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LA MADUREZ CREATIVA DE UNA GRAN ACTRIZ

[i]protAgonizo[/i], de Ester Bellver: una lucha contra los estereotipos

protAgonizo, de Ester Bellver
Directora de escena: Ester Bellver
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Intérpretes: Ester Bellver
Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa). Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Hay muchos arquetipos de actor. Desde el actor marioneta que trata de amoldarse a las exigencias de Kleist o Edward Gordon Craig, hasta el actor de la autenticidad interior, el actor gestual, e incluso el actor divo. Hay actores que quedan petrificados desde sus inicios en uno de estos prototipos y le son fieles de un modo rocoso e inalterable durante toda su vida. Y hay actores que se buscan permanentemente a sí mismos y transitan de un arquetipo a otro, en una especie de transmigración artística cuyos resultados son siempre impredecibles. Ester Bellver pertenece a esta segunda categoría de actores nómadas que han vagabundeado de un modelo a otro e independientemente de la fortuna que ha cosechado en cada uno de ellos, se siente impulsada a una perpetua indagación, movida quizá por un fondo de insatisfacción que ha desembocado en un modelo de actriz único, y distinto a cualquier otro. Un prototipo de actriz constituido por ella misma, un modelo que es, con toda propiedad: el “modelo Ester Bellver”. El primer producto impecable de este nuevo modelo recién descubierto es una obra tan modesta como íntimamente espectacular titulada protAgonizo.

Ester Bellver ha acumulado sobre este breve título una asombrosa cantidad de connotaciones, sugerencias y significados. La actriz sale a escena completamente desnuda, escoltada por tres espejos que multiplican con claridad y sin ninguna artificiosa veladura su desnudez, intensificada bajo la potente luz de los focos, dirigiéndose de un modo directo al público que la circunda a escasa distancia, retraído en la penumbra de la sala. Sería ingenuo –y falso- negar la evidente tensión que se produce entre el cuerpo desnudo de la actriz y la mirada un tanto crispada de los espectadores interpelados a tan corta distancia. Conforme avanza la función se produce, sin embargo, el milagro genuinamente teatral mediante el cual el público deja de observar ese cuerpo desnudo como un hecho insólito para verlo a través del personaje que Bellver nos propone y las vicisitudes que atraviesa en sus experiencias infantiles, momentos clave de su crecimiento, instantes de placer y de dolor, éxitos o fracasos de su vida, de modo que la tensa desnudez de los primeros minutos se va olvidando y pasa a convertirse en un atuendo natural que viste con la indumentaria más adecuada cada uno de esos instantes evocados por la actriz. protAgonizo tiene, pues, ese primer significado –aunque no único- que provoca esta singular puesta en escena de la autora: su presencia rotunda, tanto física como emocional, que le concede ese protagonismo absoluto y absorbente a través del cual el personaje creado por Bellver nos habla exclusivamente de sí mismo en tono de confidencia, representando un texto escrito por él e interpretado bajo su propia dirección escénica. No es un personaje en busca de autor, sino un personaje que encuentra dentro de sí al autor y al director de escena que lo dirige. Es el protagonismo en estado puro.

La actriz, autora y directora de protAgonizo juega, además, muy acertadamente, con las polisemias de la palabra que sirve de título a su obra, especialmente con el “agonizo” de “protagonizo”: la protagonista de la pieza es una mujer que agoniza. Ante todo porque su relato expresa la angustia de una agonía marcada por los miedos y fracasos que van jalonando su vida. Aparentemente los recuerdos de su existencia van brotando de forma espontánea y anárquica en su mente conforme al orden irreflexivo e involuntario que Marcel Proust exigía para que la memoria sea auténtica y no una rememoración automática. Pronto advertimos, sin embargo, que esa espontaneidad esconde una articulación encubierta donde se nos van transmitiendo los temores íntimos del personaje y el dolor secreto que le producen: el sacrificio infantil a Dios parodiando la misa, el final de la niñez marcado por una dolorosa menstruación, las tortuosas clases de interpretación y las no menos endiabladas directrices del que Jerzy Grotowski denominaba “director de escena sádico” frente al “actor cortesano”, el primer abandono amoroso, el albaricoquero talado, la renuncia a la maternidad, el ridículo de ser contratada tras un tropezón, aprender a bajar las escaleras en un espectáculo de revista con las manos en cruz cargadas con dos libros y la mirada al frente sin que los labios pierdan su gran sonrisa profesional, lo deprimente de los hoteluchos solitarios durante las giras…

