en una elocuente metáfora de la existencia humana cuando es sometida a una prueba o a un gran reto.

Antonio Rojano pertenece a esa joven generación de dramaturgos que involucra al público a través de temas de una aparente inmediatez costumbrista para taladrarla después y redescubrir tras ella claves de la pasión humana desde un punto de vista más cercano y actual. Los espectadores se sienten atrapados desde el primer instante por lugares comunes de su vida cotidiana con lo que no tienen que hacer ningún esfuerzo para identificarse y captados por ellos son trasladados a los desafíos del corazón humano de hoy. Las ansias de reconocimiento mediático, la ambición en una cultura vacía, el amor como estrategia para otros fines, el ejercicio frío del poder, el desencuentro intercultural, la mentira televisiva, la corrupción, la pasión por desvelar la verdad, las coacciones y las secretas complicidades, la lucha contra los demonios personales van imponiendo su implacable presencia en unas vidas desprevenidas para afrontarlos, lo que interpela a los recovecos más recónditos del alma de los espectadores.

Cuando Antonio Rojano sintetiza la célebre frase de Albert Camus aplica ya una rectificación a su sentido original. De las largas horas ejercitándose como portero en su equipo de fútbol argelino -al mismo tiempo que se desarrollaba una despiadada guerra colonial-, Camus, en realidad, había dicho: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, al fútbol se lo debo”, haciendo resaltar la pedagogía del deber que fomenta el deporte en equipo. Es decir, el esfuerzo, la resistencia a la adversidad, la colaboración leal con los demás y el espíritu de sacrificio colectivo necesarios para sacar adelante una empresa común. Eso se refería al deporte antes, desinteresado y sobre el campo de juego. Fair Play alude precisamente a lo contrario: no al “juego limpio” mencionado en el título, sino al “juego sucio” que se desarrolla por debajo o por detrás del campo de juego cuando el deporte se ha convertido en un gigantesco negocio deshumanizado. No a los deberes que se han de afrontar sino a las trampas éticas para alimentar un negocio sin límite. Para inquirir con mayor nitidez en ese “juego sucio”, Antonio Rojano recurre a lo que Alfred Hitchcock denominaba humorísticamente para sus propias películas como un: MacGuffin, es decir, un pretexto argumental que una vez arrojado a la historia tense la línea de acción, ponga en movimiento todos los resortes emocionales de los protagonistas y dinamice sus reacciones. Ese MacGuffin en Fair Play es la investigación de la oscura muerte –¿asesinato?, ¿suicidio?- de una menor en el hotel de concentración del equipo los días previos a un encuentro decisivo. Afortunadamente Rojano no desvía la atención hacia esa trama criminal o policíaca –que habría desvirtuado su planteamiento inicial- sino que solo la utiliza como vía para engarzar las dispares estrategias del miedo, la derrota, el chantaje, las conjuras, los engaños, las ráfagas de locura, el desequilibrio psíquico y las venganzas que desata el juego sucio humano cuando aspira a una gran ambición que le sobrepasa, aproximando el mundo del vestuario al universo shakesperiano donde se liberan las más violentas pasiones.

La dirección de Antonio C. Guijosa ha trabajado eficazmente con un grupo de intérpretes, entre los que destaca el saber hacer de Juanma Navas, y ha diseñado un movimiento escénico que facilita a nuestra fantasía trasladarse con soltura de un día a otro, de un rincón del vestuario deportivo a otro, de una sauna a la habitación de un hotel y volver al vestuario sin necesidad de recurrir a cambios escenográficos. Este hábil estímulo de nuestra imaginación habría sido aún más efectivo si hubiese estado acompañado de un diseño de luz más nítido y contundente en la delimitación de espacios y tiempos. Pero esa cierta borrosidad de la iluminación no amortigua en modo alguno la fuerza dramática de este puñado de personajes en el alero, a medio camino entre la gloria y la caída fulminante. Aunque, de hecho, la gloria no deje de ser para ellos otra forma de caída, pues el éxito y el triunfo, con su rastro de fortunas amasadas repentinamente, sexo fácil y celebridad masiva, son demoledores para quienes no tienen modo de asimilarlos en sus existencias.

El drama de Antonio Rojano sacia y abre el apetito a la vez. Sacia en tanto que nos transmite una apasionante verdad extraída de allí donde creíamos que solo existían tópicos banales y entretenimiento para las masas. Y abre el apetito porque el mundo dramático de ambición y traición que nos desvela es tan potente que estimula la expectativa de explorarlo aún más a fondo. El propio Antonio Rojano ha contado cómo su drama fue creciendo de un modo análogo a un work in progress en continuo crecimiento y reelaboración. Primero como un borrador nacido en un encuentro de jóvenes dramaturgos británicos y españoles en el Royal Court Theatre de Londres y después en ejercicios creativos en la sala Cuarta Pared. Quizá perfilar más el ejercicio y la evolución del Poder encarnado simbólicamente por el Entrenador, o ahondar más en la complejidad humana de los jugadores foráneos, aún muy circunscritos a los estereotipos del ingenuo africano o al ególatra argentino, permitirían aumentar la indagación y pluralidad de perspectivas de este territorio desvelado por el joven autor. Decida considerarla como una obra en construcción, o bien resuelva darla por clausurada y orientarse hacia otro asunto, lo aguardaremos con expectación.
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