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"Pina": puro arte

domingo 06 de noviembre de 2011, 19:06h
Hace mucho tiempo, alguien me definió el arte como una forma de comunicación. El artista comunica a través de su arte y se define como tal si consigue hacer efectiva esa comunicación. Da igual el soporte, la forma o incluso la técnica. Lo que define como tal a un artista o su obra es el éxito en esa comunicación que establece con el receptor. Un genio es capaz de conmover con cuatro trazos, con un cuadro de una técnica endiablada o con un simple acorde de guitarra. Son personas capaces de conectarse con ciertas fibras invisibles que componen la realidad a través de ellas descifrar los códigos secretos de las sensaciones y sentimientos con los que nos construimos no ya como seres humanos sino como seres vivos.

Hay quienes son genios con mayúscula, que nacen con el don de manejar estas fibras a su antojo, que las ven mientras los demás estamos ciegos frente a ellas, y otros que de vez en cuando las rozan por casualidad y son capaces de crear genialidades puntuales. Lo importante es que el fruto de todo ello son piezas que nos conmueven y nos reconcilian con ese punto indescifrable de nuestra naturaleza.

“Pina”, la última película de Wim Wenders, consigue precisamente eso. A través de la suma de genialidades, la de su director y la de la coreógrafa Pina Bausch, el film es una obra de arte de 1.45h de duración en la que la sinergia entre cine, danza y tecnología consigue elevar a la enésima potencia a cada una de estas disciplinas para construir un uno maravilloso. Confieso que apenas sabía quién era Pina Bausch antes de ver la película y que mis conocimientos de danza moderna son prácticamente nulos. Pero eso no supuso problema alguno para que la fuerza de las coreografías decadentes, absorbentes y desasosegantes de la artista alemana, que falleció dos días antes de que comenzara el rodaje de la película, me transportara al mundo onírico de la protagonista de principio a fin. El 3D consigue por vez primera volverse imprescindibles y parte indisoluble del film ya que da a las coreografías una profundidad, una capacidad de movimiento y un color que consigue que cada paso, cada torsión e incluso cada mueca de los bailarines se convierta en una frase sin palabras, en un grito sordo e incluso en una sonrisa no articulada. De alguna forma, la película lleva a nuestro cerebro a un continuo ejercicio de sinestesia. Las imágenes adquieren textura hasta el punto de que casi sentimos que las tocamos; incluso percibimos el olor de los bosques y calles y demás escenarios cotidianos que los bailarines consiguen convertir en paisajes telúricos e irreales.

Nuestra capacidad de comunicación es ilimitada, sólo hay que saber encontrar los nuevos cauces con los que canalizarla. Ahí reside el genio. En un capítulo de “Rayuela”, Julio Cortázar utiliza el gíglico, un idioma inventado, para describir una escena sexual . Lo más extraordinario de este pasaje es que el escritor consigue transmitir la escena, como si cada frase fuera un fotograma del metraje, de forma que no racionalizamos las palabras como tales –ya que al ser inventadas no tienen un significado concreto- sino que nuestro cerebro las metaboliza construyendo con ellas una imagen completa. El lenguaje se convierte en imágenes directas en un ejercicio que se sitúa en las antípodas de lo que Giovanni Sartori denuncia en “Homo Videns”. En el caso de “Pina”, los movimientos de los bailarines se convierten en palabra, en historias contadas, en sensaciones que nos atrapan sin que entendamos muy bien a través de qué cauce entran pero convirtiéndose en información con sentido en nuestro cerebro. Pura comunicación. Puro arte.
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