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La función del padre

María Elízaga Viana
martes 15 de noviembre de 2011, 21:49h
Muchos padres se quejan de que, desde que llegó el niño, la mujer no tiene ojos para él. O bien de que no le deja intervenir en la crianza, porque el niño prefiere comer con ella o que lo bañe ella y, si no, no come o tiene berrinches. Es cierto que hay algunas mujeres así, que necesitan sentirse omnipotentes: Si no es en mis brazos el niño no se calma, dicen, por ejemplo, y así consiguen expulsar al padre, si no es suficientemente firme, de esa relación. Pero no vamos a fijarnos en los extremos; veamos los casos más frecuentes, más habituales.

Toda queja tiene dos caras. El padre está reclamando un lugar que “no se le da”, pero mientras se queja y no actúa, se está acomodando en ese mismo lugar que le evita ciertos problemas y trabajo, haciendo responsable a la madre de la situación.

Es cierto que el bebé, al nacer, requiere de una presencia mayor de su madre, con la que ha estado totalmente unido durante el embarazo, a la que ha sentido y conocido, la que ha permitido que fuera creciendo hasta poder nacer vivo. Que en un primer momento, en su fantasía, la madre puede sentir que ese bebé lo es todo para ella, que está dispuesta a renunciar a todo para que esté bien. Puede llegar a decir que no entiende cómo le importaba tanto antes el trabajo, o estar con los amigos, la lectura, cuidarse, sus aficiones. Esto es normal en un principio. ¿Cómo, si no, podría atender a las agotadoras demandas de un bebé, tan dependiente de ella, especialmente si lo alimenta con su propia leche?

Pero no es menos cierto que criar a un hijo es irle facilitando constituirse como un ser suficientemente fuerte y libre para separarse de sus padres y de lo que ellos esperan de él o ella.

Qué complicado. Al mismo tiempo que tienen que crear un vínculo fuerte que le dé seguridad, sus padres han de alentar su separación. En este proceso intervienen varios aspectos. Que la madre no se coloque en un lugar de omnipotencia es fundamental. Que el padre –o quien cumpla esta función- ocupe activamente su espacio, también.

Intentemos ver cómo se plasman estos conceptos en la realidad de la crianza. Una madre no omnipotente es aquella que sabe que no lo es todo para su hijo. Que -desde el primer momento- es necesario para todos una separación progresiva y cuidadosa. Seguro que todos conocen alguna mujer que siempre sabe más que cualquiera –pareja, pediatra, maestros, familiares, entrenadores- acerca de las necesidades de sus hijos y boicotea a cualquiera que tenga un lugar importante para ellos. Si ella no permite esa entrada al padre, será casi imposible para él cumplir su cometido.

La función paterna es esencial para separar a la niña o niño de su madre. Se trata de ayudar a la madre a volver a su lugar como mujer, que compartirá con el de madre; y acompañar al niño a descubrir el mundo más allá de mamá. Se comparten las tareas del cuidado, sí, turnándose para calmarlo cuando llora por la noche, dándole de comer, bañándole, acostándole y calmándole cuando está intranquilo. Pero no se trata sólo de esto. Es necesaria la presencia del padre en las grandes decisiones: que el bebé duerma en su cuna, que deje de lactar en su momento, que pueda dormirse sin los brazos de su madre, que coma lo que le corresponda según su edad y no lo que le apetece, que no se le dé lo que pide sólo para evitar una rabieta, sino enseñarle a manejar la frustración, etc.

Estas son decisiones propias de la primera infancia, pero el criterio es aplicable durante toda la crianza. Que los padres conozcan a sus hijos, poder pensar en lo que van necesitando en cada momento. Pero no centrar su vida en ellos, mantener los propios deseos y aficiones, el espacio para la pareja, para los amigos, el trabajo y las cosas que sean importantes para cada uno de los padres. Que el niño no crea ser el sentido de la vida de sus padres, sino que, al mirarlos, los vea mirando al mundo, y así lo introduzcan en él.

Es fundamental que la madre y el padre no actúen como si sólo ellos supieran lo que es bueno para su hijo y crean que lo mejor para él o ella sea su presencia constante. que se den cuenta de que no sólo es necesaria esa separación de su hijo, sino que es buena para él. Si ellos lo reconocen así, esta función de tercero, esa función paterna, puede ser encarnada según los momentos por la pediatra, la profesora, los abuelos, su propio trabajo o las personas importantes que traten con el niño.

Poco a poco conseguirán que el niño sepa que lo bueno no es sólo lo que mamá o papá dice, quiere o desea, sino que hay una ley fuera, un deseo más allá de la satisfacción inmediata, que estructura la mente, puesto que permite generar la propia subjetividad, la propia vida.

Tengan en cuenta que los niños harán lo que sea por ser queridos por sus padres. Que si lo que se les transmite es que ellos están muy asustados porque se vaya de campamento, él se asustará porque pensará que hay un peligro real. Si a los padres les cuesta separarse de su hijo para seguir desarrollando su propia vida, él o ella harán (inconscientemente) lo posible para ser más dependientes y transmitirles que es realmente necesaria esa presencia suya.

Y no se trata de que la niña o el niño hagan con su vida lo que esperan sus padres que hagan, sino de ayudarles a ser suficientemente seguros para ir desarrollando su propio deseo, aunque éste conlleve en ocasiones contrariar a las personas importantes de su vida.

De no ser así, estarán criando personas dependientes, que por agradar al otro -pareja, amigos, profesores, jefes- releguen sus propios deseos, se depriman, se diluyan y acaben por perderse entre la maraña de expectativas depositadas sobre él o ella, permanentemente insatisfechos y con todos esos otros sufrimientos que conlleva la dependencia.

Los padres siempre serán esenciales y dejarán huellas estructurales en la vida futura. Los hijos e hijas se identificarán con rasgos de éstos, y mantendrán mucho de lo que les fue transmitido. Pero ayudándoles a desarrollarse así, facilitamos el desarrollo de su creatividad y seguridad en sí mismos, de su capacidad de gestionar su propia vida sin depender de otro que les diga lo que está bien, de construir su propia ética.
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