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crítica de cine

La Conspiración: lección de historia de Robert Redford

sábado 03 de diciembre de 2011, 15:17h
Robert Redford ha vuelto a situarse detrás de la cámara, después de “Leones por corderos”, para ofrecernos un pulcro y sosegado relato sobre el proceso judicial al que fue sometida Mary Surrat, única mujer condenada por colaborar en la conspiración que acabó con la vida del Presidente Abraham Lincoln, y que se estrena este fin de semana en nuestras salas.
A pesar de la importancia del personaje de Mary Surrat en la cinta dirigida por el veterano Redford, el verdadero protagonista de la historia es Frederick Aiken, un joven abogado y héroe de guerra del bando unionista, que se enfrenta a la tarea imposible en aquella convulsa época de guerra civil de defender a la única mujer acusada de tomar parte en el magnicidio. Lo cierto es que a través del personaje, Redford profundiza en diversas cuestiones históricas que tienen que ver con la política y con la justicia. Entonces, ahora y siempre. Por supuesto, también con la sociedad en general, porque, aunque queramos creer que las cosas han cambiado mucho, lo cierto es que no cuesta demasiado verse reflejado en el pueblo de Washington de 1865, que ya había juzgado y condenado por su cuenta a Surrat. Ella era la dueña de la pensión en la que, al parecer, se reunían los conspiradores encabezados por el autor material del disparo en la nuca que acabó con la vida de Lincoln en el palco del teatro Ford, un actor más o menos conocido llamado John Wilkes Booth. Por si fuera poco, Booth mantenía una relación de amistad con el hijo de Surrat, el único que consiguió huir tras el atentado, y la hija de Surrat había escondido, quién sabe si enamorada, un retrato del actor que la policía encontró durante el registro de la casa. No hacía falta más. El pueblo de Washington D.C. y en general todo el Norte, estaba conmocionado, y sus gobernantes, convencidos de que sólo con una respuesta rápida en forma de condenas a muerte para todos los implicados se podría pasar lo antes posible la terrible página y ganar definitivamente la cruenta guerra.

Porque cuando ocurren los hechos, aún no había terminado del todo la guerra civil que enfrentaba al país y entonces la máxima era que “la ley es muda en tiempos de guerra”. De modo que los detenidos fueron juzgados por un tribunal militar formado por generales bajo el claro mandato del ministro de la Guerra que, como tantas veces antes de aquellos hechos y lo que es peor, tantas veces después, lo que en realidad buscaba era venganza en vez de justicia. Así lo exclama el citado personaje ante el abogado que pronto dejará de serlo: “Quiero un culpable y me da igual quien sea”. Redford no deja nada a la imaginación, ni siquiera a la que pueda resultar ayudada por la imagen y si de algo peca la cuidada cinta, es probablemente de exceso de palabra. En todo caso, Aiken, a quien interpreta con contención y credibilidad el actor escocés James McAvoy, encarna la otra cara de la moneda y, aunque al principio se niega a encargarse de la defensa de Surrat, la comprobación de que la justicia tiene muy poco que decir en ese juicio, acaba por transformarle en un luchador, con todas las de perder, frente al poder que ignora cualquier tipo de derecho a un juicio con todas las legalidades previstas. Por eso, no es de extrañar que, una vez finalizado el mismo, Aiken abandonase el ejercicio del derecho y se convirtiera en el primer redactor jefe del Washington Post.

Además de la cuidadosa y conservadora imagen que elige el director para narrar, sin dramatismos ni demasiadas emotividades, una historia a la que envuelve de aires de documental histórico, el director tampoco ha arriesgado mucho a la hora de elegir un reparto, lo que en este sentido es, sin duda, algo positivo. El reparto elegido resulta altamente compacto y aumenta, si cabe, esa sensación de sobriedad que envuelve el filme por completo. Junto al joven McAvoy, encontramos a los veteranos Tom Wilkinson, a un casi irreconocible Kevin Kline, encargado de interpretar al secretario de Guerra, y a la actriz estadounidense Robin Wright dando vida a la acusada, una sureña convencida que emigró al norte con sus hijos después de enviudar y que antepone su amor de madre a su propia defensa para evitar la pena capital. Lo completan Evan Rachel Wood, James Badge Dale, Colm Meaney y Justin Long.
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