Cuando Ester Bellver interpreta este desfile de fragmentos angustiosos en una vida que se orienta desde la infancia hacia el teatro, podemos caer en la errónea tentación de pensar que se trata de una simple autobiografía fragmentaria de la autora. Una equivocación que sería fácil sustentar conociendo su trayectoria profesional, desde sus inicios como bailarina en revistas musicales hasta su participación no muy lejana en célebres producciones de UR Teatro, de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, del Centro Dramático Nacional o de La Abadía de José Luis Gómez. De ahí saca la autora, sin duda, parte del material de protAgonizo, pero su personaje es una creación con leyes propias, independientes, que van más allá de lo autobiográfico. Un personaje recién creado que se caracteriza por evocar a una actriz que se rebela obstinadamente contra cualquier clasificación. Aquí encontramos la parte más profunda del agonizo que configura la esencia de la criatura a la que Bellver ha dado vida. Agonía no en su acepción habitual de instantes previos a una muerte, sino agonía en el sentido griego originario de la palabra agonizar: es decir, agon, conflicto, combatiente, luchador, o en este caso, luchadora. Cada episodio del drama constituye una pequeña batalla en su lucha general contra los estereotipos o las clasificaciones que tratan de atrapar e inmovilizar a su personaje.

Lucha, pues, contra los estereotipos de mujer preestablecidos y contra los estereotipos de actriz ya impuestos. Lucha contra las etiquetas de los críticos teatrales, contra el marbete con que quieren marcarla los compañeros de profesión
-actores, directores, empresarios-, contra la mirada clasificatoria del público, y lo más importante y trascendente de todo: contra la observación de sí misma y contra la autoexigencia de alcanzar el modelo de Gran Actriz. Aspecto este último de enorme interés ya que convierte a la Protagonista en un personaje agónico en la más pura estirpe unamuniana o machadiana: una protagonista en lucha consigo misma a través de un conflicto íntimo, sin pomposidad pero de carácter radical. “Troya soy”, nos dice, y sentencia: “aborto mi entraña en el fuego de su corazón aniquilado.”

Las armas teatrales de Ester Bellver radican en la alternancia del humor y la poesía, del sarcasmo poco hiriente hacia los demás y relámpagos de frases trágicas rápidamente sofocadas por un episodio costumbrista, siempre extraordinariamente significativo, con el que vuelve a atrapar el interés del espectador mediante un hecho de la vida cotidiana con el que sea muy fácil identificarse. Combina sucesivas técnicas de interpretación con arreglo a un trenzado de su propia cosecha. Mezcla el recitado con la narración, el canto con la danza o con el silencio de ese cuerpo poético que reclamase su maestro Jacques Lecoq. La alternancia de infinidad de recursos que Bellver ha desarticulado y vuelto a anudar según su propio criterio da un sello único a su interpretación.

Como en el sueño de algunos románticos, en ella se dan cita y se fusionan muchas otras artes, la luz de la pintura, la música del canto, la escultura viva del cuerpo, el ritmo de la poesía, la fruición del relato, aunque evitando en todo momento la altisonancia o la ampulosidad. Estamos, pues, ante un arte total emitido mediante una cadencia velada, confidencial, mesurada, tan sugestivo y eficaz teatralmente como alejado de cualquier pretenciosidad o grandilocuencia.
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